"...Tengo por bien vivido lo vivido,
tengo por bien llorado lo llorado
porque después de todo he comprendido
que el árbol, lo que tiene de florido vive de lo que tiene sepultado".
A veces, me pongo a pensar en todas las posibilidades que habría para mí en otro sitio, en otra ciudad, en otras circunstancias. Siempre vuelvo al mismo punto: lo importante es hoy, dónde estoy parada, qué siento cuando me despierto y por qué me siento agradecida.
Hoy puedo decir con seguridad que no me siento muy feliz, pero sé que pronto lo seré. Hoy acepto que aposté todo mi juego, creyendo que tenía una buena mano y resultó que un bucle me ha atrapado para hacerme pagar una apuesta cuantiosa. ¿Y qué más da? Estoy aquí de paso, estoy aquí para aprender y, aunque soy una aprendiz muy terca, también sé que estoy aprendiendo en el camino.
Justo hoy me debatía entre darse por completo o dar a medias y una parte de mí quisiera detenerse, dar media vuelta y huir y la otra parte, prefiere pensar que puede quedarse a entregar todo, venga o no algo a cambio. Al principio no supe cómo reaccionar, pero después pensé en lo positivo que hay entregándose por completo, y al mismo tiempo, pensé que no es sano siquiera intentarlo cuando no te has dado a ti lo que mereces a manos llenas. Estoy dispuesta a darlo todo y ya no espero que me sea devuelto algo, porque sé que tengo mucho en mí como para necesitar que alguien mas lo llene.
Es justo por esto que estoy tan agradecida con la vida, con las risas y el dolor que todo lo vivido me ha dado. Es parte de camino, es parte del sendero y yo soy amante de las largas caminatas.
jueves, 12 de noviembre de 2015
martes, 3 de noviembre de 2015
183
Tan complejo y tan absurdo, tan real y tan fresco. Tantos sueños veo en tus ojos, tantas luces compartidas en el alma.
No sé qué pasará mañana y yo con el corazón tendido al sol, con la sonrisa en racimos y el colibrí libando el néctar de la alegría que, al parecer, no tiene fin.
Tan curiosa, tan indomable. Tan fuerte y tan callada. Tantas risas, tus manos en las mías y tus labios en un manantial de preguntas y yo con la mente revuelta de emociones.
¿Quién comprendería el fulgor en mis ojos sino tú?
Anoche conté mil ovejas y sólo tu recuerdo me trajo la calma. Con sólo pensar que podría soñarte, caí en un sueño profundo, uno donde había un "nosotras" escrito en nuestras palmas, mismo "nosotras" que se besaba a cada instante, puesto que mi mano y la tuya se mantenían entrelazadas.
Tan pueril e inocente. Tan ardiente y lascivo. Tantas veces, tantos soles, tantas lunas te había soñado. Tanto color y tanto dolor perdido en la mitad de la nada. Hoy llegas para ayudarme a recolectar cada parte perdida, cada refacción faltante, cada nota desafinada y cada beso susurrante.
No te vayas. Por favor, no te vayas.
No sé qué pasará mañana y yo con el corazón tendido al sol, con la sonrisa en racimos y el colibrí libando el néctar de la alegría que, al parecer, no tiene fin.
Tan curiosa, tan indomable. Tan fuerte y tan callada. Tantas risas, tus manos en las mías y tus labios en un manantial de preguntas y yo con la mente revuelta de emociones.
¿Quién comprendería el fulgor en mis ojos sino tú?
Anoche conté mil ovejas y sólo tu recuerdo me trajo la calma. Con sólo pensar que podría soñarte, caí en un sueño profundo, uno donde había un "nosotras" escrito en nuestras palmas, mismo "nosotras" que se besaba a cada instante, puesto que mi mano y la tuya se mantenían entrelazadas.
Tan pueril e inocente. Tan ardiente y lascivo. Tantas veces, tantos soles, tantas lunas te había soñado. Tanto color y tanto dolor perdido en la mitad de la nada. Hoy llegas para ayudarme a recolectar cada parte perdida, cada refacción faltante, cada nota desafinada y cada beso susurrante.
No te vayas. Por favor, no te vayas.
domingo, 25 de octubre de 2015
Retoño
Estoy desconcertada. No sé qué está pasando. No sé qué pasa por mi mente. Sé qué estoy sintiendo, pero no me es fácil aceptarlo. "¿Qué me está pasando?", me pregunto una y otra vez.
¿Será que me estoy ilusionando sin siquiera saber tu nombre? ¿Será que estoy completamente fuera de mí? Sea lo que fuere, tengo miedo, tengo miedo a sentir de nuevo, estoy temerosa dentro de un mar de dudas y me está ahogando. Me ahoga saber que no quiero contenerme, me ahoga saber que puede doler en demasía (otra vez).
Sospecho de todo, hasta de mi propia sombra pero tú... Tú eres ese mar en calma, esa brisa que moja mi cara y que refresca mi alma y yo.... Yo me siento como una tormenta, una tormenta que teme seguir siéndolo, ya no lo quiero, pero no sé qué hacer.
Hablo desde mi alma en remolinos, desde mi corazón en torbellinos; hablo desde lo más alegre de mi ser y desde lo más obscuro de mi existencia. Hoy tengo miedo y me siento vulnerable y, para alguien cuya nece(si)dad es tener el control, me siento fuera de mí, me siento algo perdida y, no, no me estoy quejando. Sólo quiero hacértelo saber.
Le temo al brillo en mi mirada y a mi necesidad de leerte, le temo a mi sonrisa tonta y a mi necesidad por escuchar música cursi, porque eso sólo puede significar una cosa:
¡Estoy retoñando!
domingo, 27 de septiembre de 2015
Oración Desesperada
Devuélveme mi ojo de caballo,
mis puestas de sol tumbada en la playa.
Entrégame mis inviernos rodeados de montañas
y mis sonrisas ante las llamas de la fogata.
Dame los sueños que algún día te confesé,
mis más grandes miedos y tristezas.
Envuélveme los rosarios que recé en tu nombre,
las plegarias que elevé al cielo y dámelas de vuelta.
Me siento vacía, me siento insatisfecha,
me siento y siento que se me acaba la vida,
que se me acaba el aliento y las ganas de estar viva.
Encuentro en la nada todo lo que quiero,
y es entonces nada en lo que estoy destinada a convertirme.
Encuentro en mis sollozos tranquilidad,
pero nunca logro alcanzar la paz.
Devuélveme mi ojo de caballo,
devuélveme la vida entera.
Devuélveme a mí, sólo a mí,
lo que antes era, lo que siempre fui
(y que ya no soy más)
mis puestas de sol tumbada en la playa.
Entrégame mis inviernos rodeados de montañas
y mis sonrisas ante las llamas de la fogata.
Dame los sueños que algún día te confesé,
mis más grandes miedos y tristezas.
Envuélveme los rosarios que recé en tu nombre,
las plegarias que elevé al cielo y dámelas de vuelta.
Me siento vacía, me siento insatisfecha,
me siento y siento que se me acaba la vida,
que se me acaba el aliento y las ganas de estar viva.
Encuentro en la nada todo lo que quiero,
y es entonces nada en lo que estoy destinada a convertirme.
Encuentro en mis sollozos tranquilidad,
pero nunca logro alcanzar la paz.
Devuélveme mi ojo de caballo,
devuélveme la vida entera.
Devuélveme a mí, sólo a mí,
lo que antes era, lo que siempre fui
(y que ya no soy más)
lunes, 21 de septiembre de 2015
Viva
Dejé de tocar algunas notas, deje de escribir algunos versos para encontrarme totalmente vacía frente a mis propios cuadernos, con un montón de borradores sin terminar, sin publicar.Me dejé morir de a poco y comencé a asfixiar mi alma con recuerdos, con culpas, con añoranza y desesperación.
Me maté de a poco con cada respiración, con cada recuerdo, con cada miedo, con cada palabra no dicha y hoy, ¡al fin sucede! Al fin reencuentro mi sonrisa, al fin me encuentro dentro de mí, como si nunca me hubiera ido, como si nunca hubiera muerto.
Regeneración. Renovación. Reconocimiento. Refuerzo. Reencuentro. Reflexión. RENACER.
Decidí perdonarme, decidí disolver el lazo que mis recuerdos tenían con la culpa. Decidí vivir. Y vivir a partir de mí, gracias a mi alma y caminar sobre mis pies. Que los católicos se autoflagelen con ramas de zarza, yo no nací para eso; que los temerosos se hieran hasta sangrarse, mi vida vale más que eso.
Me siento libre, alegre, fuerte, comprometida, responsable y amorosa. Me siento con todo el amor que puedo entregar, me siento VIVA.
Me maté de a poco con cada respiración, con cada recuerdo, con cada miedo, con cada palabra no dicha y hoy, ¡al fin sucede! Al fin reencuentro mi sonrisa, al fin me encuentro dentro de mí, como si nunca me hubiera ido, como si nunca hubiera muerto.
Regeneración. Renovación. Reconocimiento. Refuerzo. Reencuentro. Reflexión. RENACER.
Decidí perdonarme, decidí disolver el lazo que mis recuerdos tenían con la culpa. Decidí vivir. Y vivir a partir de mí, gracias a mi alma y caminar sobre mis pies. Que los católicos se autoflagelen con ramas de zarza, yo no nací para eso; que los temerosos se hieran hasta sangrarse, mi vida vale más que eso.
Me siento libre, alegre, fuerte, comprometida, responsable y amorosa. Me siento con todo el amor que puedo entregar, me siento VIVA.
viernes, 17 de abril de 2015
Medusa
"Merecen encontrarse una cabeza de Medusa, que los transforme en estatuas de ópalo o de diamante para alcanzar la perfección que no tienen".
Después de contemplarla un momento bajo el haz de luz que la
Luna nos prestaba, cerré los ojos y lentamente me acerqué a su cara y besé sus
labios; besé mi alma en su cuerpo y besó su alma dentro del mío. Por un
momento, reencontré lo que había perdido (aún sin saber que tenía algo
extraviado), por un momento, recordé todos los olvidos y viví todas mis vidas
pasadas, presentes y futuras. Me inundó la plenitud, la paz, la felicidad. Supe
que eran sus labios los que querría besar por mucho tiempo; al menos, eso creí
hasta que besé su cuello, hasta que besé sus hombros, su pecho, su abdomen… En
ese momento supe que no sólo eran sus labios los que besaba, no sólo sus labios
ni su piel; era besar sus recuerdos, sus heridas, sus cicatrices, sus planes,
sus sueños.
Entonces y sólo entonces supe que era esa esencia la que
quería besar hasta que mis mil muertes me alcanzaran, que querría buscarla en
cada una de mis resurrecciones, que no desearía reencarnar más sin la garantía
de que estará también.
Miré de nuevo sus ojos, miré de nuevo mi reflejo en ellos,
miré sus labios, miré su barbilla, su perfecta nariz; bebí nuevamente su
esencia a través de sus labios y descubrí que ya no era la misma mujer la que
me besaba, que yo ya no sería la misma jamás; que desde entonces, mi vida había
cambiado para siempre. Que desde entonces, su vida no sería la misma nunca.
Descubrí que el universo cabe en un beso, en un suspiro; entendí que el amor es
algo que nace, se hace y se recrea con cada mirada, con cada caricia, con cada
beso, con cada suspiro…
Medusa, mi Medusa, mujer de piel de seda, con ojos que arden
y la belleza de una constelación en el costado. Medusa, tan frágil, Medusa tan
bella, tan buena amante, tan maravillosa amiga, tan íntima confidente.
En la mañana, en la duermevela, por un momento creí que
había soñado ese encuentro lleno de magia, de afortunados sucesos, de remolinos
de besos, de huracanes de caricias y fue justo entonces cuando mi alma se llenó
de angustia, no fue hasta que sentí el calor de su cuerpo, cuando escuché su
respiración acompasada que volvió a mí calma. Entonces supe que no lo había
soñado, que era Medusa quien dormía a mi lado, que me había dominado y que yo
había dominado su naturaleza petrificante.
Ahora sólo vivo de ensoñaciones, ahora toca esperar a que
Medusa se aparezca de nuevo en mi camino, para contemplarla, para besarla, para
abrazarla y para dejar que me petrifique de nuevo con su incontenible e
innegable belleza.
viernes, 10 de abril de 2015
Casi una epístola Turquesa
"...Porque te quiero a ti, porque te quiero
Aunque estás lejos yo te siento a flor de piel
Porque te quiero a ti, porque te quiero
Se hace mas corto el camino aquél..."
Tenerte en mi mente me causa insomnio, no lo sufro, no. Sufría insomnio antes, ahora lo disfruto porque es tu recuerdo el que viene a mi mente, porque es tu voz la que imagino que escucho, porque es tu piel la que veo en la imaginación.
Es curioso cómo te has vuelto tan constante, tan presente, tan indeleble en mi vida, en mi mente, en mi andar. Es curioso y, al mismo tiempo, es bellísimo. Saber que existes, saber que existo para ti; saber que te quiero con toda el alma y saber que me quieres de igual manera. Es exquisito saber que allá, a la distancia, se encuentra alguien que con sólo pensarla, me alborota el corazón, me agita la mente, me llena de alegría, hace florecer mi alma. Que alguien a la distancia puede estar tan cerca, incluso más cerca de lo que se encuentran los muros de mi casa, la acera de mi calle, mis gatos, mis perros, mi propia carne con respecto a mis huesos.
Estás aquí, llegaste a tiempo y en el momento preciso para hacerme creer, para hacerme caer y, al mismo tiempo, sostenerme con tu cálida mano, misma que ha logrado que la calidez de mi existencia no se desvanezca, misma que ha logrado que mi ánimo no decaiga y mis sueños no mueran.
* * *
Te escribo desde el alma, desde mi resucitado corazón, desde lo más profundo de mí, sin razones, sin pretextos, sin versos y sin prosas; te escribo a ti porque es lo único que se me ocurre hacer porque te pienso y no quiero dormir, porque te recuerdo y no puedo dejar de sonreír.
Quiero soñarte, de verdad, quiero soñarte, tener la oportunidad de abrazarte, de besarte, de tomar tu mano y sentirme la más feliz, quiero soñarte, pero mi mente se vuelve un poco necia cuando de soñar se trata y pone ante mí, imágenes que no pedí, por eso prefiero soñar despierta y no dormir.
Te quiero de mi alma a tu alma, desde mi ubicación espacial hasta la tuya, desde mi hipotálamo, mi páncreas, mis córneas, mi hígado. Te quiero desde mi pulmón derecho hasta el tuyo izquierdo, desde mi ventrículo derecho hasta la uña de tu ortejo meñique izquierdo. Te quiero entera, te quiero con todas las sorpresas, con todos los miedos, con todos los dolores y los berrinches existentes y por haber. Te quiero con todos tus miles de cabellos y con todos los melanocitos de esos ojos marrones tuyos que me cautivaron desde el principio.
Te quiero y no puedo contenerlo (ni quiero), te quiero y más que eso, pero no me atrevo a escribirlo porque quiero que sea de viva voz, porque quiero decirte que te quiero más allá del querer a quemarropa, de cerquita y muy bajito, porque te quiero a ti, porque te quiero.
viernes, 13 de marzo de 2015
De Gris a Turquesa
"Los días grises no son tan grises si uno pone atención. Las sombras se pierden y uno puede apreciarlos colores y el tamaño y profundidad de las cosas. Las cosas son como son y uno las puede ver así, en plenitud".
Uno se acostumbra a la mucha luz o a la inexorable obscuridad. Las abuelas dicen que uno se acostumbra a todo y eso, para bien o para mal, es muy cierto.
Nunca me ha gustado la obscuridad excesiva y tampoco soy de aquellos que prefieren ser deslumbrados antes de enfrentarse a la ceguera de la penumbra; creo manejarme en el punto medio, pero aún así, me es difícil concebir la vida en escala de grises y no a colores, de hecho, admito que me deprime no ver mas que oxford, rata, ceniza, grafito... No sé lidiar con la falta de color y creo que el universo lo sabe; el universo sabe perfectamente que me hacen falta pinceladas de color, que no existen días grises que me gusten, supongo que por eso ahora todo se torna turquesa.
Turquesa como su vibra, turquesa como su risa, como su voz, como su sonrisa, como sus aura... Turquesa es el color del que quiero rodearme ahora, turquesa es ella, turquesa es lo que siento, lo que despierta en mí.
Turquesa es el color que poco a poco me está embargando y que despierta tantas emociones en mí, turquesas se han vuelto mis sueños, mis pensamientos, mi alma y mi vida desde que dio la primera pincelada.
Turquesa...
Turquesa...
Turquesa es usted.
miércoles, 23 de julio de 2014
Pero no te extraño
"...Pero no te extraño, deben ser los años o los desengaños..."
No te extraño, porque no quiero, porque no quiero permitírmelo más. Extrañarte me duele en demasía, extrañarte es la señal de que no volverás y, aunque sé que así será, no quiero extrañarte. Y sin embargo, aún hay noches en las que despierto y se me atoran en la garganta tantas lágrimas y tantas palabras que nunca te dije. Y sin embargo, hay días que despierto pensándote y sonrío. Sonrío hasta que recuerdo que era un sueño, que ya no quisiste estar, que prefieres no estar...
Pero no te extraño, no extraño tu sonrisa franca, tu mirada dulce, tu cabello alborotado ni tus manos tibias. No extraño tu pálida piel ni tus suaves pies. No extraño tu grave voz ni tu alegre risa. No. No te extraño. No te extraño. Me tengo que repetir esto una y otra vez sin cesar hasta quedarme dormida o hasta quedarme bien despierta.No, no te extraño. No extraño tus abrazos ni tus besos ni tus caricias que lo eran todo. No extraño tu compañía, no. No extraño tu amor. No. No quiero extrañarte, no puedo extrañarte, ya me lo he prohibido cien mil veces el día de hoy y cien mil veces cada día que he pasado sin ti.
No, no te extraño, no extraño tu egoísmo, tu falta de tacto, tu desinterés. No extraño tus falsas promesas ni tu irresponsabilidad. No. No extraño tu facilidad para dejarme a mí todo el peso de una relación que tenía que ser tan liviana como un pedazo de papel. No. No te extraño.
(No) te extraño, ya no siento nada cuando imagino tu voz diciéndome "amor", ya no extraño tus manos recorriendo mi costado, ya no extraño tus brazos rodeándome toda, ya no extraño saberme tuya, saberte mía. Ya (no) te extraño. Ya estoy aprendiendo a vivir sin ti. Ya estoy aprendiendo a quererme sólo a mí como me enseñaste tú.
(N) te extraño. No extraño tu cinismo para irte a Tlaxcala antes de venir a verme a mí. No extraño las mil cosas que escondiste de mí sin saber el fin, no extraño tus mensajes hacia tu chaparrita que laceraron el más profundo amor que tenía por ti. No. (N) te extraño, porque a pesar de todo, prendí a confiar en ti, porque aunque sabía que era una tontería hacerlo, lo perdoné y seguí a tu lado porque sabía que todo podía ser mejor. (N) te extraño, no extraño tus coqueteos con el mundo, tus risas ajenas, tu distanciamiento, tu indiferencia.
Te extraño. No sé por qué lo hago ni por qué sigo permitiéndomelo a pesar de todo. A pesar de saber que esto es justamente lo que querías. No sé por qué mierdas te extraño tanto aún si en tu vida sólo tuve un fugaz espacio, el cual no supe dónde ni bajo qué circunstancias perdí. Te extraño y odio hacerlo, porque yo sí te amo, porque yo sí te amé y sí te amaría siempre. Te extraño y me detesto por hacerlo, porque sé que ya no te importa y que tus palabras de amor sólo pueden ser producto del alcohol. Te extraño aun sabiendo que tú ya no me extrañas como novia, sino como tu más grande admiradora, como tu más ferviente fan. Te extraño, ¡maldita sea, cómo te extraño! Y sigo pensando en ti, y sigo creyendo en ti y sigo llorando por ti y sigo deseando tenerte a ti, aquí. Conmigo. Como antes. Como nunca. Como siempre. Como debería ser.
Te extraño.
Texto del 12 de julio de 2014.
martes, 15 de julio de 2014
Segunda carta del después
"Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver".
Hoy te extraño más que los días anteriores, pareciera que junté todas mis ganas de verte desde aquél último "te amo" hasta hoy.
No puedo llamarte para decirte que te amo, no puedo rogarte que vuelvas, no puedo hacerlo porque sé que por mucho que implore tu perdón, tu regreso y tu vida a mi lado, no regresarás. ¿Cómo lo sé? Porque tú ya no querías estar conmigo. Me duele aceptarlo, me destroza creerlo, pero lo sé. Tú ya no querías estar conmigo. Lo que no entiendo es por qué esperaste tanto, por qué planeaste cambiar tanto, por qué no me lo dijiste tú en vez de que yo tuviera que dar el paso que más me ha dolido dar.
Me orillaste a hacer lo que no quería hacer nunca, lo que no esperaba jamás, lo que no hubiera deseado hacer en la vida. Me destrozaste y me destruiste por completo y sigue entristeciéndome tanto, doliéndome tanto, ahogándome tanto. No poder decirte ni reclamarte nada me está ahogando aún más, aún no veo el final del túnel y empiezo a creer que me faltan muchos días, muchas horas, muchos pasos para lograr alcanzar a ver la luz que me anuncie que todo se acabó... Aunque hace ya más de tres semanas todo se acabó realmente.
Te extraño tanto, tanto, tantísimo y sigo preguntándome por qué. Entiendo que había cosas tan buenas en ti que jamás creí encontraría, pero también me hiciste mucho daño y sigo triste por eso. Te aprovechaste de mi ingenuidad, de mi amor y devoción por ti y eso no lo olvidaré jamás, incluso teniendo tan mala memoria. No puedo creer que prefirieras tenerme de fan que tenerme de novia, no puedo creer aún que prefirieras echarme la culpa de tus pesares y que sigas sin querer cambiar ABSOLUTAMENTE nada de lo que sucede, que no hayas dado alguna solución por muy tonta que fuera, para que siguiéramos juntas. Después de todo, era trabajo de dos, pero al parecer, tú lo olvidaste y fui yo quien terminó cargando contigo. No se vale que me culpes de un crimen que no cometí. Fuiste tú, no yo, quien dejó de amar... No entiendo cómo nunca me di cuenta; tal vez te amaba demasiado, tal vez siempre lo haga...
Me despido de ti, con la mejor de las vibras para ti, con mucho cariño, muchos recuerdos, mucho amor de por medio. Supongo que es lo que necesitas y, aunque sea lo más difícil que tenga que hacer en la vida, lo haré deseándote todo lo mejor.
Disfruta cada día de tu vida, disfruta la alegría, las risas, el amor, la fortuna, los colores, sabores y la magia que la vida misma te regalen. Disfruta todo lo que hagas. Sé muy feliz siempre, siempre, mi amor.
Te amo.
jueves, 26 de junio de 2014
Carta del después
La curiosidad mató al gato, y con él, se murió mi confianza. Mi confianza en los demás, mi confianza en la vida, mi confianza en mí.
Sé qué es lo que hicimos mal, porque fue de ambas partes el error. Sé que aunque busque excusas, haga preguntas y formule respuestas, en este instante no hay nada que se pueda hacer. Sólo sé que necesito que pase el tiempo, no sé si para dejarte ir o para que tu ausencia no me mate, si es para aprender a ser feliz o para planear mi muerte.
Hay un sinnúmero de posibilidades, un sin fin de proyectos por lograr y sé que justo por eso necesito tiempo. Tiempo para pensar, tiempo para creer, tiempo para levantarme y para regresar a mi felicidad que tan abandonada tengo desde hace un tiempo.
Si he de sincerarme aquí y ahora, nunca dejé de amarte, puesto que eres todo lo que alguna vez busqué. No te pido que te quedes porque estoy segura que pedirlo sólo avivará la esperanza que muchos me han dicho, debería dejar morir. Sin embargo, creo total y absolutamente en la posibilidad de estar mejor, ¿cómo? No sé, no sé si a tu lado como pareja o a tu lado como amiga o sin ti totalmente. No sé si serás feliz sin mí, si por fin podrás arreglarte el alma y el corazón que llegué a destrozar más, sin embargo, mi bestia, quiero que sepas que hoy lucho por un posible "nosotras" del futuro, incluso si en un tiempo veo que eso se deslava y no llega a concretarse jamás, pero sobre todo, quiero mejorar para mí. Aprender a no ser una carga, aprender a no lastimar, a no juzgar, a decidir sabiamente.
Nadie quiere promesas de político y sé que eso parecen. No. Hoy ya me cansé de toda promesa sin cumplir, tanto mía como del mundo. Quiero mejorar, realmente lo quiero... Realmente te quiero y quiero que estés bien, conmigo o sin mí, pero que seas feliz, que logres tus sueños, que alcances tus metas, que vivas tu vida, que cruces fronteras y venzas tus miedos.
Eso quiero para ti y es sencillo que lo quiera, lo quiero porque te quiero, porque te amo con el alma y la vida entera y porque sé que alguien tan valioso, tan lleno de amor y de vida merece ser feliz. Porque sé que alguien con tanto por darle al mundo y tan dispuesto a hacerlo, sólo merece cosas buenas.
Perdóname por herirte tanto, por dejar que me cargaras en tu espalda, por no saber escucharte y por dejar de pensar en las dos. No quise llegar a ese punto y no sé realmente en qué momento sucedió, sólo sé que me arrepiento en demasía (incluso cuando digo que el arrepentimiento es pendejo, contigo nunca lo será).
Espero algún día puedas perdonarme y espero algún día poder perdonarme también. Espero que pronto nos entendamos y nos encontremos en el camino como "lo que sea" que seamos, pero encontrarnos y querernos con buena gana, con buen agrado, con sinceridad y sin secretos.
Puede ser que pido demasiado, pero ese demasiado es suficiente y lo merezco o, al menos, quiero convencerme de que lo merezco. Creo también que merezco ser feliz, aunque no sea la mejor persona del mundo, sé que lo merezco, sé que merezco perdón y cariño porque soy humana y cometo errores. Muchos graves, otros no tanto, pero lo merezco, al igual que tú.
No olvides que estoy contigo siempre, siempre. No importando la hora, el día, el lugar, la circunstancia. Siempre estoy contigo porque te quiero, porque aunque no soy constante con mis amistades, contigo quiero hacer una excepción, una que realmente valga la pena porque dos años y medio no se tiran por la borda en un pestañeo.
Te amo, eso no cambia ni cambiará jamás, te agradezco todos y cada uno de los momentos a tu lado, tanto buenos como malos. Aprendí mucho de mí, mucho de ti, mucho de todo y también de nada. Comprendí que vale la pena dejarlo todo (aunque no es recomendable) por alguien y que decir "el amor de mi vida" no es mero cliché.
Gracias por entenderme incluso cuando ni yo lo lograba, por darme amor, por entregarme el alma en cada beso, en cada caricia. Gracias por disfrutar conmigo hasta la risa más tonta. Gracias por intentar. Gracias por ser tú. Gracias por existir.
Te extrañaré, no voy a mentir, de hecho, ya te extraño, pero confío en que un día, no sé en qué momento ni bajo qué pretexto, nos encontraremos y nos reiremos de todo, me contarás tu vida, te contaré la mía y volveremos a estar cerca, sin importar la forma.
Me faltan muchas cosas por decirte, pero por ahora, creo que ha sido suficiente escribir, ha sido suficiente llorar y suficiente maldecirme. Así, pues, doy por concluído el volumen uno de la carta del después.
Sé qué es lo que hicimos mal, porque fue de ambas partes el error. Sé que aunque busque excusas, haga preguntas y formule respuestas, en este instante no hay nada que se pueda hacer. Sólo sé que necesito que pase el tiempo, no sé si para dejarte ir o para que tu ausencia no me mate, si es para aprender a ser feliz o para planear mi muerte.
Hay un sinnúmero de posibilidades, un sin fin de proyectos por lograr y sé que justo por eso necesito tiempo. Tiempo para pensar, tiempo para creer, tiempo para levantarme y para regresar a mi felicidad que tan abandonada tengo desde hace un tiempo.
Si he de sincerarme aquí y ahora, nunca dejé de amarte, puesto que eres todo lo que alguna vez busqué. No te pido que te quedes porque estoy segura que pedirlo sólo avivará la esperanza que muchos me han dicho, debería dejar morir. Sin embargo, creo total y absolutamente en la posibilidad de estar mejor, ¿cómo? No sé, no sé si a tu lado como pareja o a tu lado como amiga o sin ti totalmente. No sé si serás feliz sin mí, si por fin podrás arreglarte el alma y el corazón que llegué a destrozar más, sin embargo, mi bestia, quiero que sepas que hoy lucho por un posible "nosotras" del futuro, incluso si en un tiempo veo que eso se deslava y no llega a concretarse jamás, pero sobre todo, quiero mejorar para mí. Aprender a no ser una carga, aprender a no lastimar, a no juzgar, a decidir sabiamente.
Nadie quiere promesas de político y sé que eso parecen. No. Hoy ya me cansé de toda promesa sin cumplir, tanto mía como del mundo. Quiero mejorar, realmente lo quiero... Realmente te quiero y quiero que estés bien, conmigo o sin mí, pero que seas feliz, que logres tus sueños, que alcances tus metas, que vivas tu vida, que cruces fronteras y venzas tus miedos.
Eso quiero para ti y es sencillo que lo quiera, lo quiero porque te quiero, porque te amo con el alma y la vida entera y porque sé que alguien tan valioso, tan lleno de amor y de vida merece ser feliz. Porque sé que alguien con tanto por darle al mundo y tan dispuesto a hacerlo, sólo merece cosas buenas.
Perdóname por herirte tanto, por dejar que me cargaras en tu espalda, por no saber escucharte y por dejar de pensar en las dos. No quise llegar a ese punto y no sé realmente en qué momento sucedió, sólo sé que me arrepiento en demasía (incluso cuando digo que el arrepentimiento es pendejo, contigo nunca lo será).
Espero algún día puedas perdonarme y espero algún día poder perdonarme también. Espero que pronto nos entendamos y nos encontremos en el camino como "lo que sea" que seamos, pero encontrarnos y querernos con buena gana, con buen agrado, con sinceridad y sin secretos.
Puede ser que pido demasiado, pero ese demasiado es suficiente y lo merezco o, al menos, quiero convencerme de que lo merezco. Creo también que merezco ser feliz, aunque no sea la mejor persona del mundo, sé que lo merezco, sé que merezco perdón y cariño porque soy humana y cometo errores. Muchos graves, otros no tanto, pero lo merezco, al igual que tú.
No olvides que estoy contigo siempre, siempre. No importando la hora, el día, el lugar, la circunstancia. Siempre estoy contigo porque te quiero, porque aunque no soy constante con mis amistades, contigo quiero hacer una excepción, una que realmente valga la pena porque dos años y medio no se tiran por la borda en un pestañeo.
Te amo, eso no cambia ni cambiará jamás, te agradezco todos y cada uno de los momentos a tu lado, tanto buenos como malos. Aprendí mucho de mí, mucho de ti, mucho de todo y también de nada. Comprendí que vale la pena dejarlo todo (aunque no es recomendable) por alguien y que decir "el amor de mi vida" no es mero cliché.
Gracias por entenderme incluso cuando ni yo lo lograba, por darme amor, por entregarme el alma en cada beso, en cada caricia. Gracias por disfrutar conmigo hasta la risa más tonta. Gracias por intentar. Gracias por ser tú. Gracias por existir.
Te extrañaré, no voy a mentir, de hecho, ya te extraño, pero confío en que un día, no sé en qué momento ni bajo qué pretexto, nos encontraremos y nos reiremos de todo, me contarás tu vida, te contaré la mía y volveremos a estar cerca, sin importar la forma.
Me faltan muchas cosas por decirte, pero por ahora, creo que ha sido suficiente escribir, ha sido suficiente llorar y suficiente maldecirme. Así, pues, doy por concluído el volumen uno de la carta del después.
miércoles, 7 de mayo de 2014
Salida de Emergencia
Tengo esa sensación de vacío y ansiedad. Creo que la angustia se está apoderando poco a poco de mí nuevamente. ¿La razón? Esta vez son muchas razones, son muchos cambios en muy poco tiempo, algo a lo que no estoy, pero para nada, acostumbrada.
Mi vida siempre ha sido más bien monótona, aburrida dirían algunos, algo así como novela rusa donde todo es hielo, siempre es invierno y hace un frío de los mil demonios.
Pero esta vez la estúpida novela da un giro, ya no es invierno y, si lo es, ya no nieva, ahora llueve, llueve mucho pero también hay días de sol y el sol sólo se esconde cuando llega la noche. Es raro encontrar que lo que solías conocer empieza a cambiar, que lo que solía ser se transforma y te deja a ti con una duda y un tremendo hueco en el pecho, con la incertidumbre -y la esperanza- de que pronto todo vuelva a su debida normalidad.
¿Dónde quedó mi normalidad?, ¿mis ratos de ocio?, ¿mi inmensa depresión por exceso de horas de ocio?
A ratos, siento que me estoy auto-saboteando. Otras veces, lo confirmo. Lo quiero todo y logro llegar al punto previo de la magia y el cambio y es ahí donde me estremezco de terror y corro en la dirección opuesta a mis metas. ¿Será que le tengo miedo al éxito?, ¿será que ya me acostumbré al fracaso?
Necesito salir de aquí, y con "aquí" me refiero a mi mente tan plagada de miedos y frustraciones acumuladas y acumulables. Estoy cansada de no lograr lo que quiero por temor a dejar de ser lo que solía ser, sólo no sé cómo reaccionar a tantos cambios, sobre todo si son tan drásticos, pero seguro en un corto rato, lograré entender hacia dónde voy y cómo pretendo llegar hasta ahí.
Mi vida siempre ha sido más bien monótona, aburrida dirían algunos, algo así como novela rusa donde todo es hielo, siempre es invierno y hace un frío de los mil demonios.
Pero esta vez la estúpida novela da un giro, ya no es invierno y, si lo es, ya no nieva, ahora llueve, llueve mucho pero también hay días de sol y el sol sólo se esconde cuando llega la noche. Es raro encontrar que lo que solías conocer empieza a cambiar, que lo que solía ser se transforma y te deja a ti con una duda y un tremendo hueco en el pecho, con la incertidumbre -y la esperanza- de que pronto todo vuelva a su debida normalidad.
¿Dónde quedó mi normalidad?, ¿mis ratos de ocio?, ¿mi inmensa depresión por exceso de horas de ocio?
A ratos, siento que me estoy auto-saboteando. Otras veces, lo confirmo. Lo quiero todo y logro llegar al punto previo de la magia y el cambio y es ahí donde me estremezco de terror y corro en la dirección opuesta a mis metas. ¿Será que le tengo miedo al éxito?, ¿será que ya me acostumbré al fracaso?
Necesito salir de aquí, y con "aquí" me refiero a mi mente tan plagada de miedos y frustraciones acumuladas y acumulables. Estoy cansada de no lograr lo que quiero por temor a dejar de ser lo que solía ser, sólo no sé cómo reaccionar a tantos cambios, sobre todo si son tan drásticos, pero seguro en un corto rato, lograré entender hacia dónde voy y cómo pretendo llegar hasta ahí.
viernes, 21 de marzo de 2014
Yo no
Le dije que la amaba. Se lo dije cerca de su oreja izquierda, recorrí su cabello para que nada se interpusiera entre mi voz y su sentido del oído.
Sonrío y una lágrima resbaló por su mejilla, después otra y otra más. Empezaron dos pequeños ríos a surcar su rubor, la base correctora que utilizaba. Sus lágrimas se volvieron más espesas, más obscuras. Las lágrimas esporádicas que surgieron al inicio en sus ojos, se convirtieron en un llanto incontenible, una tormenta que parecía estar en su apogeo y que parecía no tener fin.
"¿Me quedo o me voy?", me pregunté. No supe qué decir ni qué hacer. Aguardé en silencio un momento, después tomé su mano entre la mía.
Después de unos minutos o unas horas, no sé bien cuánto esperé, me miró en aquél parque a media luz, agachó la mirada, contuvo la respiración por un momento y después, mirándome a los ojos, me dijo:
"Yo no".
Sonrío y una lágrima resbaló por su mejilla, después otra y otra más. Empezaron dos pequeños ríos a surcar su rubor, la base correctora que utilizaba. Sus lágrimas se volvieron más espesas, más obscuras. Las lágrimas esporádicas que surgieron al inicio en sus ojos, se convirtieron en un llanto incontenible, una tormenta que parecía estar en su apogeo y que parecía no tener fin.
"¿Me quedo o me voy?", me pregunté. No supe qué decir ni qué hacer. Aguardé en silencio un momento, después tomé su mano entre la mía.
Después de unos minutos o unas horas, no sé bien cuánto esperé, me miró en aquél parque a media luz, agachó la mirada, contuvo la respiración por un momento y después, mirándome a los ojos, me dijo:
"Yo no".
lunes, 3 de marzo de 2014
Escupitajo.
Osadía.
Colores. Hambre. Deseo. Fuerza, Rocío.
Plata. Frío. Maestría.
Pudores. Mañana. Conciencia.
Maldad. Maltrato.
Risas.
Dolencias. Cruces. Rojo.
Laberinto. Antorcha. Estambre.
Plutón. Corazonada.
Jacaranda. Moratorio. Curso.
Rincón. Remolino.
Espacio. Juez.
Pan.
Río. Enjambre. Flecha. Compañía. Iglesia.
Tamarindo. Jamás. Guitarra. Frente.
Defensa.
Piedra. Petróleo. Aún.
Entonces. Pieles.
Dogma.
Iridiscente.
Escribano.
Otoño. Dulzura.
Nubes.
Alcantarilla. Patraña.
Bucanero.
Dominó.
Compendio.
Usurpar.
Pepinillo.
Vacilante.
Espejo.
Ecupitajo.
Añil.
Romero.
domingo, 21 de julio de 2013
Cómo desaparecer sin hacer ruido.
Desaparecer es, para los magos, un truco maravilloso para los expectadores; yo no soy mago. Soy sólo uno más en un planeta sobre poblado con una única meta en la vida: la muerte.
¿Será que se lee muy enfermo? ¿Será que no soy normal? ¿Cómo la gente puede tener más metas durante su vida si lo único seguro que se tiene es la muerte?
***
Nadie sabe si estoy o no. Leí un libro a media tarde y no quise prender la luz para seguir. Fumé un cigarrillo en la ventana para no esparcir el humo dentro de mi recámara. No prendí el radio, no prendí la tele. Mi teléfono se quedó sin pila y el cargador sigue buscando su camino a casa (es mi eufemismo para decir que no sé en qué pocilga lo dejé).
Sonrío amargamente, ninguna luz me ilumina pero no tropiezo. Mis ojos dibujan en la obscuridad cada objeto, cada obstáculo en mi camino para no tener que alumbrarme ni con el encendedor.
Inhala, exhala.
Me siento en el piso, no hay objetos punzocortantes, según recuerdo. Siento la paz que respira quien está y no está en ningún sitio. Mis manos sobre mi cara me cubren de la obscuridad que reina dentro de esas cuatro paredes. Comienzo a sollozar y me espanta darme cuenta que se oye el eco de mi respiración entre mis manos. Seco mis lágrimas, no hay por qué llorar. Y si así fuera, pareciera ya no valer la pena.
Me levanto y siento el piso frío bajo mis pies y siento igual cómo la piel de la planta del pie derecho va abriendo paso, poco a poco, a un objeto frío y alargado. Ahogo un aullido de dolor y casi inmediatamente, empieza a brotar un líquido viscoso y tibio. No veo nada. No quiero prender la luz.
Cojeando, llego a la cama y mi pie percibe una brisa extraña, una humedad combinada con el aire que el poco movimiento le proveen. Ya no hay vidrio, levanté el pie del suelo con suficiente rapidez para que no me hiciera más daño.
Me recosté en la cama, cubrí mi cuerpo hasta la coronilla con las cobijas. Un resoplido casi involuntario se me rebela y no sé si cabrearme más por la razón de este o el hecho de haber hecho ruido.
Descobijo mi cara y mi tronco. Me arrastro sobre la cama. Parte de mi cuerpo queda colgando de un costado de la cama. Estiro el brazo izquierdo, alcanzo un cilindro del tamaño de mi palma. Me arrastro hacia atrás para reacomodarme.
Abro el frasco intentando no hacer ruido, incluso aunque nadie pudiera escucharme. Lo inclino y siento una granizada en la mano, pequeñas pastillas que caen sobre ella.
Trago una pastilla, trago otra más. El frasco estaba lleno y ahora está vacío. Me arrebujo entre las cobijas. Ya casi es hora.
Sonrío, descanso.
Inhalo, exhalo y me dejo llevar, sin hacer ruido, al país de Nunca Jamás.
Sublime Rutina
¿Por qué te mientes? ¿Por qué me engañas?
- Lo sé todo- te dije.
- Mientes. No sabes cuánto te amo, cuántas veces te he soñado y cuánto he dejado de pensar en todo por pensar en ti.
- Lo sé todo, te digo. Sé que ya no me amas, sé que con quien sueñas no soy yo y que piensas en todo, menos en mí.
- ¿En qué basas tu juicio para ser tan dura?
- En tu mirada, ya no es la misma. Tus besos ya no saben igual y tus caricias ya no las recuerdo sobre mi piel.
- ¿No crees que es porque estoy cansado del trabajo, del trajín diario?
- Más bien creo que, de lo que te has cansado, es de mí.
- ¡No entiendo! ¡Coño, mujer! ¿Qué no me escuchas?
- Escucho tus palabras, y también a tu corazón pidiéndote clemencia cuando me dices que me amas, yo sé que no es así.
- Claro que lo hago, más que a mi vida.
- Nunca creí que valoraras en tan poco tu vida.
- ¿Te estás rebajando y jugando a la víctima acaso?
- Jamás lo haría; lo sabes, lo sé. Me conoces y te conozco tan bien que sé que sabes que no es así.
- Entonces... ¿Cómo te diste cuenta?
- En tu mirada que ya no es la misma...
- ¡Eso ya me lo dijiste! Aunque creo que estás en un error.
- Puede ser, siempre me he equivocado.- Tal vez estés muy equivocada.
- Puede ser...
***
- ¿Y estas flores?
- Son para ti, mi vida. Toda mi vida es tuya, las flores son sólo un regalo.
- Gracias, mi amor. Jamás me habían regalado flores.
***
- ¿Y estas flores?
- Son para ti.
- Gracias. ¿Las puedes poner en el florero y ponerle agua?
- ...
***
- Toma.
- ¿Qué es?
- Ábrelo.
- ¡Qué hermoso collar! Pónmelo.
***
- ¿Quieres que te caliente la cena?
- Déjalo, mujer. Estoy cansado.
- ¿Te preparo la ducha?
- ¡Que me dejes!
- Está bien, pero no azotes la... Puerta.
***
-Te extrañé.
- Yo más, mi amor.
- ¿El café de siempre?
- El café. Nuestro café.
***
- ¿Por qué ya no me preparas la cena poco antes de llegar? Extraño esas atenciones.
- Siempre llegas cansado e inapetente. ¿Para qué hacerlo ahora?
- Tienes razón, buenas noches.
II
- Te extraño.
- Seguro no más que yo.
- ¿Qué nos pasó?
- No lo sé, seguro nos perdimos en un punto entre la rutina y el hartazgo. ¿Me quieres aún?
- Yo aún te amo, pero sé que tú ya no. AHORA estoy convencida.
- Perdóname... Yo no quería...
- Ya te había perdonado.
- ¿Seguiremos juntos?
- ¿Me preguntas de nosotros o de ella y tú?
- Nosotros.
- Me temo que ese nosotros no existe desde hace mucho tiempo.
- ¿Te irás?
- Es inevitable.
miércoles, 26 de junio de 2013
Vistiendo santos en la casa de retiro
Me duele el brazo izquierdo, posiblemente sea un paro cardíaco, mañana iré al doctor si no morí antes.
Mis hijos ya no vienen, desde que son adultos, se olvidaron de su pobre madre.
¿Acaso tengo fiebre? ¡SANTO CRISTO, estoy hirviendo! Que alguien llame al médico, pero que no me recete un baño de agua helada porque las reumas no perdonan ni el agua tibia.
¿Qué hice yo para merecer hijos tan ingratos? Dios me castiga por darlo todo y no pedir nada a cambio en su momento.
Siento que la respiración se me dificulta; inhala, exhala. Posiblemente sea un enfisema. ¡AY, DIOSITO, no me lleves! ¿Qué será de mis nietos sin la abuela que les haga la cena navideña?
¿Que mi cabello parece la espuma del mar? ¡Pues claro!, con tanta preocupación por los programas que ven mus nietos,y que sus padres no cuidan, ¡cómo diablos iba yo a mantener mis cabellos negros!
Ayer, frente al espejo me encontré dos manchas más en la cara, seguro tengo cáncer de piel y moriré de dolor cuando el cáncer me haya invadido toda; muerta de dolor y sola porque nadie viene a verme.
Que alguien llame al doctor, ¡me muero, me muero! Y yo tan sola, y yo tan soltera desde siempre y yo sin hijos y yo sin nada. Sabia decisión la mía al no querer casarme nunca, al nunca criar hijos en la penumbra de mi incesante aflicción.
Mis hijos ya no vienen, desde que son adultos, se olvidaron de su pobre madre.
¿Acaso tengo fiebre? ¡SANTO CRISTO, estoy hirviendo! Que alguien llame al médico, pero que no me recete un baño de agua helada porque las reumas no perdonan ni el agua tibia.
¿Qué hice yo para merecer hijos tan ingratos? Dios me castiga por darlo todo y no pedir nada a cambio en su momento.
Siento que la respiración se me dificulta; inhala, exhala. Posiblemente sea un enfisema. ¡AY, DIOSITO, no me lleves! ¿Qué será de mis nietos sin la abuela que les haga la cena navideña?
¿Que mi cabello parece la espuma del mar? ¡Pues claro!, con tanta preocupación por los programas que ven mus nietos,y que sus padres no cuidan, ¡cómo diablos iba yo a mantener mis cabellos negros!
Ayer, frente al espejo me encontré dos manchas más en la cara, seguro tengo cáncer de piel y moriré de dolor cuando el cáncer me haya invadido toda; muerta de dolor y sola porque nadie viene a verme.
Que alguien llame al doctor, ¡me muero, me muero! Y yo tan sola, y yo tan soltera desde siempre y yo sin hijos y yo sin nada. Sabia decisión la mía al no querer casarme nunca, al nunca criar hijos en la penumbra de mi incesante aflicción.
martes, 7 de mayo de 2013
No sé por qué te quiero
Como lo pienso, lo creo; como lo creo, lo digo. Como lo digo lo
callo. Como lo calle, me muero.
Escuché su voz una vez más. En mis manos, el sudor del miedo y en mi memoria, su despedida. No pensé que se marcharía así, si todo parecía tan perfecto, tan completo.
Me dejó un par de rosas sobre la mesita de noche, me dejó un cajón lleno de recuerdos y una almohada impregnada de un perfume tan corriente como mi perversa mente, pero que en ella tenía el olor más dulce que un puñado de chocolatinas.
Me desperté sin fuerzas, me acurruqué sin sueños, sin mundo, sin vida. ¿Qué sería de mí ahora? Estaba presente en todas partes y, al mismo tiempo, dejaba su ausencia inundando la casa, la cama, mis manos y mi cuerpo.
Siempre, muy dentro de mí supe que se iría, pero no esperaba que se fuera tan pronto, no esperaba que se fuera tan callada, tan retraída, tan ajena. Nunca puse mi presente en sus manos, pero sí mi futuro en su piel. ¿Qué será de mí mañana? ¿Qué responderé a las hirientes preguntas que surgen en cualquier reunión familiar?
Constantemente me recrimino por todo lo que no nos dijimos y por lo poco que compartimos, a veces me siento vacío y, a veces, me siento tan triste que desearía poder dejar de sentir aunque fuera por un instante. Todo es inútil. Aún entre sueños, entre risas, en el espejo y entre las sábanas veo nítidamente su cuerpo, siento su tibia piel bajo mis manos.
Ya no está. No estará y no volverá sus pasos a este pasillo pasado de su vida. Tengo la certeza de que no moriré de amor, pero contar las horas me hacen sentir que desfallezco de a poco. No puedo callarlo, no puedo negarlo: nos he perdido.
Tengo íes en los puntos y puntos suspensivos y suspenso en la memoria y memorias entre versos y versos que nunca le entregué por no saber decir "no sabes cuánto te quiero".
callo. Como lo calle, me muero.
Escuché su voz una vez más. En mis manos, el sudor del miedo y en mi memoria, su despedida. No pensé que se marcharía así, si todo parecía tan perfecto, tan completo.
Me dejó un par de rosas sobre la mesita de noche, me dejó un cajón lleno de recuerdos y una almohada impregnada de un perfume tan corriente como mi perversa mente, pero que en ella tenía el olor más dulce que un puñado de chocolatinas.
Me desperté sin fuerzas, me acurruqué sin sueños, sin mundo, sin vida. ¿Qué sería de mí ahora? Estaba presente en todas partes y, al mismo tiempo, dejaba su ausencia inundando la casa, la cama, mis manos y mi cuerpo.
Siempre, muy dentro de mí supe que se iría, pero no esperaba que se fuera tan pronto, no esperaba que se fuera tan callada, tan retraída, tan ajena. Nunca puse mi presente en sus manos, pero sí mi futuro en su piel. ¿Qué será de mí mañana? ¿Qué responderé a las hirientes preguntas que surgen en cualquier reunión familiar?
Constantemente me recrimino por todo lo que no nos dijimos y por lo poco que compartimos, a veces me siento vacío y, a veces, me siento tan triste que desearía poder dejar de sentir aunque fuera por un instante. Todo es inútil. Aún entre sueños, entre risas, en el espejo y entre las sábanas veo nítidamente su cuerpo, siento su tibia piel bajo mis manos.
Ya no está. No estará y no volverá sus pasos a este pasillo pasado de su vida. Tengo la certeza de que no moriré de amor, pero contar las horas me hacen sentir que desfallezco de a poco. No puedo callarlo, no puedo negarlo: nos he perdido.
Tengo íes en los puntos y puntos suspensivos y suspenso en la memoria y memorias entre versos y versos que nunca le entregué por no saber decir "no sabes cuánto te quiero".
jueves, 11 de abril de 2013
Indagaciones de un elefante con alzheimer
No sé quién soy, no sé qué pasa. Quizás el tiempo me está diciendo que mi hora se acerca. No tengo miedo, no tengo gusto, sólo un manojo de nervios con una pizca de dudas que invaden mis horas en vela y que inundan mis horas de sueño.
De pequeño siempre me dijeron que no cuestionara lo que dicen los adultos; de joven me enseñaron a cuestionarlo todo. Crecí y dejé de preguntar porque me veían como un loco, me orillaron a seguir a la manada. Dejé de pensar, dejé de imaginar y comencé a seguir, pero hoy que tengo unos años echados encima pregunto muchas cosas. A mis hijos los aturdo y terminan diciendo "viejo loco, no tiene nada mejor qué hacer", mis nietos, los jóvenes, se aburren de mí y me gritan "¿por qué te gusta preguntar tanto? Ojalá te mueras pronto para que dejes de decir incoherencias". El único que me escucha es mi nieto Jacobo, el más pequeño de la casa. Siempre me responde y, sin embargo, pocas veces le entiendo porque aún no articula bien y, a pesar de todo, sé que es el único que no se harta de mis tonterías, pues es el único que se queda horas contemplando mi cama, mirándome a los ojos con mucho cariño, pero con una gran duda que aún no puedo descifrar.
¿Quién le hace de comer al chef? ¿Quién le hace la ropa al sastre? ¿Quién le cuenta chistes al payaso? ¿Qué cuentan los borregos cuando tienen insomnio y quieren dormir? ¿Quién le regala flores a las rosas para enamorarlas?
Hace diez días perdí la capacidad de hablar; no sé qué pasó si sólo estoy postrado en esta cama inútil. La cama inútil y yo: una piltrafa que podría morirse ahora para dar respiro a la familia. Todos me miran sin detenerse, salvo por mi Jacobo, mi viejo amigo que se sube a mi cama, se sienta a mi lado, mirándome a los ojos y sin decir palabra, puedo al fin descifrar que la pregunta en sus ojos es un "¿por qué?". Yo le respondo con miles de preguntas, bombardeándolo, ahogándolo con borbotones de dudas que no brotan más de mis labios, pero sí de mis pupilas:
¿Alguna vez le da sed a los peces? ¿Por qué el conejo de Pascua regala huevos? ¿Los animales se enamoran? ¿Existen los colorines decolorados? ¿Quién le canta a un pájaro triste?
De pequeño siempre me dijeron que no cuestionara lo que dicen los adultos; de joven me enseñaron a cuestionarlo todo. Crecí y dejé de preguntar porque me veían como un loco, me orillaron a seguir a la manada. Dejé de pensar, dejé de imaginar y comencé a seguir, pero hoy que tengo unos años echados encima pregunto muchas cosas. A mis hijos los aturdo y terminan diciendo "viejo loco, no tiene nada mejor qué hacer", mis nietos, los jóvenes, se aburren de mí y me gritan "¿por qué te gusta preguntar tanto? Ojalá te mueras pronto para que dejes de decir incoherencias". El único que me escucha es mi nieto Jacobo, el más pequeño de la casa. Siempre me responde y, sin embargo, pocas veces le entiendo porque aún no articula bien y, a pesar de todo, sé que es el único que no se harta de mis tonterías, pues es el único que se queda horas contemplando mi cama, mirándome a los ojos con mucho cariño, pero con una gran duda que aún no puedo descifrar.
¿Quién le hace de comer al chef? ¿Quién le hace la ropa al sastre? ¿Quién le cuenta chistes al payaso? ¿Qué cuentan los borregos cuando tienen insomnio y quieren dormir? ¿Quién le regala flores a las rosas para enamorarlas?
Hace diez días perdí la capacidad de hablar; no sé qué pasó si sólo estoy postrado en esta cama inútil. La cama inútil y yo: una piltrafa que podría morirse ahora para dar respiro a la familia. Todos me miran sin detenerse, salvo por mi Jacobo, mi viejo amigo que se sube a mi cama, se sienta a mi lado, mirándome a los ojos y sin decir palabra, puedo al fin descifrar que la pregunta en sus ojos es un "¿por qué?". Yo le respondo con miles de preguntas, bombardeándolo, ahogándolo con borbotones de dudas que no brotan más de mis labios, pero sí de mis pupilas:
¿Alguna vez le da sed a los peces? ¿Por qué el conejo de Pascua regala huevos? ¿Los animales se enamoran? ¿Existen los colorines decolorados? ¿Quién le canta a un pájaro triste?
miércoles, 27 de marzo de 2013
Elisa
Jamás conocí mujer que poseyera una belleza apenas similar a la de Elisa; piel de ébano y ojos del color del grano de café tostado, sus labios eran una invitación al pecado a pesar de que siempre estaba rezando o cantando alguna alabanza, a menos que fuera interrumpida por algún cliente. Su belleza no sólo radicaba en el cuerpo perfecto que tenía, sino que su timidez y delicadeza la hacían aún más hermosa; verla sonreír era todo un acontecimiento y cuando lo hacía iluminaba todo el local.
Doblaba la esquina entre las seis cuarenta y las seis cuarenta y cinco, con sus cabellos recogidos en una trenza tan obscura y brillante como la piedra de obsidiana, con el uniforme amarillo impecablemente planchado, inmaculadamente lavado. A decir verdad, verla un instante me bastaba para animarme la mañana, el día entero.
Siempre buscaba la manera de hacer tiempo en casa para poder verla, aunque fuera de lejos, aunque fuera a través de la ventana del departamento que rentaba en el edificio frente a la cafetería donde ella trabajaba. Le era fiel hasta en sueños, le guardaba una inexplicable lealtad al ritual matutino de espiarla por la ventana sin malicia, sin pretensiones, salvo por aquél de llenar mi día de vida, de alegría, por llenarme de paz.
Martes 18 de julio, 1967
Desperté a mitad de la noche y sentía como si me hubiesen golpeado la cabeza repetidas veces con una laja de piedra. A pesar de no haber dormido mucho, sentía los ojos hinchados y mi cuerpo parecía de trapo. Mi mano tocó mi frente e inmediatamente la quité porque sentía que me quemaba y, a pesar de la temperatura, tiritaba de frío. Tenía años, podría decir que décadas sin que una gripe fulminante me hiciera sentir que moría. No entraré en detalles con respecto a mis mocos y otras secreciones propias de la gripe, sólo diré que habría deseado matar a alguien en ese instante si eso me asegurara sentirme mejor. Era el presagio de algo terrible, pero no lo sabía. Ahora creo que así era.
Entré a la regadera aún en pijama, contuve la respiración y abrí la llave del agua fría sin ningún miramiento. Mi cuerpo se erizó de pies a cabeza y mi corazón se congeló por un instante, después de dos minutos que me parecieron una eternidad, salí de la ducha ya sin ropa y me cubrí con la bata de baño. Al volver a mi recámara miré el reloj, "¿apenas las cuatro con veinte?", me dije al tiempo que me recostaba en la cama, aún con los malestares taladrándome el cuerpo, pero a pesar de mis intentos por conciliar el sueño de nueva cuenta. El insomnio se apoderó de mí; así que después de no sé cuánto tiempo dando vueltas en la cama, decidí prepararme un té de limón con miel, esperando que aletargara mis males para así poder esperar a que la farmacia abriera y comprar cualquier medicamento que me asegurara que me iba a sentir mejor, o que al menos iba a olvidar el dolor articular que me aquejaba en ese momento.
Ya lo había decidido: no iría a la editorial. En los cuatro años que llevaba trabajando allí nunca había pedido vacaciones ni había faltado. Si acaso había llegado tarde un par de veces por esperar a que Elisa apareciera en la entrada de "Las Magnolias" con su uniforme almidonado y su cabello pulcramente peinado para acomodar la cofia que complementaría el uniforme posteriormente.
Me arrebujé en las mantas y me descobijé casi inmediatamente al recordar la fiebre y el baño de agua helada que había tomado. Dormité un momento, pudieron ser minutos u horas, no sé puesto que no volví a revisar el reloj en lo que restaba del día. Al abrir nuevamente los ojos, me vi bañado de sol y de sudor. Tenía fiebre nuevamente. Por fortuna no tendría que tomar otro baño helado porque por la luz que llegaba a mi recámara pude deducir que ya podía salir a la calle y encontrar más vida de la que habría encontrado al momento de mi crisis gripal. Tomé la ropa del día anterior y me vestí. Tomé mi sombrero de ala corta, mi cartera y mis llaves y salí a trompicones del departamento y de la misma manera bajé las escaleras, aunque en dos ocasiones estuve a punto de cambiar el método y bajar rodando.
Al salir a la calle me deslumbró la luz; la heroica hazaña de mis ojos por adaptarse rápidamente al cambio de luz me salvó de un par de tropiezos con una bicicleta y con la toma de agua empotrada en la pared de mi edificio. En un instante pude ver el camino a seguir sobre la calle de Tonalá hasta llegar a la esquina donde colinda con Uruapan. Llegué a la farmacia y pedí algún medicamento para los síntomas de la gripe. Posiblemente por el juego de la luz así como por la enfermedad y mi escaso contacto con los rayos de sol, la dependienta se apresuró a entregarme el medicamento más cercano, "¿de verdad me veo tan mal?" me pregunté para mis adentros. Sin darle más importancia al asunto, tomé las medicinas y las pagué. Ya me iba cuando la dependienta tuvo la cortesía de decirme: "debe consumir alimentos cuando se tome las pastillas. Si se siente mal, le recomiendo ir con un doctor".
Las primeras ocho palabras que dijo antes de que partiera de la farmacia tuvieron un eco tardío en mi mente, ya cuando estaba por abrir la puerta principal del edificio. En un arrebato de valentía le di la espalda a la puerta, me reacomodé el sombrero y caminé con aire gallardo para cruzar la calle y entrar a "Las Magnolias".
Abrí la puerta y un mundo totalmente diferente al que había en la calle apareció ante mí. El bullicio de la gente combinado con el choque de los platos y vasos en la cocina me abrumaron un poco y, si a eso le agregáramos la caminata bajo el sol y mi ayuno, podría entenderse la aceleración de mi pulso y que haya hiperventilado un par de veces.
Miré a mi alrededor y no encontré ni una mesa vacía. Para mi sorpresa, y suerte, encontré con la mirada un banco libre en la barra. Con menos gallardía pero con mucha decisión me acerqué hasta él, le pregunté a los comensales que lo rodeaban si estaba ocupado y, al recibir la misma respuesta de todos, me senté en él; después de sustraer las medicinas recién compradas del bolsillo de mi saco, me acomodé la solapa y miré hacia el menú empotrado en la pared frente a los bancos. Mis ojos no pudieron ni leer la primera letra del mismo porque una morena silueta los había desconcentrado totalmente. Me sentí aún más débil de lo que hacía unas horas en mi recámara, pero su mirada dulce me regresó el aliento. Ahí estaba, frente a mí, mi musa: Elisa. Hasta ese momento me quité el sombrero, no por respeto al lugar cerrado, sino que poco me faltó para hacer una reverencia frente a ella. Fue por ella que me quité el sombrero.
- Buen día, ¿gusta café para comenzar?- dijo con una voz servicial y angelical.
- Este... Sí...No... Digo, sí. Sí, por favor- balbuceé. Me sentí apenado, no por mi incapacidad para responder normalmente a una pregunta tan simple, sino que ni siquiera le respondí el saludo.
Colocó frente a mí un plato y una taza sobre éste y sirvió un café tan obscuro como sus ojos.
- Nuestro menú se encuentra detrás de mí. ¿Desea ordenar?
- Quiero... Ahmmm... Unos huevo... No, espere...- me sentí más apenado aún. -Quiero una rebanada de pay de queso, por favor.
- No es parte de la carta de desayunos, ¿está bien?
- Sí, está bien.
- En un momento vuelvo- dijo y desapareció por el costado de la barra que tenía una puerta amplia que llevaba a la cocina.
Al poco rato volvió con una sonrisa que más bien parecía una mueca, como desilusionada.
- Señor, lamento decirle que ya no hay pay de queso, sólo de manzana con canela.
- Ahmmm... No, entonces no. Soy alérgico a la canela. Pero entonces quiero...- mi nerviosismo me delataba con cada palabra que intentaba articular. - Creo que prefiero sólo comer galletas.
- ¿Le traigo unas galletitas?- su rostro volvió a tener vida.
- Sí, sí. Eso quiero.
Inmediatamente se fue a la parte más lejana de la barra y sacó de la panera unas galletas con chispas de chocolate y no tardó en ponerlas frente a mí.
- Gracias- sonreí.
- Al contrario, señor. Disculpe por no tener pay. Pero le aseguro que las galletas le gustarán. Yo las hago y las vendo aquí.
Cuando dijo eso, casi me ahogo con el primer bocado. Sonreí y aprobé con ambos pulgares las deliciosas galletas que me había ofrecido. Posiblemente la combinación del hambre, el nerviosismo y su presencia fue lo que hizo que esas galletas me supieran a gloria, aunque no quisiera menospreciar sus habilidades reposteras.
Tanto el café como las galletas me parecían alimento de dioses. No noté en qué momento había bebido todo el café de mi taza, pero ella sí y con su cálida sonrisa se acercó a mi lugar y con la jarra en la mano me dijo:
- ¿Más café, señor?
Asentí con la cabeza y levanté la taza para acercarla a ella. No había notado que las manos me temblaban tanto hasta que, al intentar regresar la taza al plato, derramé el café; no sólo sobre la barra, sino sobre mi sombrero que descansaba al lado del plato y, por si fuera poco, ensucié todo mi traje, sin mencionar que tuve quemaduras de primer grado. Juro que intenté por todos los medios no tirarlo, incluso un cefalópodo habríase visto tonto comparado con mis rápidos movimientos, mis intentos fallidos para no hacer de mi visita a "Las Magnolias" toda una calamidad.
- Lo lamento muchísimo- dije apenado.
- No se preocupe, señor, pasa todo el tiempo- dijo ella, no en tono de burla, sino con sinceridad en la voz.
Su sonrisa me hizo saber que todo estaba bien y ya no me sentí tan mal hasta que sentí la mirada de los comensales a mi alrededor me miraban con incomodidad, podría decirse que con asco. Fue entonces cuando decidí emprender la graciosa huída. Tomé mi sombrero chorreante y pagué mi cuenta. Salí del lugar no sin antes dejar una jugosa propina. Y digo jugosa no por el café que pudiera haber humedecido los billetes, sino porque era la propina más generosa que había dejado en mi vida, pero cada centavo lo valía.
Volví a mi departamento y me recosté en la cama repasando cada instante desde que abrí la puerta de la cafetería. De pronto me encontré sonriéndole a un recuerdo, a todo. A nada. Ya no me sentía mal a pesar de que me ardía el brazo y muslo derechos gracias al café hirviendo, pero no me importó. Había podido verla, escucharla y mirarla a los ojos. Ya había planeado faltar al siguiente día al trabajo para verla nuevamente, ir al doctor en la tarde y pedir una receta médica que avalara mis inasistencias.
Martes 18 de julio de 2012
A cuarenta años de ese hermoso e imprevisto encuentro me pregunto dónde estará, porque después de ese día no volví a verla. Nadie volvió a verla. Hay quienes dicen que se regresó a Cuba, de donde era su familia. Hay quienes dicen que la mataron. Yo prefiero pensar que está trabajando en otro restaurante de la ciudad y que se fue sin decir adiós porque se puso tan nerviosa como yo ese día. Prefiero pensar que es feliz en otro estado de la república, con un hombre que la ama, con dos hijos y una casa pequeña pero con mucho calor de hogar. Sí, prefiero pensar que, aquella mujer de piel de ébano, ojos del color del grano de café tostado y labios que invitaban al pecado se escapó con su amor, aún no siendo yo el afortunado.
Doblaba la esquina entre las seis cuarenta y las seis cuarenta y cinco, con sus cabellos recogidos en una trenza tan obscura y brillante como la piedra de obsidiana, con el uniforme amarillo impecablemente planchado, inmaculadamente lavado. A decir verdad, verla un instante me bastaba para animarme la mañana, el día entero.
Siempre buscaba la manera de hacer tiempo en casa para poder verla, aunque fuera de lejos, aunque fuera a través de la ventana del departamento que rentaba en el edificio frente a la cafetería donde ella trabajaba. Le era fiel hasta en sueños, le guardaba una inexplicable lealtad al ritual matutino de espiarla por la ventana sin malicia, sin pretensiones, salvo por aquél de llenar mi día de vida, de alegría, por llenarme de paz.
Martes 18 de julio, 1967
Desperté a mitad de la noche y sentía como si me hubiesen golpeado la cabeza repetidas veces con una laja de piedra. A pesar de no haber dormido mucho, sentía los ojos hinchados y mi cuerpo parecía de trapo. Mi mano tocó mi frente e inmediatamente la quité porque sentía que me quemaba y, a pesar de la temperatura, tiritaba de frío. Tenía años, podría decir que décadas sin que una gripe fulminante me hiciera sentir que moría. No entraré en detalles con respecto a mis mocos y otras secreciones propias de la gripe, sólo diré que habría deseado matar a alguien en ese instante si eso me asegurara sentirme mejor. Era el presagio de algo terrible, pero no lo sabía. Ahora creo que así era.
Entré a la regadera aún en pijama, contuve la respiración y abrí la llave del agua fría sin ningún miramiento. Mi cuerpo se erizó de pies a cabeza y mi corazón se congeló por un instante, después de dos minutos que me parecieron una eternidad, salí de la ducha ya sin ropa y me cubrí con la bata de baño. Al volver a mi recámara miré el reloj, "¿apenas las cuatro con veinte?", me dije al tiempo que me recostaba en la cama, aún con los malestares taladrándome el cuerpo, pero a pesar de mis intentos por conciliar el sueño de nueva cuenta. El insomnio se apoderó de mí; así que después de no sé cuánto tiempo dando vueltas en la cama, decidí prepararme un té de limón con miel, esperando que aletargara mis males para así poder esperar a que la farmacia abriera y comprar cualquier medicamento que me asegurara que me iba a sentir mejor, o que al menos iba a olvidar el dolor articular que me aquejaba en ese momento.
Ya lo había decidido: no iría a la editorial. En los cuatro años que llevaba trabajando allí nunca había pedido vacaciones ni había faltado. Si acaso había llegado tarde un par de veces por esperar a que Elisa apareciera en la entrada de "Las Magnolias" con su uniforme almidonado y su cabello pulcramente peinado para acomodar la cofia que complementaría el uniforme posteriormente.
Me arrebujé en las mantas y me descobijé casi inmediatamente al recordar la fiebre y el baño de agua helada que había tomado. Dormité un momento, pudieron ser minutos u horas, no sé puesto que no volví a revisar el reloj en lo que restaba del día. Al abrir nuevamente los ojos, me vi bañado de sol y de sudor. Tenía fiebre nuevamente. Por fortuna no tendría que tomar otro baño helado porque por la luz que llegaba a mi recámara pude deducir que ya podía salir a la calle y encontrar más vida de la que habría encontrado al momento de mi crisis gripal. Tomé la ropa del día anterior y me vestí. Tomé mi sombrero de ala corta, mi cartera y mis llaves y salí a trompicones del departamento y de la misma manera bajé las escaleras, aunque en dos ocasiones estuve a punto de cambiar el método y bajar rodando.
Al salir a la calle me deslumbró la luz; la heroica hazaña de mis ojos por adaptarse rápidamente al cambio de luz me salvó de un par de tropiezos con una bicicleta y con la toma de agua empotrada en la pared de mi edificio. En un instante pude ver el camino a seguir sobre la calle de Tonalá hasta llegar a la esquina donde colinda con Uruapan. Llegué a la farmacia y pedí algún medicamento para los síntomas de la gripe. Posiblemente por el juego de la luz así como por la enfermedad y mi escaso contacto con los rayos de sol, la dependienta se apresuró a entregarme el medicamento más cercano, "¿de verdad me veo tan mal?" me pregunté para mis adentros. Sin darle más importancia al asunto, tomé las medicinas y las pagué. Ya me iba cuando la dependienta tuvo la cortesía de decirme: "debe consumir alimentos cuando se tome las pastillas. Si se siente mal, le recomiendo ir con un doctor".
Las primeras ocho palabras que dijo antes de que partiera de la farmacia tuvieron un eco tardío en mi mente, ya cuando estaba por abrir la puerta principal del edificio. En un arrebato de valentía le di la espalda a la puerta, me reacomodé el sombrero y caminé con aire gallardo para cruzar la calle y entrar a "Las Magnolias".
Abrí la puerta y un mundo totalmente diferente al que había en la calle apareció ante mí. El bullicio de la gente combinado con el choque de los platos y vasos en la cocina me abrumaron un poco y, si a eso le agregáramos la caminata bajo el sol y mi ayuno, podría entenderse la aceleración de mi pulso y que haya hiperventilado un par de veces.
Miré a mi alrededor y no encontré ni una mesa vacía. Para mi sorpresa, y suerte, encontré con la mirada un banco libre en la barra. Con menos gallardía pero con mucha decisión me acerqué hasta él, le pregunté a los comensales que lo rodeaban si estaba ocupado y, al recibir la misma respuesta de todos, me senté en él; después de sustraer las medicinas recién compradas del bolsillo de mi saco, me acomodé la solapa y miré hacia el menú empotrado en la pared frente a los bancos. Mis ojos no pudieron ni leer la primera letra del mismo porque una morena silueta los había desconcentrado totalmente. Me sentí aún más débil de lo que hacía unas horas en mi recámara, pero su mirada dulce me regresó el aliento. Ahí estaba, frente a mí, mi musa: Elisa. Hasta ese momento me quité el sombrero, no por respeto al lugar cerrado, sino que poco me faltó para hacer una reverencia frente a ella. Fue por ella que me quité el sombrero.
- Buen día, ¿gusta café para comenzar?- dijo con una voz servicial y angelical.
- Este... Sí...No... Digo, sí. Sí, por favor- balbuceé. Me sentí apenado, no por mi incapacidad para responder normalmente a una pregunta tan simple, sino que ni siquiera le respondí el saludo.
Colocó frente a mí un plato y una taza sobre éste y sirvió un café tan obscuro como sus ojos.
- Nuestro menú se encuentra detrás de mí. ¿Desea ordenar?
- Quiero... Ahmmm... Unos huevo... No, espere...- me sentí más apenado aún. -Quiero una rebanada de pay de queso, por favor.
- No es parte de la carta de desayunos, ¿está bien?
- Sí, está bien.
- En un momento vuelvo- dijo y desapareció por el costado de la barra que tenía una puerta amplia que llevaba a la cocina.
Al poco rato volvió con una sonrisa que más bien parecía una mueca, como desilusionada.
- Señor, lamento decirle que ya no hay pay de queso, sólo de manzana con canela.
- Ahmmm... No, entonces no. Soy alérgico a la canela. Pero entonces quiero...- mi nerviosismo me delataba con cada palabra que intentaba articular. - Creo que prefiero sólo comer galletas.
- ¿Le traigo unas galletitas?- su rostro volvió a tener vida.
- Sí, sí. Eso quiero.
Inmediatamente se fue a la parte más lejana de la barra y sacó de la panera unas galletas con chispas de chocolate y no tardó en ponerlas frente a mí.
- Gracias- sonreí.
- Al contrario, señor. Disculpe por no tener pay. Pero le aseguro que las galletas le gustarán. Yo las hago y las vendo aquí.
Cuando dijo eso, casi me ahogo con el primer bocado. Sonreí y aprobé con ambos pulgares las deliciosas galletas que me había ofrecido. Posiblemente la combinación del hambre, el nerviosismo y su presencia fue lo que hizo que esas galletas me supieran a gloria, aunque no quisiera menospreciar sus habilidades reposteras.
Tanto el café como las galletas me parecían alimento de dioses. No noté en qué momento había bebido todo el café de mi taza, pero ella sí y con su cálida sonrisa se acercó a mi lugar y con la jarra en la mano me dijo:
- ¿Más café, señor?
Asentí con la cabeza y levanté la taza para acercarla a ella. No había notado que las manos me temblaban tanto hasta que, al intentar regresar la taza al plato, derramé el café; no sólo sobre la barra, sino sobre mi sombrero que descansaba al lado del plato y, por si fuera poco, ensucié todo mi traje, sin mencionar que tuve quemaduras de primer grado. Juro que intenté por todos los medios no tirarlo, incluso un cefalópodo habríase visto tonto comparado con mis rápidos movimientos, mis intentos fallidos para no hacer de mi visita a "Las Magnolias" toda una calamidad.
- Lo lamento muchísimo- dije apenado.
- No se preocupe, señor, pasa todo el tiempo- dijo ella, no en tono de burla, sino con sinceridad en la voz.
Su sonrisa me hizo saber que todo estaba bien y ya no me sentí tan mal hasta que sentí la mirada de los comensales a mi alrededor me miraban con incomodidad, podría decirse que con asco. Fue entonces cuando decidí emprender la graciosa huída. Tomé mi sombrero chorreante y pagué mi cuenta. Salí del lugar no sin antes dejar una jugosa propina. Y digo jugosa no por el café que pudiera haber humedecido los billetes, sino porque era la propina más generosa que había dejado en mi vida, pero cada centavo lo valía.
Volví a mi departamento y me recosté en la cama repasando cada instante desde que abrí la puerta de la cafetería. De pronto me encontré sonriéndole a un recuerdo, a todo. A nada. Ya no me sentía mal a pesar de que me ardía el brazo y muslo derechos gracias al café hirviendo, pero no me importó. Había podido verla, escucharla y mirarla a los ojos. Ya había planeado faltar al siguiente día al trabajo para verla nuevamente, ir al doctor en la tarde y pedir una receta médica que avalara mis inasistencias.
Martes 18 de julio de 2012
A cuarenta años de ese hermoso e imprevisto encuentro me pregunto dónde estará, porque después de ese día no volví a verla. Nadie volvió a verla. Hay quienes dicen que se regresó a Cuba, de donde era su familia. Hay quienes dicen que la mataron. Yo prefiero pensar que está trabajando en otro restaurante de la ciudad y que se fue sin decir adiós porque se puso tan nerviosa como yo ese día. Prefiero pensar que es feliz en otro estado de la república, con un hombre que la ama, con dos hijos y una casa pequeña pero con mucho calor de hogar. Sí, prefiero pensar que, aquella mujer de piel de ébano, ojos del color del grano de café tostado y labios que invitaban al pecado se escapó con su amor, aún no siendo yo el afortunado.
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