- De donde vengo, los cielos son azules, con blancas nubes; el clima es cálido, la gente igual. Todos nos conocemos... Somos como una gran familia siendo un pueblo tan pequeño-. Comenzó la mujer.
- Pueblo chico, infierno grande, muchacha, no lo olvides- dijo él.- ¿Qué haces en la capital?
-Vine a buscar empleo, señor. No terminé la secundaria, en el segundo año mi mamá se puso grave, tuve que encargarme de Rosalba y Tomás, mis hermanos menores. Mi papá no vivía con nosotros y la cosa se puso difícil. Sigue difícil, señor, sólo que ahora tengo edad suficiente para trabajar en la capital. Quiero mandarle dinero a mi hermana.
- ¿Y a Tomás por qué no?- preguntó él.
La expresión de Armida se hizo dura, su voz se volvió lúgubre.
- Tomás ya no necesita dinero. Lo necesitó, pero... ahorita ya está liberado de ese tipo de cosas, señor.
José Sierra frunció el ceño y miró a Armida fijamente, como si intentara entender qué pasaba por su mente.
- Murió dos años después que mi mamá se puso mala. Se ahogó en el río. Se me perdió tres días...- la voz de Armida cada vez era menos entendible, se entrecortaban sus palabras.- Lo busqué cerca, no creí que andaría tan lejos de la casa pero dos días después, encontraron su cuerpo cerca del Coloradito...- comenzó a sollozar y no pudo continuar el relato.
- Ni hablar, muchacha. Y a todo esto, ¿qué sabes hacer?
- Pues trabajar duro, señor. Sobre todo, si de barrer, trapear, cocinar y todo eso se trata.
- No suena mal. Nada mal. Por desgracia, hay muchas chicas que buscan trabajo, lo sabes, ¿verdad?
- Sí, lo sé, señor. Por eso vine, porque Angélica, mi prima, vino con usted hace... dos meses, me dijo que le consiguió trabajo. Quería ver si corría con la misma suerte.
- Ah, claro, tu prima, la niña de los ojos de aceituna. Sí, la recuerdo. Tiene un lunar en la espalda...
- Sí, ella es. Pero ¿cómo sabe lo del lunar, señor?
- Ah... es que... venía con una blusa muy bonita, tejida, y se veía el lunar- dijo José Sierra, nervioso.
Armida sonrió apenada, su mente había volado lejos, donde la decencia no tiene cabida.
- Sé lo que piensas, Armida, pero yo no soy así.- Sonrió él, amable.
- Perdone si lo ofendí, señor...- dijo ella, agachando la mirada.
- No, no. Entiendo por qué lo pensaste, dije algo que sonaba comprometedor y lamento haberte espantado.- Tosió y continuó- ¿qué te parece si me dejas los datos del lugar donde estás quedándote y yo paso a avisarte?
- Sí, sí señor.
Armida dejó los datos de donde se alojaba en una hoja de libreta que llevaba consigo. José Sierra y Armida se despidieron esa tarde y ella salió del pequeño despacho ilegítimo en la calle de Estambul.
Tres días con sus noches pasaron y Armida no supo nada de José Sierra, empezó a creer que todo era un juego y que incluso, su prima le había mentido. Sin embargo, cerca de las dos de la tarde, la puerta del cuarto donde estaba sonó. Era José Sierra con un trabajo para ella.
- Siempre pagan bien, muchacha. No te preocupes. Sabiendo tu situación, pensé en qué lugar podía ser lo más seguro para ti, por eso te mando allí.
-¡Gracias, señor!- dijo Armida emocionada. - Verá que no le quedo mal.
- Sé que no, Armida. Debes ir hoy a las cuatro para que te den instrucciones.
Armida asintió con la cabeza. Fue la última vez en cinco meses que se verían.
II
Armida llegó a las cuatro de la tarde a la iglesia de San Juan Apóstol. El portón de madera encerraba tras de sí un recinto lleno de lilis, bancas de madera y santos... muchísimos santos, más de los que ella creía que existían.
Cerca del altar, la absidiola, en la que se encontraba Hilario, el párroco de la iglesia. Encendía las velas y ella lo observaba detenidamente. Las últimas veladoras las encendió con una plegaria, como si fueran las veladoras más importantes del recinto.
- Buenas tardes- dijo él después de sobresaltarse con la presencia de Armida. - Creí estar solo, perdona.
- Buenas tardes, padre- dijo ella apenada.- José Sierra me ha mandado con usted para trabajar aquí.
- Ah, ¡con que tú eres Armida! Me alegra conocerte al fin, escuché cosas buenas, pero no imaginé que tan pronto te conocería. Dime, ¿qué te trae por aquí?
Armida relató su historia de nuevo, esta vez, con más confianza si se trataba del párroco y, aún mejor, si se le tomaba como secreto de confesión. Hilario escuchaba atento a la niña de los ojos negros como si quisiera interpretar más allá de las palabras de la muchacha. Entusiasmado, le enseñó la iglesia y los deberes que tenía por hacer el día que seguía. Le mostró el patio y la recámara que le asignaría, pues quería una muchacha de planta.
- Espero te guste el lugar, Armida- dijo él, amable.
- Sí, padre, es muy lindo. Le agradezco la hospitalidad- dijo Armida feliz.
- No, mi niña, ni te fijes.
III
Los días pasaron rápidamente y pronto se cumplirían los dos meses de la estancia de Armida en la iglesia. Su trabajo consistía en quitar el polvo de los santos, cambiar el agua de las flores, lavar los manteles usados en las misas, barrer y limpiar las bancas. Armida se esmeraba en su trabajo y hacía que cada peso que le pagaban, valiera cuarenta veces su valor.
Agotada, Armida dormía plácidamente después de la misa que terminaba a las 9 de la noche. Su cansancio era incontenible y tenía que dormirse temprano para poder levantarse antes de que llegara el alba para comenzar sus labores diarias.
Era una noche de abril, el calor incluso se sentía en la noche. El calor atormenta hasta al más frío de mente, lo apacigua incluso lo ataranta. Por lo que esa noche Armida terminó sus labores un poco más tarde de lo habitual. Se fue a su recámara cerca de las diez y cinco. Tan cansada estaba que, al sentarse sobre la cama para quitarse los zapatos, quedóse perdídamente dormida.
El tiempo que estuvo dormida, no lo supo, pero despertó cuando sintió un cosquilleo cerca del cuello. Creyendo que era un mosquito, lo golpeó, pero escuchó un quejido y se despertó.
- Armida, sabes que eres bella, ¿no es así?
- ¡Qué hace, padre!- dijo casi gritando y al mismo tiempo, intentando incorporarse sobre la cama, pero el corpulento hombre se lo impedía. - ¡Por favor, déjeme en paz!- gritó mientras intentaba safarse de las manos de Hilario.
-¡Qué muchacha tan necia, déjate querer!
IV
La sonrisa de Armida se borró de a poco de su cara. Soportaba todas las noches una visita de Hilario a su recámara que podía durar más de hora y media. Aunque cerrara con llave, Hilario encontraba la manera de entrar... Incluso Hilario decidió que sería mejor quitarle la llave para no tener que pelear con ella.
Cinco meses después de haber llegado a la capital, José Sierra apareció en la iglesia, mientras Armida barría entre las bancas.
- Armida linda, ¿qué te ha pasado? Tu expresión no es la misma con la que llegaste.
Armida sólo lo miraba con rabia, con miedo. No dijo nada.
- Mi niña, ¿qué tienes? ¿Estás bien?
Armida se echó a llorar, dejando caer la escoba. José intentó abrazarla, pero Armida lo apartó inmediatamente.
- Armida, mírame a los ojos y dime qué pasa. ¿No estás a gusto aquí?- preguntó José Sierra casi paternal.
Después de un largo rato de llanto y sollozos, Armida logró contarle lo que sucedía.
-No puedo creerlo... ¡No puedo creerlo! ¡Maldito bastardo! ¿Alguien más lo sabe, mi niña?- Armida sólo negó con la cabeza.- Jamás lo creí capaz... pero claro, si por eso las chicas que venían a ayudar se iban antes de cumplir el año aquí. No puedo dejarte aquí. Ve por tus cosas, hoy mismo nos vamos. Ahora mismo nos vamos.
Armida fue a su recámara, tomó todo lo que pudo. El miedo se reflejaba en sus ojos; miedo por que Hilario apareciera de nueva cuenta.
Armida y José desaparecieron del pueblo. Dicen que José la llevó a su pueblo para salvarla de Hilario. José desapareció del mapa, excepto para Armida, con quien aún mantenía contacto.
- A pesar del dolor que viviste, siempre has sido fuerte, mi niña. Siempre.
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