Sentía tantas cosas al mirar sus ojos. Su mirada penetrante y misteriosa era lo que más llamaba mi atención sin duda; esos ojos castaños que parecían tender sobre quien los mirara, una red que no permite escapar.
La primera vez que nos vimos, me encontraba tomando un café cerca de mi trabajo, el frío era tal que no pude dormir, pero el sueño que tenía sin duda no me permitiría trabajar como se debe. Pedí un americano mientras leía el periódico que había comprado en el kiosko que se encontraba fuera. La mesera me trajo una taza donde vertió un humeante y aromático café. Aún tenía media hora para disfrutar del día, a pesar de que, para mí, no había mucho que disfrutarle: un día gris, nubes grises, gente gris... Se notaba a leguas que el invierno había llegado.
27 de diciembre; las luces navideñas titilantes, los moños y la escarcha seguían adornando cada uno de los edificios de la ciudad. El aire aún cargado con notas de nostalgia y tristeza, me recordaban con un agridulce sabor cuán incómoda había pasado la navidad en casa de mis padres.
Comencé a divagar y mi mirada se perdió en un edificio que se encontraba en la acera de enfrente. Sólo logré volver a mi realidad cuando un hombre pasó justo frente a la ventana por la que miraba, el cual entró al café donde me encontraba. Era un hombre entrado en años, piel curtida y cabellos tan grises como la mañana de ese día. Llamó mi atención el paso tan despreocupado con el que caminaba. Se sentó en la barra, a escasos pasos de mi mesa. Pidió un espresso doble que bebió de un sorbo en cuanto se lo entregaron y pidió uno más.
Tal vez sintió mi mirada y se volvió hacia mi: ahí fue cuando me atrapó su mirada. Me sonrió y se mudó a mi mesa, como si mis ojos le hubieran invitado a sentarse conmigo. Comenzamos a platicar sobre mi trabajo y su reciente retiro del campo laboral. Platicábamos sobre cuán gris era el día, pero discerníamos en lo que nos hacía pensar un día como ese. Sin darme cuenta, se me hizo tarde para entrar a trabajar, me levanté para pagar mi cuenta, pero él no me lo permitió. Nos despedimos como si fuéramos grandes amigos. El día dejó de ser gris, al menos se había aclarado.
Lo demás del día, no lo recuerdo, sólo sé que su presencia en mi día quería repetirla de nuevo, por lo que me desperté temprano al otro día y entré en el café nuevamente, esperando encontrarlo de nuevo. Entró tan despreocupado como la mañana anterior, se sentó en el mismo banquillo de la barra y esta vez, fui yo quien se levantó de la mesa. Toqué su hombro y me miró sonriente, como si esperara que apareciera tarde o temprano en su día. Bebimos sendos cafés mientras la plática se desarrollaba amenamente. Ese día platicamos sobre su próximo aniversario de bodas, la emoción se reflejaba en sus ojos, el amor con el que hablaba de su esposa parecía que hablara de alguien con quien apenas un día antes, hubiera contraído nupcias; la realidad era que llevaban 55 años de casados. Felizmente casados, como dijo él. Esta vez no se me hizo tarde para ir al trabajo y esta vez también, fui yo quien pagó el café de ambos. Nos despedimos como quien se despide de un viejo amigo y crucé la puerta.
Así pasaron tres meses. Era súmamente puntual, a las 7:25 lo veía entrar por la puerta de vidrio y madera del Café Matisse, donde el pago del café era turnado. La conversación era tan sui géneris que tocamos temas tan álgidos para mí como para él. Sin embargo, su sonrisa, aunque incómoda por el tema, siempre era sincera. Incluso hablamos de temas tan dolorosos como la pérdida de su único hijo y también la muerte de mi único hermano. A pesar de lo espinoso del tema, pudimos comparar las dos caras de la moneda: la pérdida como padre y la pérdida como hermana.
Jamás supe su nombre, a mí me gustaba imaginar que se llamaba Manuel, siempre me gustó ese nombre. Jamás supo mi nombre, pero realmente saberlo estaba de más. La amistad no requiere de una identificación o de un nombre para existir.
Su elocuencia al hablar me atrapaba y más de una vez llegué tarde al trabajo, pero eso realmente no era importante, pues más me importaba encontrarlo entre semana. Los fines de semana pasaban lentamente, parecían eternos y yo esperaba con ansias el lunes. Me volví adicta a la cafeína, pero más a su voz alegre, amable y grave con la que hablaba con familiaridad de cualquier tema que le planteara. No era recíproco, pues había veces en las que yo no sabía qué decir y nos echábamos a reír.
Sus ojos seguían teniendo el mismo fulgor con el que mira un chiquillo de cinco años el mundo a su alrededor. Su mirada parecía sorprenderse con cada cosa que aparecía frente a sus ojos, aunque fuera lo más común, incluso si dos minutos hubiera aparecido una cosa semejante a la que ahora le impresionaba. Parecía como si todo lo viera por primera vez. Su mirada aún me tenía atrapada en la red que tendían como las que los pescadores tiran al mar. Yo era el pez dentro del entramado de la red de sus ojos castaños.
El 6 de abril llegué, como siempre, a sentarme en la barra, en el lugar que ya habíamos hecho nuestro punto de reunión. Miré mi reloj, eran las 7:22 y desde ese momento, comencé a mirar hacia la puerta con regularidad como lo hacía normalmente para verlo llegar. Dieron las 7: 27 y "Manuel" no había llegado aún. Me extrañó, pero no me preocupé debió quedarse dormido, me dije. Esperé hasta cinco minutos antes de mi hora de entrada pero nunca llegó. Pagué mi café y en una servilleta, que entregué a la mesera para que a su vez, ella se la entregara a él, le escribí:
Espero verte mañana porque hoy te extrañé.
Al día siguiente esperaba su llegada de nueva cuenta; sin embargo, tampoco apareció. Comencé a preocuparme, pero no tenía manera de saber si estaba bien o no. Pedí el café a mi pesar, pues la preocupación había causado en mí, la gastritis que había logrado controlar hacía un año. Poco antes de que pidiera la cuenta, se me acercó la mesera con una servilleta. Debe ser una disculpa por lo de ayer, o una explicación del por qué no ha venido, dije para mí. Sin embargo, al abrir la servilleta doblada a la mitad, encontré el recado que había yo dejado para él. Desconcertada, le pregunté a la chica lo que sucedía. Me miró compasiva y triste y me dijo:
Murió hace dos noches. Tenía una enfermedad terminal; sentía mucho dolor, pero jamás lo demostró a los demás.
La noticia me tomó totalmente por sorpresa, no pude llorar en ese momento. Me levanté del asiento, pedí la cuenta, pagué y salí hacia la oficina. De momento todo volvió a ser gris: los edificios, la gente y las nubes.
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