La niña vuelve a su madre con la cabeza agachada, los ojos apenados diciendo una y otra vez "no lo vuelvo a hacer"... Esa niña, soy yo, diciéndole a la madre vida "no lo vuelvo a hacer":
- No vuelvo a amar si no me aman de vuelta.
- No vuelvo a sonreír a menos que tenga buenas razones para hacerlo.
- No vuelvo a llorar si no encuentro un hombro donde hacerlo.
- No vuelvo a pedir compañía si no quiero sufrir...
Comencé a decirle a mi madre cuánto era que odiaba que me hubiera parido, cuánto odiaba su existir en el mío, cómo odiaba vivir para ella... Sin embargo, dulcemente, me abrazó y me permitió apoyar el mentón en su hombro, humedeciendo su vestido de encaje y jazmín. Me consoló y me dijo serena:
- No me prometas que dejarás de amar, porque para eso estás aquí.
- No dejes de sonreír; aunque no haya razones visibles, las hay dentro de tí.
- No te detengas para llorar: hazlo aunque el mundo crea que son tonterías.
- No te alejes del mundo creyendo que sufrirás, porque con esa idea, sólo te atormentarás más.
Me explicó que realmente no esperaba mi llegada, pero que se sentía dichosa de tenerme frente a ella, que amaba mi existir en el suyo... Sin embargo, fieramente, no pude contenerme y le dí una bofetada, quité mi mentón de su hombro, sequé mis lágrimas lejos del encaje, lejos del jazmín...
Madre Vida, he llegado a un hartazgo, tanto de tí como de mí... No sé en qué momento me desencanté de tí y me di cuenta que no eres hermosa, ni perfecta, ni grande, ni adorable... Tu vestido hermoso sólo causa en mí repulsión y me siento enferma de sólo pensar en tí.
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