L' anima sparita

L' anima sparita

sábado, 9 de enero de 2010

Baúl

Salí corriendo de casa y sólo me dí cuenta que había olvidado el reloj hasta que iba a la mitad del camino para la entrevista de trabajo que por meses había esperado; a pesar de tener media hora extra al tiempo que normalmente me toma llegar a esa zona, preferí no regresar; el transporte público en esta ciudad nunca llega cuando uno lo necesita y si por casualidad llega en el momento preciso, avanza tan lento que parece imposible llegar a tiempo.

Bajé del metro y caminé con rapidez, no sabía que hora era, pero mi paranoia citadina me decía que era tarde y me acerqué a un hombre que leía el periódico sentado en una banca para preguntarle la hora.
-Las nueve menos cuarto- dijo sin siquiera verme.
- Gracias- respondí, pero al momento en que me vio, su mirada se crispó y su cara, que apenas era visible porque había levantado el cuello de la gabardina negra que llevaba, se desencajó en el acto. Se levantó de la banca y murmuró algo incomprensible y se alejó de mí, esquivando a la gente a su paso.

Comencé a seguirlo sin siquiera hilar bien lo ocurrido con lo que pasaba por mi mente, pero no podía parar, esquivar a todo el que se interpusiera entre mi vista y su espalda. Sé que lo conozco, me dije. Seguí avanzando pero en una esquina lo perdí. ¡Maldita sea! musité. Me detuve a recobrar el aliento en ese mismo lugar ya que no quedaba mucho por hacer, sin embargo, mi instinto me decía que debía seguir cerca y así era: Salió momentos después de una tienda con actitudes de fugitivo y mirando hacia todos lados.

Me acerqué discretamente hacia donde estaba él; el tumulto de gente ayudaba a que yo me camuflara entre sombreros, gabardinas y sacos, yo formaba parte del montón. En ese momento, todo comenzaba a tener sentido y poco a poco las piezas comenzaban a acomodarse en el lugar correspondiente. Esa mirada la conocía, al menos de fotografías en un baúl, esa voz al menos la había escuchado decir algo más que "las nueve menos cuarto", aunque vagamente recordaba que esas palabras habían marcado mi vida para siempre muchos años atrás.

Logré alcanzarlo y me paré frente a él. A pesar de estar a escasos centímetros de él, no podía verlo con claridad. Rodó una lágrima por mi mejilla y antes de que la voz se me quebrara pude apenas mascullar: ¡Papá!

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