L' anima sparita

L' anima sparita

miércoles, 6 de enero de 2010

Celebración...

Jamás había pasado por un cumpleaños así en mi vida: Me despertó el teléfono el sábado, era mi madre deseándome un feliz día, a sabiendas que iría a desayunar con mis amigas más cercanas. Después de colgar, noté que aún era temprano, pero que sería bueno comenzar con la transformación requerida para ese día... Semanas antes había decidido que quería vestirme con un vestido vermellón, zapatos de charol rojos con negro, y accesorios negros que formaran parte de la diversión. Ese era mi día, y por lo tanto, quería que el mundo lo notara.

Tras un largo y agradable baño, me sequé y embadurné mi cuerpo con crema, me consentí como hacía mucho no lo hacía. Salí del baño vestida con el vestido que había comprado semanas antes, y comencé a maquillarme y agregar los últimos toques a mi atuendo. Tenía el compromiso de verme perfecta ese día. Mi día.

Subí al taxi que había llamado momentos antes con el vestido carísimo y los zapatos que mi bolsillo resentiría por un buen rato... No importaba, hoy tenía que ser perfecta, verme radiante. Llegué al restaurante que había escogido para celebrar mis segundos quince años con algo de retraso, pues estaba muy lejos de casa, y pregunté al gerente si ya había llegado alguna de las invitadas al evento... Su respuesta fue "no, señorita, pero si gusta tomar asiento". Sonreí cortesmente aunque por dentro estuviera un poco molesta por la impuntualidad de mis amigas y seguí al gerente hasta que llegamos a una mesa para diez personas arreglada como las demás, excepto por un arreglo de rosas rojas que resaltaban sobre la mantelería y la vajilla color hueso.

Se acercó un mesero a entregarme la carta y le pedí café americano para controlar el hambre feroz que tenía. En un momento, volvió con una cafetera que despedía a su paso un aroma delicioso, y también con una canastilla de pan recién hecho y no pude evitar tomar un pan para acompañar mi café durante la espera. Quedamos a las once, ¿qué les pasa? pensé. El tiempo pasaba, y mi impaciencia crecía y el pan de la canastilla desaparecía. Eran las doce y cuarto; en quince minutos dejarían de servir desayunos para dar comienzo a la comida. Yo estaba a punto de marcharme y pagar por mi café y los panecillos que me comí, me sentía fatal y con ganas de llorar, pero mi maquillaje había quedado tan bien que temí arruinarlo.

En el momento que había decidido marcharme, se me acercó un hombre joven, apuesto y con una sonrisa me preguntó qué hacía yo ahí sola en una mesa tan grande. Sonreí apenada y contesté la verdad: que mis amigas me habían dejado plantada en mi cumpleaños.

Me miró y me sonrió condescendiente y me invitó a sentarme con él. Finalmente, no tenía nada mejor por hacer que sentarme con un desconocido a conversar y a comer, así que acepté satisfecha. Era la primera vez que mi cumpleaños era de verdad, un asco, pero a la vez, era un cumpleaños en el que por fin me había permitido hacer algo arriesgado: platicar con un extraño.

Pedimos la carta, y el mesero me miró sorprendido al ver que me había cambiado de mesa "yo pagaré la cuenta anterior de la señorita" dijo Daniel, olvidé mencionar su nombre antes. Sonreí apenada y continuamos la conversación. Platicamos de mil cosas, entre ellas mis crisis de estrés por culpa de los alumnos que tenía, y él a su vez me contaba sobre lo fascinante que es su trabajo, y lo cansado que puede llegar a ser la vida de un fotorreportero.

Nos dieron las cuatro de la tarde y seguíamos platicando, teníamos tanto en común que no podía creerlo, al menos algo bueno podía sacar de lo terrible de mi mañana. Seguimos en la conversación hasta que me levanté para lavarme las manos. Al volver, vi al mesero hacer una seña hacia alguien más, y fue cuando comenzaron a cantarme Las Mañanitas. Lloré de emoción, pues era más amable el chico que acababa de conocer que mis amigas de toda la vida, que hasta entonces, no habían aparecido en mi día.

Después de comer el postre, un delicioso pastel de queso con fresas y café, se ofreció a llevarme a mi casa. Al principio me negué, una mujer decente no se permite esos lujos, aunque después rectifiqué, ya tengo treinta y ya me está permitido hacerlo. Accedí después de titubear un momento y me subí a su auto negro, deportivo y cómodo. La plática parecía no tener fin, y el vino que tomamos parecía surtir su efecto. Comenzaba a obscurecer y agradecí conocerlo porque me daba miedo volver a casa sola.

Sin motivo alguno, en algún semáforo en rojo me acerqué a sus labios y los besé apasionadamente. El cláxon del auto de atrás nos avisó que el semáforo había cambiado a verde momentos antes, pero que no habíamos notado. Durante el trayecto, los besos y caricias no las pudimos contener. Ya no faltaba mucho para llegar a mi casa y decidí que debía guardar un poco de compostura. Después recordé que vivía sola, que ya no tenía cuentas por entregarle a nadie y que sería bueno continuar en casa...

Se estacionó y bajó del auto para abrirme la puerta qué caballeroso, pensé. Me escoltó hasta la puerta y lo besé de nuevo, mientras mis manos acariciaban su torso. "¿Quieres pasar?" le dije sin titubear. Él asintió y yo buscaba las llaves en mi bolso. Saqué las llaves y jalé el vestido hacia abajo para que se viera el escote más pronunciado. Lo besé de nuevo, lo acariciaba y despeinaba su cabello. Descubrí en ese momento que tener sexo desenfrenado con un total desconocido me excitaba demasiado, el simple hecho de pensarlo, aceleraba mi pulso.

De espaldas a la puerta, comencé a morder el lóbulo de su oreja y y a frotar mi cuerpo contra el suyo sugestivamente. Al momento de tocar el pomo de la puerta me dijo "¿no crees que sería bueno parar?". Como respuesta obtuvo unas manos traviesas desabotonando su camisa, desabrochando su cinturón y una boca mordiéndolo salvajemente.

Giré el pomo de la puerta, prendí la luz y escuché "¡sorpresa!" detrás de mí. Al voltear, encontré a mis amigas, a mi madre, mi padre, mis hermanas y mis tías boquiabiertas. No esperaban que mi entrada fuese así. Al mirar la cara de Daniel, noté que todo había sido un plan donde incluso él estaba inmerso...

Sí, fue la sorpresa más grande de mi vida.

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