L' anima sparita

L' anima sparita

jueves, 8 de julio de 2010

Feeling good

El despertador del celular logró hacerme abrir los ojos con la voz de Nina Simone, cantando "feeling good". Curiosas son las ironías de la vida, el título de la canción era inversamente proporcional a mi estado anímico. Apagué el despertador, no supe si por cobardía o porque necesitaba descansar, dormí tres o cuatro horas más. Se me había hecho tarde una vez más para ir a la escuela y ni siquiera sentí remordimiento. En realidad, lo que embargaba mi alma era una mezcla de dolor y tristeza que pocas veces en mi vida había aparecido. No quería levantarme de la cama, incluso con las necesidades fisiológicas, pensé que no era necesario levantarse, que podía esperar.

Gruesas lágrimas rodaron por mis mejillas, las razones eran muchas, las palabras escasas para explicarlas. Dejé que mi almohada se empapara y que el sueño se llevara el último costalito con sonrisas que tenía. Mi día era tan gris como la nube que parecía acosarme, rondarme y que planeaba quedarse el día entero conmigo.

Ya no me dolía sólo su ausencia, sino la ausencia de esencia en todo lo que veía a mi alrededor; me entristecía darme cuenta que mi vida no había tenido sentido hasta entonces, que había perdido las ilusiones de la infancia y las de adolescencia... y que me sentía vacía porque en mi edad adulta, no encontraba mas que piedras en mi camino, tropezando a cada paso... No había ilusiones que atrapar... Ilusiones en peligro de extinción. Eso era, un problema grave era no tener un ideal por atrapar en las propias redes y aspirarla como el perfume de una flor... dejarla volar y alcanzarla de nuevo como quien atrapa mariposas en el jardín.

El día fue tan gris como empezó. La lluvia en la ventana resbalaba de igual manera que las lágrimas sobre mis mejillas, la humedad del ambiente junto con mi tristeza hicieron una combinación de la que me quedan miles de recuerdos en pañuelos. Dormir fue el intermedio entre una y otra función donde la protagonista sólo llora penas que ningún espectador puede entender. Penas que, a veces, ni la actriz parece comprender.

Las horas pasaron sin darme cuenta, no sentía frío, ni hambre; no sentía ganas de levantarme, no tenía ganas de existir para nada... ni para nadie. Sentí que la esperanza y la alegría se despedían de mí como cuando se marcha un viejo amigo, se despedían de mí y de quien les cerró la puerta: soledad, una de las más fieles compañeras de mi vida, aunque no precisamente la más querida. A veces la subestimo creyéndola infame; otras, la sé tan íntima y buena consejera. De cualquier manera, esta vieja compañera no pensaba irse, no en un largo tiempo. Pensé en prepararle café, pero su compañía se limitaba a mirarme acostada en la cama, sin ganas de nada. Tranquila, taciturna. Esa es soledad.

La noche llegó y soledad prendió una vela: tú. La primera sonrisa del día fue por tí y gracias a tí con y a pesar de soledad, mi día comienza a tener un poco de iluminación a pesar de la nube, de soledad y de la tormenta emocional que llevo dentro.

miércoles, 30 de junio de 2010

sueño núm. 3

Deberían prohibirte, llamarte pecado... que nadie te toque, que se sepa que causas adicción, que vuelves insaciable a quien sea que te pruebe. Toqué con mis labios la suavidad de los tuyos, la dulce sensación de tus manos sobre mis senos, tu tersa piel escondiendo la mía en un abrazo erótico, de esos que sólo se tienen en la intimidad de la alcoba, en la intimidad de un parque cerca de tu casa, en el aeropuerto, en la sala de tu casa, la cocina, el cuarto de lavado... No pude contenerme a pesar de haberme prometido no volverlo a hacer, el llamado de tu mirada, de tu piel exigiendo el roce de mis dedos sobre ella.

Un suspiro de tus labios fueron la señal para no detenerme; quería más de tí y de mí en ese éxtasis, en ese torbellino de emociones, sensaciones, caricias, besos y palabras obsenas... En ese vaivén, en ese fluir de energía entre tu cuerpo y el mío que no dejaba espacio ni para que un rayo de luz se difuminara en la obscuridad de la habitación.

Puse en tus manos mi alma, puse en tu alma mi cuerpo, tan fuera de mí, tan dentro de tí, tan ajena de mi propia esencia. Sublime sensación tenerte e incluso pensarte, porque pensarte es como volverte a tener entre mis extremidades, en mis labios, mis ojos, mis caderas, mis senos, mi vientre...

Sonreí al ver tu cara a la luz de la Luna y un rayo de ella bañaba tu cuerpo incandescente. Tus pupilas aún dilatadas, miraban las mías. Tu voz entrecortada dijo mi nombre una y otra vez. Agregaste dos palabras después de llamarme y no supe si tomarlo a bien o a mal. Sonreí de nuevo y te agradecí el gesto. Me levanté de la cama y miré el reloj. Levanté mis ropas del suelo, me vestí... "Soy adicta a tí, pero tengo repelencia al amor" te dije antes de escabullirme por la puerta... y despertar de un sueño que me dejó con más preguntas que respuestas.

lunes, 28 de junio de 2010

Duc Et Siem

je voudrais ecrire en francais, mais j' ai problèmes avec cette langue...

Il était une fois une petite pâtissiere, une petite mademoiselle avec les cheveaux roux. Elle s' appelait Madeleine et elle était tellement passionée par les petites biscuits qu'elle faisait, tous les biscuits étaient faits avec beaucoup d' engagement, elle aimait son travail comme personne pourrais jamais aimer son travail. Elle avait compagnie, un ami qu'elle amait bien, un petit chat, noir comme la nuit que s' appelait Duc. C' était le chat que s' occupait des souris dans la pâtisserie.

Un jour, Duc était sorti comme toujours pour faire son ronde habituel, mais il est resté à l' extérieur plus du temps qu' il restait généralement dans la rue.

Après de finir le dernier plateau de biscuits, elle est sortie pour chercher Duc. Quand elle est arrivé à la porte, elle a vue le petit chat noir couché avec une boule de poil blanche comme la neige. Duc touchait avec sa petite patte la boule de poil, mais la petite chose semblait de ne pas se mouvoir.

Elle est resté à la porte sans faire du bruit pour comprendre ce que Duc faisait, s' il jouait avec une souris ou une autre chose.

Quand Duc s' est levé pour rentrer à la pâtisserie, Madeleine a vu que cette petite boule blanche là était un petit lapin.

Elle a sorti son pullover du bâtiment pour prendre le petit lapin. Elle a pris l' animal avec beaucoup d' attention pour ne pas le faire mal et l' a posé près de la fenêtre pour s' il voulait partir. Au lieu d' échaper, il a commencé à chercher son ami, Duc.

Duc est arrivé à sa côte et ils ont commencé à jouer pour la deuxième fois. Madeleine avait l' habitude de prendre un petit morceau de masse pour Duc, à ce moment là, elle a dû prendre deux; un pour Duc et un autre pour Siem, le petit lapin, lequel a reniflé la masse avant de la manger. Quand Siem avait pris le dernier morceau de masse, il a commencé a s' étouffer, un petit morceau de masse est resté sur son épiglote. Tout de suite, Duc a commencé à miauler pour que Madeleine le faisait attention. Elle a pris le petit lapin et l' a donné un peau d' eau et Siem semblait se sentir mieux.

À la fin de ce jour là, Madeleine avait trouvé une autre mascote, et Duc, un nouveau ami.

jueves, 17 de junio de 2010

Esposa perfecta

Pronto, muy pronto... En mi mente, una idea que no deja de marear a mis neuronas, una idea que me parece de lo más reconfortante pero al darme cuenta de mi pensamiento, me dan escalofríos. ¿Sería capaz? Si él no se tentó el corazón, ¿por qué debería hacerlo yo? y comienzo con una retórica autoinducida que no me lleva a nada.

Son las siete de la noche y acabo de poner la mesa. Hago una lista mental de todo lo que debe estar ahí: plato extendido, plato hondo, cubiertos, vaso, la jarra de agua, servilletas... Todo impecable, justo para dos personas. La cena está casi lista para que llegue y todo esté en orden.

Mi madre siempre me enseñó a ser meticulosa en los menesteres del hogar; sobre todo si era a lo único que me dedicaría después de casarme, cuidar de mi marido, de mi hogar y de los hijos, cuando los tuviera.

A veces esa idea de ser tan dependiente me causa náuseas, la frustración hace su aparición estelar, pero ese tipo de ideas tienen que desaparecer al aparecer Armando, sonreír como si mi único objetivo en esta vida, fuese ser la esposa perfecta.

Dan las ocho y media, la cena está fría sobre la estufa. No he probado bocado y tampoco tengo hambre. Armando no ha llegado a casa y yo muero de sueño. Recojo la mesa, guardo la cena en el refrigerador y comienzo a hacerme a la idea que dormiré sola una vez más.

Al entrar al baño, me miro al espejo. Mi rostro inexpresivo me dice más de lo que una cara sonriente o un mar de lágrimas podrían decirme. Ya no me importa nada. Desmaquillo mis párpados, sigo con mis mejillas, mis labios. Hasta que mi cara queda totalmente libre de máscaras. Ahora sólo soy yo: una interrogación en un rostro vacío, sin emociones, sin sentimientos. Mi faz refleja justo la forma en como me siento: vacía, tan vacía que ni llorar puedo. Se acabaron las lágrimas.

Las diez de la noche y sigo sola. No me sorprende la llamada diez minutos después de acostarme. Es él. Como lo suponía, no llegará a casa temprano. Salió de una junta y debe terminar algunas tareas pendientes. Sonrío, no sé si por la costumbre, no sé si por su cinisismo. Un frío "te quiero" vaga en el aire, aún después de haber dejado el teléfono en la base. Aún después de llevar 10 años de casados.

El ruido en la sala me despierta, sé que llegó y no ha comido, el horno de microondas se enciende y timbra. Me levanto y pongo la bata de noche, salgo a su encuentro después de poner un poco de rubor en mis mejillas y brillo en mis labios.

Me saluda con un beso en la frente y otro en los labios.No pregunto nada, sólo sirvo la comida recalentada en un plato, sirvo agua en un vaso y lo llevo a la mesa. Vuelvo por los cubiertos a la cocina y lo encuentro en la puerta, mientras salía de la cocina para sentarse a comer.

Le entrego los cubiertos y el servilletero de madera, el salero y la jarra de agua; me siento frente a él y mientras mis ojos se entrecierran por el sueño, me cuenta su día. No me mira a los ojos y después de contarme de la junta, comienza a titubear. Sabía que tarde o temprano pasaría... Miente. Todos los días miente, sabe que lo sé, pero se empeña en seguir una obra de teatro donde incluso los aplausos volvieron a hacerse silencio.

Mientras él se prepara para dormir, intento dejar impecable la mesa. Sigue en el baño, perdido en el reflejo del espejo. Toco su hombro y vuelve a este mundo. Se desabotona la camisa y la deja en el cesto de ropa, le acerco la pijama y vamos a la cama. Me recuesto mirando al lado contrario de donde se encuentra. Me abraza y me besa. Yo no siento nada, de hecho, simulo estar dormida, esperando que me deje en paz... Así lo hace y se queda dormido, dándome la espalda.

Despierto. Son las seis y media de la mañana: hora de hacer su desayuno. Tengo exactamente una hora para preparar todo antes de despertarlo para que vaya a trabajar; saco la ropa del cesto en el baño y de nuevo ese aroma tan peculiar me detiene para hurgar su camisa. No sólo era ese perfume que detestaba lo que lo delataba, sino también las marcas de labial en el cuello de la camisa. Sonreí, era de esperarse. Su trabajo no era tan demandante, sus juntas no eran tan largas.

¿Será más linda o más atenta? ¿Será más elegante, más refinada, una puta o una mujer vulgar? Eran las preguntas necesarias en momentos de ocio, a sabiendas que, respondiendo o no, me daría igual. ¿Sería capaz de confrontarlo y desmentirlo? Eso jamás se hace, al menos, con esa idea crecí. No sé si maldecir a mi madre por haberme injertado una idea tan estúpida de esposa abnegada o si debería tenerle lástima por el sufrimiento que tal vez debió callar ante sus hijos.

Las siete de la noche resuenan en el reloj de la sala. Quince minutos después aparece Armando, sonriente. Quisiera no odiarlo, quisiera no odiarme, pero pronto... muy pronto habrá de morir...

domingo, 6 de junio de 2010

Estrellas

Desperté sin saber dónde me encontraba. Del techo colgaban estrellas de papel de mil colores. Logré recordar dónde estaba y giré mi cuerpo hacia un costado. Frente a mí, su pálida piel; sus ojos cerrados, el ceño relajado. Sonreí y pasé largo rato mirando su bello rostro... exquisito rostro.
Después de un rato, despertó y sus ojos dejaron ver la sorpresa que le causaba mi mirada posada en su faz.

- ¿Por qué no me despertaste?- dijo aún soñolienta.
- Porque... ¿Para qué despertarte, sabiendo cuán cansada estabas?
- Gracias... gracias por comprender- dijo apenada, esbozando esa sonrisa que me pedía ser robada, que mis labios pedían sobre de ellos.
- Sabes que te quiero, ¿verdad?- comenzó casi solemne.
- Obvio no más que yo- dije, sonriente.
- ¡Eso crees!- contestó soltando una risita.
- No voy a discutir eso contigo- dije simulando enojo.
- ¿Te enojaste?- preguntó apenada.
- No, imposible me sería el enojo- sonreí.
- ¡Gracias, te adoro!
- Yo igual.

Mientras platicábamos de banalidades, nuestros cuerpos se acercaban. No era incómodo ni la primera vez.
- ¿Sabes? Haberte conocido ha sido de las mejores cosas que me han pasado- dijo espontánea.
- Eso crees, yo opino que fue una maldición... el pago de tu karma- reí.
- ¡Qué grosería! ¡Ni un halago puedo hacerte!
- No es eso, es que... bueno, aún me pregunto cómo fue que el destino nos unió.

Sonreímos. Tomó mi mano por sorpresa. Apreté la suya con fuerza y así nos quedamos un rato, en silencio. Cara a cara.
- ¿Te preparo café?- preguntó después de un rato.
- No, gracias. Así estoy bien.
- Bueno, es que yo si quiero, pero...
Su celular sonó, un mensaje la interrumpió. Se giró dándome la espalda para alcanzar el celular sobre el bureau.
- ¡Qué lindo!- exclamó acercando el celular a mí- Me lo mando Diego. Léelo.
Contra mi voluntad, leí un mensaje ajeno que, con cada palabra, marchitaba un pedacito de corazón.
- ¡Pero no llores! Yo sé que está bien lindo, pero no es para tí- me dijo riendo.
- ¡Ya sé, tonta!- Me reí para ella. Guardé las lágrimas para mí.

Su rostro se iluminó desde el momento en que recibió el mensaje. Me dolía tanto no haber sido quien le alegrase la mañana, el día entero; ni habiendo pasado la noche en su casa.

La incomodidad se apoderó de mí, abruptamente.
- Mejor me voy- mascullé y me levanté de la cama de un salto.
- No, no te vayas. Quédate otro ratito- dijo con voz insistente.
- No puedo, nena, sabes que no puedo.
- ¡Pero si te quedaste toda la noche!
- Bueno, está bien. Otro ratito será.
- Ven, acuéstate- dijo mientras palmeaba la cama y se recostaba. No pude negarme. Su mirada ejercía un poder sobre mí que no podía, ni puedo, describir.

Abrazó una almohada larga y la puso entre su cuerpo y el mío.
- ¿Me quieres?- preguntó intrigada.
- Sabes que sí, hace rato lo discutíamos, ¿recuerdas?- dije.
- ¡Ay, le quitas lo divertido al juego! - refunfuñó y después sonrió.
Mis manos jugaban con sus lacios, largos y negros cabellos. Mi mirada estaba perdida en sus grandes ojos verdes.

Hubo un impulso que no pude controlar, que me obligó a hacer lo que contuve la noche anterior y hasta las 10: 47 de ese día. Tomé su mentón, me acerqué a ella y la besé, sin pudores. Por un momento, se resistió, pero después sus labios comenzaron a danzar con los míos un baile que no volverán a bailar de la misma forma. Sentí su música de manera tan distinta, con tanta fuerza y energía, pero también con tanta paz como jamás la había sentido.

Comprendí momentos después lo que pasaba y me alejé. Noté que su mano se había entrelazado con la mía, pero no supe si fue ella o si fui yo, quien tuvo la iniciativa.
- Te quiero- me dijo en un susurro.
- Yo te amo.- Me acerqué a ella, intentando besarla de nuevo. Se apartó.
- No, ya no- me dijo- Somos amigas, y así te quiero... No puedo... Diego...

Entendí lo que pretendía decír, aún con tantas pausas. Besé su frente, me levanté y salí de su recámara, sabiendo que sería la última vez que la vería.

miércoles, 26 de mayo de 2010

adiós

A la orilla de un beso a media luz, en la penumbra de unos ojos lejanos, tan lejanos como el otro lado del mundo. Un abrazo frío pero largo me anuncia el adiós, inevitable despedida. Sonrío al mirarte a los ojos y reflejarme en ellos; sonrío con ganas de llorar realmente. Jamás creí que este día llegaría, nunca pensé en este día como una posibilidad, sino como una pesadilla que no quería en mis horas de sueño... ahora es una pesadilla en mis horas en vela.

Acaricié tus cabellos atrapando su esencia en mis manos, atrapando tu alma entre mis dedos... ¿Realmente tienes que irte? Una lágrima rodó por mi mejilla, el miedo de no tenerte en mi futuro... de ir perdiéndote en mi presente... no quiero que dejes de estar... no quiero que dejes de vivir en mi mente y cuerpo, no quiero vivir de recuerdos, que de recuerdos he vivido mucho... Siento la necesidad de susurrarte al oído mi miedo a perderte, pero tus ojos me han dicho cuanto te duele partir... cuán terrible sería pedirte que te quedaras... No, yo sé que no debo decir nada. Beso tu pecho al descubierto entre los botones de tu camisa y levantas mi barbilla. Un beso en la frente y tu mano recorriendo mi mejilla, bajando por mi cuello y rozando mi brazo... tomas mi mano y la aprietas con fuerza...

Ya no hagas más difícil tu partida, que yo intento ya no hacerte más difícil la despedida... Sonrío nuevamente con ese gesto que desearía romper en llanto... Dos lágrimas escapan de mis ojos y giro mi torso para que no me veas llorar. Seco las lágrimas... cuando vuelvo mi mirada, te has ido... Y yo di rienda suelta a las lágrimas que dejaron de contenerse en mis ojos...

sábado, 15 de mayo de 2010

Cafeína

Sentía tantas cosas al mirar sus ojos. Su mirada penetrante y misteriosa era lo que más llamaba mi atención sin duda; esos ojos castaños que parecían tender sobre quien los mirara, una red que no permite escapar.
La primera vez que nos vimos, me encontraba tomando un café cerca de mi trabajo, el frío era tal que no pude dormir, pero el sueño que tenía sin duda no me permitiría trabajar como se debe. Pedí un americano mientras leía el periódico que había comprado en el kiosko que se encontraba fuera. La mesera me trajo una taza donde vertió un humeante y aromático café. Aún tenía media hora para disfrutar del día, a pesar de que, para mí, no había mucho que disfrutarle: un día gris, nubes grises, gente gris... Se notaba a leguas que el invierno había llegado.

27 de diciembre; las luces navideñas titilantes, los moños y la escarcha seguían adornando cada uno de los edificios de la ciudad. El aire aún cargado con notas de nostalgia y tristeza, me recordaban con un agridulce sabor cuán incómoda había pasado la navidad en casa de mis padres.

Comencé a divagar y mi mirada se perdió en un edificio que se encontraba en la acera de enfrente. Sólo logré volver a mi realidad cuando un hombre pasó justo frente a la ventana por la que miraba, el cual entró al café donde me encontraba. Era un hombre entrado en años, piel curtida y cabellos tan grises como la mañana de ese día. Llamó mi atención el paso tan despreocupado con el que caminaba. Se sentó en la barra, a escasos pasos de mi mesa. Pidió un espresso doble que bebió de un sorbo en cuanto se lo entregaron y pidió uno más.

Tal vez sintió mi mirada y se volvió hacia mi: ahí fue cuando me atrapó su mirada. Me sonrió y se mudó a mi mesa, como si mis ojos le hubieran invitado a sentarse conmigo. Comenzamos a platicar sobre mi trabajo y su reciente retiro del campo laboral. Platicábamos sobre cuán gris era el día, pero discerníamos en lo que nos hacía pensar un día como ese. Sin darme cuenta, se me hizo tarde para entrar a trabajar, me levanté para pagar mi cuenta, pero él no me lo permitió. Nos despedimos como si fuéramos grandes amigos. El día dejó de ser gris, al menos se había aclarado.

Lo demás del día, no lo recuerdo, sólo sé que su presencia en mi día quería repetirla de nuevo, por lo que me desperté temprano al otro día y entré en el café nuevamente, esperando encontrarlo de nuevo. Entró tan despreocupado como la mañana anterior, se sentó en el mismo banquillo de la barra y esta vez, fui yo quien se levantó de la mesa. Toqué su hombro y me miró sonriente, como si esperara que apareciera tarde o temprano en su día. Bebimos sendos cafés mientras la plática se desarrollaba amenamente. Ese día platicamos sobre su próximo aniversario de bodas, la emoción se reflejaba en sus ojos, el amor con el que hablaba de su esposa parecía que hablara de alguien con quien apenas un día antes, hubiera contraído nupcias; la realidad era que llevaban 55 años de casados. Felizmente casados, como dijo él. Esta vez no se me hizo tarde para ir al trabajo y esta vez también, fui yo quien pagó el café de ambos. Nos despedimos como quien se despide de un viejo amigo y crucé la puerta.

Así pasaron tres meses. Era súmamente puntual, a las 7:25 lo veía entrar por la puerta de vidrio y madera del Café Matisse, donde el pago del café era turnado. La conversación era tan sui géneris que tocamos temas tan álgidos para mí como para él. Sin embargo, su sonrisa, aunque incómoda por el tema, siempre era sincera. Incluso hablamos de temas tan dolorosos como la pérdida de su único hijo y también la muerte de mi único hermano. A pesar de lo espinoso del tema, pudimos comparar las dos caras de la moneda: la pérdida como padre y la pérdida como hermana.

Jamás supe su nombre, a mí me gustaba imaginar que se llamaba Manuel, siempre me gustó ese nombre. Jamás supo mi nombre, pero realmente saberlo estaba de más. La amistad no requiere de una identificación o de un nombre para existir.

Su elocuencia al hablar me atrapaba y más de una vez llegué tarde al trabajo, pero eso realmente no era importante, pues más me importaba encontrarlo entre semana. Los fines de semana pasaban lentamente, parecían eternos y yo esperaba con ansias el lunes. Me volví adicta a la cafeína, pero más a su voz alegre, amable y grave con la que hablaba con familiaridad de cualquier tema que le planteara. No era recíproco, pues había veces en las que yo no sabía qué decir y nos echábamos a reír.

Sus ojos seguían teniendo el mismo fulgor con el que mira un chiquillo de cinco años el mundo a su alrededor. Su mirada parecía sorprenderse con cada cosa que aparecía frente a sus ojos, aunque fuera lo más común, incluso si dos minutos hubiera aparecido una cosa semejante a la que ahora le impresionaba. Parecía como si todo lo viera por primera vez. Su mirada aún me tenía atrapada en la red que tendían como las que los pescadores tiran al mar. Yo era el pez dentro del entramado de la red de sus ojos castaños.

El 6 de abril llegué, como siempre, a sentarme en la barra, en el lugar que ya habíamos hecho nuestro punto de reunión. Miré mi reloj, eran las 7:22 y desde ese momento, comencé a mirar hacia la puerta con regularidad como lo hacía normalmente para verlo llegar. Dieron las 7: 27 y "Manuel" no había llegado aún. Me extrañó, pero no me preocupé debió quedarse dormido, me dije. Esperé hasta cinco minutos antes de mi hora de entrada pero nunca llegó. Pagué mi café y en una servilleta, que entregué a la mesera para que a su vez, ella se la entregara a él, le escribí:
Espero verte mañana porque hoy te extrañé.


Al día siguiente esperaba su llegada de nueva cuenta; sin embargo, tampoco apareció. Comencé a preocuparme, pero no tenía manera de saber si estaba bien o no. Pedí el café a mi pesar, pues la preocupación había causado en mí, la gastritis que había logrado controlar hacía un año. Poco antes de que pidiera la cuenta, se me acercó la mesera con una servilleta. Debe ser una disculpa por lo de ayer, o una explicación del por qué no ha venido, dije para mí. Sin embargo, al abrir la servilleta doblada a la mitad, encontré el recado que había yo dejado para él. Desconcertada, le pregunté a la chica lo que sucedía. Me miró compasiva y triste y me dijo:
Murió hace dos noches. Tenía una enfermedad terminal; sentía mucho dolor, pero jamás lo demostró a los demás.

La noticia me tomó totalmente por sorpresa, no pude llorar en ese momento. Me levanté del asiento, pedí la cuenta, pagué y salí hacia la oficina. De momento todo volvió a ser gris: los edificios, la gente y las nubes.