L' anima sparita

L' anima sparita

jueves, 17 de junio de 2010

Esposa perfecta

Pronto, muy pronto... En mi mente, una idea que no deja de marear a mis neuronas, una idea que me parece de lo más reconfortante pero al darme cuenta de mi pensamiento, me dan escalofríos. ¿Sería capaz? Si él no se tentó el corazón, ¿por qué debería hacerlo yo? y comienzo con una retórica autoinducida que no me lleva a nada.

Son las siete de la noche y acabo de poner la mesa. Hago una lista mental de todo lo que debe estar ahí: plato extendido, plato hondo, cubiertos, vaso, la jarra de agua, servilletas... Todo impecable, justo para dos personas. La cena está casi lista para que llegue y todo esté en orden.

Mi madre siempre me enseñó a ser meticulosa en los menesteres del hogar; sobre todo si era a lo único que me dedicaría después de casarme, cuidar de mi marido, de mi hogar y de los hijos, cuando los tuviera.

A veces esa idea de ser tan dependiente me causa náuseas, la frustración hace su aparición estelar, pero ese tipo de ideas tienen que desaparecer al aparecer Armando, sonreír como si mi único objetivo en esta vida, fuese ser la esposa perfecta.

Dan las ocho y media, la cena está fría sobre la estufa. No he probado bocado y tampoco tengo hambre. Armando no ha llegado a casa y yo muero de sueño. Recojo la mesa, guardo la cena en el refrigerador y comienzo a hacerme a la idea que dormiré sola una vez más.

Al entrar al baño, me miro al espejo. Mi rostro inexpresivo me dice más de lo que una cara sonriente o un mar de lágrimas podrían decirme. Ya no me importa nada. Desmaquillo mis párpados, sigo con mis mejillas, mis labios. Hasta que mi cara queda totalmente libre de máscaras. Ahora sólo soy yo: una interrogación en un rostro vacío, sin emociones, sin sentimientos. Mi faz refleja justo la forma en como me siento: vacía, tan vacía que ni llorar puedo. Se acabaron las lágrimas.

Las diez de la noche y sigo sola. No me sorprende la llamada diez minutos después de acostarme. Es él. Como lo suponía, no llegará a casa temprano. Salió de una junta y debe terminar algunas tareas pendientes. Sonrío, no sé si por la costumbre, no sé si por su cinisismo. Un frío "te quiero" vaga en el aire, aún después de haber dejado el teléfono en la base. Aún después de llevar 10 años de casados.

El ruido en la sala me despierta, sé que llegó y no ha comido, el horno de microondas se enciende y timbra. Me levanto y pongo la bata de noche, salgo a su encuentro después de poner un poco de rubor en mis mejillas y brillo en mis labios.

Me saluda con un beso en la frente y otro en los labios.No pregunto nada, sólo sirvo la comida recalentada en un plato, sirvo agua en un vaso y lo llevo a la mesa. Vuelvo por los cubiertos a la cocina y lo encuentro en la puerta, mientras salía de la cocina para sentarse a comer.

Le entrego los cubiertos y el servilletero de madera, el salero y la jarra de agua; me siento frente a él y mientras mis ojos se entrecierran por el sueño, me cuenta su día. No me mira a los ojos y después de contarme de la junta, comienza a titubear. Sabía que tarde o temprano pasaría... Miente. Todos los días miente, sabe que lo sé, pero se empeña en seguir una obra de teatro donde incluso los aplausos volvieron a hacerse silencio.

Mientras él se prepara para dormir, intento dejar impecable la mesa. Sigue en el baño, perdido en el reflejo del espejo. Toco su hombro y vuelve a este mundo. Se desabotona la camisa y la deja en el cesto de ropa, le acerco la pijama y vamos a la cama. Me recuesto mirando al lado contrario de donde se encuentra. Me abraza y me besa. Yo no siento nada, de hecho, simulo estar dormida, esperando que me deje en paz... Así lo hace y se queda dormido, dándome la espalda.

Despierto. Son las seis y media de la mañana: hora de hacer su desayuno. Tengo exactamente una hora para preparar todo antes de despertarlo para que vaya a trabajar; saco la ropa del cesto en el baño y de nuevo ese aroma tan peculiar me detiene para hurgar su camisa. No sólo era ese perfume que detestaba lo que lo delataba, sino también las marcas de labial en el cuello de la camisa. Sonreí, era de esperarse. Su trabajo no era tan demandante, sus juntas no eran tan largas.

¿Será más linda o más atenta? ¿Será más elegante, más refinada, una puta o una mujer vulgar? Eran las preguntas necesarias en momentos de ocio, a sabiendas que, respondiendo o no, me daría igual. ¿Sería capaz de confrontarlo y desmentirlo? Eso jamás se hace, al menos, con esa idea crecí. No sé si maldecir a mi madre por haberme injertado una idea tan estúpida de esposa abnegada o si debería tenerle lástima por el sufrimiento que tal vez debió callar ante sus hijos.

Las siete de la noche resuenan en el reloj de la sala. Quince minutos después aparece Armando, sonriente. Quisiera no odiarlo, quisiera no odiarme, pero pronto... muy pronto habrá de morir...

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