Había despertado con la sensación de que había dejado algo importante en algún lado, de que la noche anterior había olvidado algo, pero no sabía qué. Sin embargo, puedo decir que el levantarme fue muy difícil, el moverme, complicado, y el continuar el día fue lastimoso y catastrófico. No sabía que me faltaba... No entendía nada.
Me movía libre en la seguridad de la rutina, el trabajo, la hora de comida con los compañeros del trabajo, la hora de salida, la llegada a casa, fuera zapatos, medias, falda, blusa. Hola pijama, cepillo y pasta dental, hola pantuflas de peluche en forma de conejo... Aún faltaba algo... No lo quise pensar.
Desperté a la mitad de la noche, no revisé el reloj, pues había escuchado por ahí que no era bueno revisar el reloj si se tiene insomnio... Me detuve a pensar en mil cosas, en mil situaciones y apareciste en mi recuerdo con fugaz brillo.
Dos días antes, nos habíamos visto después de mucho tiempo sin hacerlo, hacía mucho que no platicábamos, pero como era de esperarse, la plática se tornó tan espinosa y dolorosa que no quise continuar... Mis disculpas no eran suficientes, mis lágrimas no parecían sinceras ante tus ojos. Por honor y un poco de dignidad, me levanté de la mesa del café donde pasamos nuestros últimos aniversarios y me alejé de tí.
Mis lágrimas corrían a la derecha, mi cuerpo un ovillo entre las sábanas. Entonces comprendí todo: aquello que creaba el vacío era mi corazón ausente, que quedó hecho trizas debajo de tu zapato...
miércoles, 6 de enero de 2010
sábado, 2 de enero de 2010
Un viaje particular
Un día, camino a mi casa, tomé el bus como siempre, al rededor de las ocho de la noche, cerca de mi trabajo. Mi bolso era tan grande y pesado que me costó un poco de trabajo subir al camión y pagarle al chofer. Enseguida busqué con la mirada un asiento y logré ver uno en la parte de atrás. Caminé hacia mi meta y me senté dejándome caer en el asiento, sería como siempre un largo trayecto.
Saqué un libro de mi bolsa y comencé a leer, pero no pude avanzar más de una cuartilla al sentir una fuerte mirada sobre mí. Miré al rededor y no había nadie mirándome; miré la zona donde estábamos, y realmente no habíamos avanzado mucho maldición, es quincena pensé. No habíamos avanzado más de 5 cuadras desde que le hice la parada al conductor.
Continué con mi lectura y me perdí un buen rato, pero nuevamente, sentí una mirada que no dejaba de analizarme. Esta vez volteé con más cautela, y noté a un hombre entrado en años, cabello entrecano, pero jovial y con una mirada fuerte, pero agradable. Le sonreí, y él me sonrió con gesto amable.
De nuevo, me sambullí en las páginas del libro, ya estaba por llegar al clímax de la novela cuando una voz gruesa, varonil y melódica me saludó "buenas noches". Miré al lugar donde provenía la voz; el mismo hombre maduro me saludaba amable, y contesté con la misma amabilidad.
Intenté continuar con mi lectura, pero su mano tocó la mía, la cual sostenía el libro, me quitó el libro de entre las manos y lo cerró con cautela. Mis ojos se centraron en los suyos, obscuros como el café americano pero con una chispa que no pude identificar "desde que subiste al camión, me atrapaste" dijo.
No sé por qué cedí, pero el camino hacia mi casa se me hizo aún más corto cuando me perdí en sus labios. No pude parar, sólo noté que tenía que bajar una cuadra después de la parada de mi casa.
Situaciones extrañas habían pasado antes, pero jamás como lo que había vivido esa noche. Obviamente, no volví a ver a ese hombre, pero todas las noches me subo al camión con la esperanza de verlo de nuevo.
Saqué un libro de mi bolsa y comencé a leer, pero no pude avanzar más de una cuartilla al sentir una fuerte mirada sobre mí. Miré al rededor y no había nadie mirándome; miré la zona donde estábamos, y realmente no habíamos avanzado mucho maldición, es quincena pensé. No habíamos avanzado más de 5 cuadras desde que le hice la parada al conductor.
Continué con mi lectura y me perdí un buen rato, pero nuevamente, sentí una mirada que no dejaba de analizarme. Esta vez volteé con más cautela, y noté a un hombre entrado en años, cabello entrecano, pero jovial y con una mirada fuerte, pero agradable. Le sonreí, y él me sonrió con gesto amable.
De nuevo, me sambullí en las páginas del libro, ya estaba por llegar al clímax de la novela cuando una voz gruesa, varonil y melódica me saludó "buenas noches". Miré al lugar donde provenía la voz; el mismo hombre maduro me saludaba amable, y contesté con la misma amabilidad.
Intenté continuar con mi lectura, pero su mano tocó la mía, la cual sostenía el libro, me quitó el libro de entre las manos y lo cerró con cautela. Mis ojos se centraron en los suyos, obscuros como el café americano pero con una chispa que no pude identificar "desde que subiste al camión, me atrapaste" dijo.
No sé por qué cedí, pero el camino hacia mi casa se me hizo aún más corto cuando me perdí en sus labios. No pude parar, sólo noté que tenía que bajar una cuadra después de la parada de mi casa.
Situaciones extrañas habían pasado antes, pero jamás como lo que había vivido esa noche. Obviamente, no volví a ver a ese hombre, pero todas las noches me subo al camión con la esperanza de verlo de nuevo.
viernes, 1 de enero de 2010
Mood swings
Creo que me he vuelto loca... Desperté con alegría en el espíritu, sonrisas en un bolsillo listas para ser repartidas de puerta en puerta, de mano en mano. Intenté levantar mi cuerpo al nivel de mi ánimo, pero el ánimo estaba demasiado arriba para poder alcanzarlo incluso con escaleras.
El agua tibia de la regadera hacía contacto con mi cuerpo y recordé una canción que mi madre solía cantarme mientras me bañaba cuando era muy pequeña.
Las lágrimas se confunden con el agua que cae sobre mi cabeza, la nostalgia me come de a poco y me pierdo en mis pensamientos, sonrisas cristalinas de infancia, alegrías compartidas, travesuras escondidas... De mi infancia sólo quedan recuerdos rotos, trocitos de alegrías guardados en mis memorias.
Salí del baño con una toalla envolviéndome, mis sonrisas se habían escapado del bolsillo, mi alegría se había esfumado como el vapor que salía del baño. Noté que mi vida no sería jamás tan feliz como lo fue mi infancia, como tal vez no fue mi juventud y como imposiblemente llegaría a ser mi edad adulta.
Prendí la radio mientras me maquillaba y la música mejoró mi ánimo una vez más, en especial porque escuché una canción que hacía años no escuchaba, subí el volumen a su tope, y yo cantaba con todas las fuerzas que mi ser podía cantar. Había recolectado de nueva cuenta las sonrisas que desaparecieron por algún lugar de mi casa, como gotas de agua condensadas en la pared por el vapor después de bañarme.
Busqué a Mandú, mi gato siamés por la sala, el comedor y la cocina... Se había ido, y con él,
mi felicidad se esfumó una vez más...
El agua tibia de la regadera hacía contacto con mi cuerpo y recordé una canción que mi madre solía cantarme mientras me bañaba cuando era muy pequeña.
Las lágrimas se confunden con el agua que cae sobre mi cabeza, la nostalgia me come de a poco y me pierdo en mis pensamientos, sonrisas cristalinas de infancia, alegrías compartidas, travesuras escondidas... De mi infancia sólo quedan recuerdos rotos, trocitos de alegrías guardados en mis memorias.
Salí del baño con una toalla envolviéndome, mis sonrisas se habían escapado del bolsillo, mi alegría se había esfumado como el vapor que salía del baño. Noté que mi vida no sería jamás tan feliz como lo fue mi infancia, como tal vez no fue mi juventud y como imposiblemente llegaría a ser mi edad adulta.
Prendí la radio mientras me maquillaba y la música mejoró mi ánimo una vez más, en especial porque escuché una canción que hacía años no escuchaba, subí el volumen a su tope, y yo cantaba con todas las fuerzas que mi ser podía cantar. Había recolectado de nueva cuenta las sonrisas que desaparecieron por algún lugar de mi casa, como gotas de agua condensadas en la pared por el vapor después de bañarme.
Busqué a Mandú, mi gato siamés por la sala, el comedor y la cocina... Se había ido, y con él,
mi felicidad se esfumó una vez más...
Madre Vida...
La niña vuelve a su madre con la cabeza agachada, los ojos apenados diciendo una y otra vez "no lo vuelvo a hacer"... Esa niña, soy yo, diciéndole a la madre vida "no lo vuelvo a hacer":
- No vuelvo a amar si no me aman de vuelta.
- No vuelvo a sonreír a menos que tenga buenas razones para hacerlo.
- No vuelvo a llorar si no encuentro un hombro donde hacerlo.
- No vuelvo a pedir compañía si no quiero sufrir...
Comencé a decirle a mi madre cuánto era que odiaba que me hubiera parido, cuánto odiaba su existir en el mío, cómo odiaba vivir para ella... Sin embargo, dulcemente, me abrazó y me permitió apoyar el mentón en su hombro, humedeciendo su vestido de encaje y jazmín. Me consoló y me dijo serena:
- No me prometas que dejarás de amar, porque para eso estás aquí.
- No dejes de sonreír; aunque no haya razones visibles, las hay dentro de tí.
- No te detengas para llorar: hazlo aunque el mundo crea que son tonterías.
- No te alejes del mundo creyendo que sufrirás, porque con esa idea, sólo te atormentarás más.
Me explicó que realmente no esperaba mi llegada, pero que se sentía dichosa de tenerme frente a ella, que amaba mi existir en el suyo... Sin embargo, fieramente, no pude contenerme y le dí una bofetada, quité mi mentón de su hombro, sequé mis lágrimas lejos del encaje, lejos del jazmín...
Madre Vida, he llegado a un hartazgo, tanto de tí como de mí... No sé en qué momento me desencanté de tí y me di cuenta que no eres hermosa, ni perfecta, ni grande, ni adorable... Tu vestido hermoso sólo causa en mí repulsión y me siento enferma de sólo pensar en tí.
- No vuelvo a amar si no me aman de vuelta.
- No vuelvo a sonreír a menos que tenga buenas razones para hacerlo.
- No vuelvo a llorar si no encuentro un hombro donde hacerlo.
- No vuelvo a pedir compañía si no quiero sufrir...
Comencé a decirle a mi madre cuánto era que odiaba que me hubiera parido, cuánto odiaba su existir en el mío, cómo odiaba vivir para ella... Sin embargo, dulcemente, me abrazó y me permitió apoyar el mentón en su hombro, humedeciendo su vestido de encaje y jazmín. Me consoló y me dijo serena:
- No me prometas que dejarás de amar, porque para eso estás aquí.
- No dejes de sonreír; aunque no haya razones visibles, las hay dentro de tí.
- No te detengas para llorar: hazlo aunque el mundo crea que son tonterías.
- No te alejes del mundo creyendo que sufrirás, porque con esa idea, sólo te atormentarás más.
Me explicó que realmente no esperaba mi llegada, pero que se sentía dichosa de tenerme frente a ella, que amaba mi existir en el suyo... Sin embargo, fieramente, no pude contenerme y le dí una bofetada, quité mi mentón de su hombro, sequé mis lágrimas lejos del encaje, lejos del jazmín...
Madre Vida, he llegado a un hartazgo, tanto de tí como de mí... No sé en qué momento me desencanté de tí y me di cuenta que no eres hermosa, ni perfecta, ni grande, ni adorable... Tu vestido hermoso sólo causa en mí repulsión y me siento enferma de sólo pensar en tí.
Mármol
Te miré de reojo, no quise parecer impertinente, ¿sabes? y con tanto ruido y tanta gente, no me atrevía a acercarme y después de un momento, no pude evitarlo y no importándome nada, te dí un beso... Me importó un carajo que tu novio nos viera, que sus amigos estuvieran presentes; que días antes te hubiera entregado un anillo de compromiso... Sabía que tenías que ser mía... y yo sería para tí.
Esperaba tu reacción: una bofetada que me recordaría el respeto que debía tenerle a las demás personas, un puntapié que me alejara de tí, o la súplica en tus ojos que me haría entender que no deseabas que estuviera allí; sin embargo, tus labios y los míos estuvieron unidos más tiempo del que yo esperaba. Incluso creí que era inminente el golpe que recibiría de tu prometido al darse cuenta del movimiento que había hecho pero no recibí ninguna objeción.
Al separarme de los labios de miel que tienes, sonreí con un poco de vergüenza en mi ser, con la piel ruborizada; pero antes de que pudiera decir palabra, tomaste tu mano izquierda con la derecha, hiciste un delicado movimiento y tocaste el pecho de tu prometido... Le habías guardado el anillo en el bolsillo delantero de la camisa.
Acto seguido, me tomaste de la mano, y me invitaste a salir corriendo del ruido y la conmoción que los bares causan. Después de alejarnos de aquél lugar, nos escondimos en un callejón que poca luz recibía de la luminaria de la calle, tomaste mi mano y me besaste una y mil veces, y con cada beso, te entregaba parte de mi corazón y mi alma... Jamás olvidaré las sensaciones que causaste en mí.
Tu piel, un mármol pálido en donde quería crear con mis manos las más bellas esculturas... Tus labios me invitaban a besarlos mil veces más... Tus ojos me pedían más de ese momento... Yo no pude parar... Me excitaba tanto con el olor de tu piel y tu respiración entrecortada, que me era difícil detenerme.
-Es la primera vez que estoy con una mujer- dijiste apenada.
- Lo sé- dije- por eso te amé desde que te vi.
Esperaba tu reacción: una bofetada que me recordaría el respeto que debía tenerle a las demás personas, un puntapié que me alejara de tí, o la súplica en tus ojos que me haría entender que no deseabas que estuviera allí; sin embargo, tus labios y los míos estuvieron unidos más tiempo del que yo esperaba. Incluso creí que era inminente el golpe que recibiría de tu prometido al darse cuenta del movimiento que había hecho pero no recibí ninguna objeción.
Al separarme de los labios de miel que tienes, sonreí con un poco de vergüenza en mi ser, con la piel ruborizada; pero antes de que pudiera decir palabra, tomaste tu mano izquierda con la derecha, hiciste un delicado movimiento y tocaste el pecho de tu prometido... Le habías guardado el anillo en el bolsillo delantero de la camisa.
Acto seguido, me tomaste de la mano, y me invitaste a salir corriendo del ruido y la conmoción que los bares causan. Después de alejarnos de aquél lugar, nos escondimos en un callejón que poca luz recibía de la luminaria de la calle, tomaste mi mano y me besaste una y mil veces, y con cada beso, te entregaba parte de mi corazón y mi alma... Jamás olvidaré las sensaciones que causaste en mí.
Tu piel, un mármol pálido en donde quería crear con mis manos las más bellas esculturas... Tus labios me invitaban a besarlos mil veces más... Tus ojos me pedían más de ese momento... Yo no pude parar... Me excitaba tanto con el olor de tu piel y tu respiración entrecortada, que me era difícil detenerme.
-Es la primera vez que estoy con una mujer- dijiste apenada.
- Lo sé- dije- por eso te amé desde que te vi.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Quédate en mí
Tengo un amor escondido, disfrazado, guardado y no quiere salir. Sé que lo tengo al sentir mi piel erizarse con el toque de tus dedos, sé que está en mí porque mi respiración se agita al escuchar tu voz, sé que existe porque veo todo de manera tan distinta, porque siento que revivo con cada beso que tomo de tu boca, manantial de risas, alegrías y electrificante sensación de mariposas revoloteando sobre mis labios y dentro de mí.
Háblame de tus días, de tus noches, háblame del color de tus sueños; cuéntame las penas que reflejan tu mirar, cuéntame tus alegrías, que serán las mías... Háblame con tus manos, con tus ojos, con tu lengua, con el corazón... Ten piedad y dime que me amas, dime que sientes que mi piel te abrasa con cada toque, dime que te pierdes en el brillo de mis ojos... Dime que me quieres, que sin mí te es difícil concebir la vida...
Abrázame.. bésame... No sólo por el momento, no sólo por lo que puedas sentir en el instante, hazlo para siempre. Quédate en mí.
Háblame de tus días, de tus noches, háblame del color de tus sueños; cuéntame las penas que reflejan tu mirar, cuéntame tus alegrías, que serán las mías... Háblame con tus manos, con tus ojos, con tu lengua, con el corazón... Ten piedad y dime que me amas, dime que sientes que mi piel te abrasa con cada toque, dime que te pierdes en el brillo de mis ojos... Dime que me quieres, que sin mí te es difícil concebir la vida...
Abrázame.. bésame... No sólo por el momento, no sólo por lo que puedas sentir en el instante, hazlo para siempre. Quédate en mí.
Me enamoré
Me enamoré... Sentir sus labios, su piel, su cabeza recostada en mi regazo... Simplemente, me enamoré y era la primera vez que sentía que realmente estaba vivo... No puedo decir que tuviera mala suerte, las novias que había tenido hasta entonces habían cubierto las expectativas del momento, sin lugar a dudas, pero esta vez... En este preciso instante me sentía tan diferente, tan feliz, tan radiante, tan pleno... Sólo puedo decir que por fin, me había encontrado y que había encontrado a quien quería a mi lado por el resto de mi vida.
El color de su piel era pálido, sus ojos eran del color de las avellanas, profundos, taciturnos, serenos; a veces fríos, a veces era casi palpable la llama en ellos. Su mirar traía oleadas de tranquilidad al alma, necesidad al cuerpo, dependencia a la mente... Su sonrisa era sin duda, la sonrisa más bella que había visto en mi vida y sus manos... El simple roce de sus manos por mi piel era llegar al cielo, tocar las puertas que celosamente cuida San Pedro y volver al mundo de los vivos, sólo regresaba para ver su cara de nuevo, volví a nacer.
Todo fue una red de coincidencias tejidas sólo para los dos, en la misma plaza, a la misma hora y sentados a una mesa uno del otro. Yo buscaba con la mirada a los amigos con los que entraría al cine. Su mirada estaba fija en un libro que tenía frente de sí, pero mi mirada fija debió desconcentrarle, y sonreí avergonzado. Su sonrisa fue sincera e inolvidable para mí, pero mis amigos tenían que llegar y entramos al cine enseguida.
Salí un poco triste creyendo que jamás nos veríamos de nuevo, pero mi sorpresa fue grande cuando se acercó, me miró a los ojos con una interrogante e introdujo un papel en mi mano, y al instante, desapareció entre los ríos de gente que salían de la sala del cine. Mis amigos me miraron con duda, pero no dijeron palabra alguna. Mi sorpresa fue muy grande al encontrarme con un número de teléfono escrito al reverso de la última página de lo que parecía ser el libro que estaba leyendo. La frase impresa jamás la borraré de mi mente "la suerte no existe, mucho menos las coincidencias, pero siempre nos alegrará creer que todo es obra, gracia y magia del destino".
Dudé en llamarle, pues a pesar de esa frase tan conmovedora, mi personalidad nunca había sido lo suficientemente arrojada para hacer las cosas sin pensarlas primero. Su voz al responder el teléfono hizo que mi corazón se detuviera por un momento y que la sangre se me helara, hasta entonces, no había escuchado su voz y me pareció agradable hasta en la forma de decir "hola"... No podía creer la emoción y la necesidad que sentía de encontrarnos de nuevo, y fue por ello que dos semanas después, fue nuestra primera cita, ambos muy nerviosos, llegamos a la hora especificada, a la misma plaza donde nos conocimos.
Su cara estaba ruborizada y no dudo que la mía también lo estuviera. Un beso en la mejilla fue el sello del pacto que comenzábamos. No pude contener mis ganas de comprar y entregarle un ejemplar nuevo del mismo libro que leía cuando nos conocimos, "gracias" susurró a mi oído casi de forma inaudible. "Gracias a tí" le contesté, y nos tomamos de la mano y llegamos a la cafetería de la planta baja. Pedimos café y comenzamos a platicar. La conversación fluía como un río acrecentado por las lluvias de verano que busca desembocar en el mar. Mi mano sobre la suya hacía parecer que lleváramos años de relación con ese toque de emoción e inocente pasión del amor de juventud.
Así pasaron cuatro o cinco citas antes de que le dijera que era la persona más perfecta que había conocido en toda mi vida, la persona con la que quería estar por el resto de mi vida... con quien sentía que mi vida tenía sentido... En realidad era la primera vez que podía hablar de una vida, pues todo lo que había hecho hasta entonces, era experimentar el momento, pasar de largo por un montón de situaciones sin realmente haberlas sentido, sostenido en mis manos. Era la primera vez que sentía que había algo que circulaba por mis venas y el debut de mi corazón para latir con tantas fuerzas, con tanto ardor. Su respuesta a mi propuesta fue un beso tan largo y tan tierno que parecía no tener fin. Nos fundimos en él, su alma, mi mente, su cuerpo, mi corazón. Jamás había besado con cada fibra de mi ser, aprendí a vivir.
Los días pasaban, pero yo no sentía que el sentimiento cambiara; su mirada era aún más profunda, pero cada vez me era más fácil entender lo que sentía en el momento. Mi risa se unía a su risa, sus lágrimas eran mis lágrimas... Incluso su respirar y su calor me hacían sentir dichoso, jamás me había maravillado tanto la vida, la propia o la ajena.
Pronto, nuestra relación llegaba a los 4 meses de madurez y parecía que lleváramos una eternidad juntos. Su mirada cada vez ardía más, aunque no estaba muy seguro de que fuera sólo mi interpretación o si realmente era así. La película que veíamos en su sala seguía su curso, pero ya ninguno de los dos veía la tele. La primera vez que se entregaba a mí, la primera vez que me entregaba ente y espíritu a alguien. El contacto de su piel con la mía fue algo tan sublime que me es difícil ponerlo en palabras.
El roce de su mano bajando por mi pecho despertó en mí el deseo animal que se encontraba en estado latente hasta ese momento, pero me calmé por miedo a romper con el momento. Rocé suavemente su espalda con las llemas de mis dedos, se estremeció y entonces no pude parar. Sus manos y mis manos fueron cómplices del amor más puro que yo haya vivido. Su boca se volvió el manantial del que no quería dejar de beber jamás, su espalda, sus brazos, sus piernas... era perfecto él, era perfecto cada rincón de su cuerpo, cada centímetro de él. Su sensualidad era una mezcla de violencia y ternura tan perfecta que dudo mucho encontrarlo en alguien más.
Con la cabeza apoyada en mi pecho, me miraba fijamente a los ojos, la llama que en ellos habitaba desde hace tiempo para mí parecía estar más embravecida que antes, era como si un incendio en su interior estuviera fundiéndolo por dentro, mientras repetía "te amo" en un susurro apagado por los suspiros entrecortados por el acto de unión del que habíamos sido partícipes totalmente, incluso más.
Diez años desupués de ese día y la llama en sus ojos seguía siendo tan viva como siempre, pero su cuerpo no quería revivir esos momentos de fugaces arrebatos, de intensidad y vida; en cambio, su cuerpo yacía en la cama con un respirar profundo, pausado... con cada exhalación una parte de él moría, con cada exhalación, un trocito de alma se iba extinguiendo. Estamos al final de una batalla que ya hemos perdido desde un principio... dije que sus lágrimas eran mis lágrimas, y así fue cuando regresó de una consulta médica: apenas me enteraba que tenía SIDA. Jamás lo dejé, no lo hubiera hecho, incluso si me hubiera contagiado; en realidad, se lo pedí, le pedí que me ayudara a entenderlo contagiándome del virus que lo haría perecer tarde o temprano "la vida es un regalo, amor, tú que lo tienes, vive por los dos mucho, mucho tiempo" me repetía siempre.
Poco a poco, las medicinas eran más que lo que ingería de alimento real, me dolía verlo así, pero su sonrisa y su actitud siempre eran de alegría y por lo tanto, no podía llorar frente a él. Me partía el alma verlo apagarse, me dolía tanto verlo morir tan lleno de vida. Él, quien me había hecho vivir, estaba muriendo de a poco.
La mascarilla de oxígeno pronto se hizo amiga de los dos, las pláticas antes tan extensas se habían vuelto escasas palabras dichas, un millar escritas. Sin embargo, nunca dejó de decir "te amo" con la boca, lo decía al tiempo que dejaba de escribirlo en el cuaderno que tenía ahora para comunicarse conmigo. No podía separarme de él, no podía: era mi luz, mi fuerza, mi pilar... a pesar de que todos esos sueños que teníamos, se hicieron efímeros como el humo del cigarro, al que me había hecho adicto pocos meses atrás.
Cuando su alma llegaba a las reservas ya, sólo me miraba fijamente por largo tiempo, y fue entonces cuando ya no me alejé ni un momento de su lado, ni uno sólo. "Vete a comer" me escribía, pero yo no podía, no quería dejarlo solo. Su piel pálida se había vuelto tan pálida y frágil como una hoja de papel, sus labios, se fueron marchitando... pero la llama no dejó de arder jamás.
A un lado de su cama, recuerdo la mirada que me guió hasta la mascarilla "no te la puedo quitar" dije con ternura, pero su mirada suplicante no me permitió privarlo de ese deseo y accedí al final. "Gracias" susurró como el día que salimos por primera vez. Pocos minutos después, sufrió un paro respiratorio del que no salió jamás.
Y me devolvió la vida.. y me enamoré... con ese trozo de hoja impresa con un número celular escrito y que aún guardo, me enamoré... Aún lo amo.
El color de su piel era pálido, sus ojos eran del color de las avellanas, profundos, taciturnos, serenos; a veces fríos, a veces era casi palpable la llama en ellos. Su mirar traía oleadas de tranquilidad al alma, necesidad al cuerpo, dependencia a la mente... Su sonrisa era sin duda, la sonrisa más bella que había visto en mi vida y sus manos... El simple roce de sus manos por mi piel era llegar al cielo, tocar las puertas que celosamente cuida San Pedro y volver al mundo de los vivos, sólo regresaba para ver su cara de nuevo, volví a nacer.
Todo fue una red de coincidencias tejidas sólo para los dos, en la misma plaza, a la misma hora y sentados a una mesa uno del otro. Yo buscaba con la mirada a los amigos con los que entraría al cine. Su mirada estaba fija en un libro que tenía frente de sí, pero mi mirada fija debió desconcentrarle, y sonreí avergonzado. Su sonrisa fue sincera e inolvidable para mí, pero mis amigos tenían que llegar y entramos al cine enseguida.
Salí un poco triste creyendo que jamás nos veríamos de nuevo, pero mi sorpresa fue grande cuando se acercó, me miró a los ojos con una interrogante e introdujo un papel en mi mano, y al instante, desapareció entre los ríos de gente que salían de la sala del cine. Mis amigos me miraron con duda, pero no dijeron palabra alguna. Mi sorpresa fue muy grande al encontrarme con un número de teléfono escrito al reverso de la última página de lo que parecía ser el libro que estaba leyendo. La frase impresa jamás la borraré de mi mente "la suerte no existe, mucho menos las coincidencias, pero siempre nos alegrará creer que todo es obra, gracia y magia del destino".
Dudé en llamarle, pues a pesar de esa frase tan conmovedora, mi personalidad nunca había sido lo suficientemente arrojada para hacer las cosas sin pensarlas primero. Su voz al responder el teléfono hizo que mi corazón se detuviera por un momento y que la sangre se me helara, hasta entonces, no había escuchado su voz y me pareció agradable hasta en la forma de decir "hola"... No podía creer la emoción y la necesidad que sentía de encontrarnos de nuevo, y fue por ello que dos semanas después, fue nuestra primera cita, ambos muy nerviosos, llegamos a la hora especificada, a la misma plaza donde nos conocimos.
Su cara estaba ruborizada y no dudo que la mía también lo estuviera. Un beso en la mejilla fue el sello del pacto que comenzábamos. No pude contener mis ganas de comprar y entregarle un ejemplar nuevo del mismo libro que leía cuando nos conocimos, "gracias" susurró a mi oído casi de forma inaudible. "Gracias a tí" le contesté, y nos tomamos de la mano y llegamos a la cafetería de la planta baja. Pedimos café y comenzamos a platicar. La conversación fluía como un río acrecentado por las lluvias de verano que busca desembocar en el mar. Mi mano sobre la suya hacía parecer que lleváramos años de relación con ese toque de emoción e inocente pasión del amor de juventud.
Así pasaron cuatro o cinco citas antes de que le dijera que era la persona más perfecta que había conocido en toda mi vida, la persona con la que quería estar por el resto de mi vida... con quien sentía que mi vida tenía sentido... En realidad era la primera vez que podía hablar de una vida, pues todo lo que había hecho hasta entonces, era experimentar el momento, pasar de largo por un montón de situaciones sin realmente haberlas sentido, sostenido en mis manos. Era la primera vez que sentía que había algo que circulaba por mis venas y el debut de mi corazón para latir con tantas fuerzas, con tanto ardor. Su respuesta a mi propuesta fue un beso tan largo y tan tierno que parecía no tener fin. Nos fundimos en él, su alma, mi mente, su cuerpo, mi corazón. Jamás había besado con cada fibra de mi ser, aprendí a vivir.
Los días pasaban, pero yo no sentía que el sentimiento cambiara; su mirada era aún más profunda, pero cada vez me era más fácil entender lo que sentía en el momento. Mi risa se unía a su risa, sus lágrimas eran mis lágrimas... Incluso su respirar y su calor me hacían sentir dichoso, jamás me había maravillado tanto la vida, la propia o la ajena.
Pronto, nuestra relación llegaba a los 4 meses de madurez y parecía que lleváramos una eternidad juntos. Su mirada cada vez ardía más, aunque no estaba muy seguro de que fuera sólo mi interpretación o si realmente era así. La película que veíamos en su sala seguía su curso, pero ya ninguno de los dos veía la tele. La primera vez que se entregaba a mí, la primera vez que me entregaba ente y espíritu a alguien. El contacto de su piel con la mía fue algo tan sublime que me es difícil ponerlo en palabras.
El roce de su mano bajando por mi pecho despertó en mí el deseo animal que se encontraba en estado latente hasta ese momento, pero me calmé por miedo a romper con el momento. Rocé suavemente su espalda con las llemas de mis dedos, se estremeció y entonces no pude parar. Sus manos y mis manos fueron cómplices del amor más puro que yo haya vivido. Su boca se volvió el manantial del que no quería dejar de beber jamás, su espalda, sus brazos, sus piernas... era perfecto él, era perfecto cada rincón de su cuerpo, cada centímetro de él. Su sensualidad era una mezcla de violencia y ternura tan perfecta que dudo mucho encontrarlo en alguien más.
Con la cabeza apoyada en mi pecho, me miraba fijamente a los ojos, la llama que en ellos habitaba desde hace tiempo para mí parecía estar más embravecida que antes, era como si un incendio en su interior estuviera fundiéndolo por dentro, mientras repetía "te amo" en un susurro apagado por los suspiros entrecortados por el acto de unión del que habíamos sido partícipes totalmente, incluso más.
Diez años desupués de ese día y la llama en sus ojos seguía siendo tan viva como siempre, pero su cuerpo no quería revivir esos momentos de fugaces arrebatos, de intensidad y vida; en cambio, su cuerpo yacía en la cama con un respirar profundo, pausado... con cada exhalación una parte de él moría, con cada exhalación, un trocito de alma se iba extinguiendo. Estamos al final de una batalla que ya hemos perdido desde un principio... dije que sus lágrimas eran mis lágrimas, y así fue cuando regresó de una consulta médica: apenas me enteraba que tenía SIDA. Jamás lo dejé, no lo hubiera hecho, incluso si me hubiera contagiado; en realidad, se lo pedí, le pedí que me ayudara a entenderlo contagiándome del virus que lo haría perecer tarde o temprano "la vida es un regalo, amor, tú que lo tienes, vive por los dos mucho, mucho tiempo" me repetía siempre.
Poco a poco, las medicinas eran más que lo que ingería de alimento real, me dolía verlo así, pero su sonrisa y su actitud siempre eran de alegría y por lo tanto, no podía llorar frente a él. Me partía el alma verlo apagarse, me dolía tanto verlo morir tan lleno de vida. Él, quien me había hecho vivir, estaba muriendo de a poco.
La mascarilla de oxígeno pronto se hizo amiga de los dos, las pláticas antes tan extensas se habían vuelto escasas palabras dichas, un millar escritas. Sin embargo, nunca dejó de decir "te amo" con la boca, lo decía al tiempo que dejaba de escribirlo en el cuaderno que tenía ahora para comunicarse conmigo. No podía separarme de él, no podía: era mi luz, mi fuerza, mi pilar... a pesar de que todos esos sueños que teníamos, se hicieron efímeros como el humo del cigarro, al que me había hecho adicto pocos meses atrás.
Cuando su alma llegaba a las reservas ya, sólo me miraba fijamente por largo tiempo, y fue entonces cuando ya no me alejé ni un momento de su lado, ni uno sólo. "Vete a comer" me escribía, pero yo no podía, no quería dejarlo solo. Su piel pálida se había vuelto tan pálida y frágil como una hoja de papel, sus labios, se fueron marchitando... pero la llama no dejó de arder jamás.
A un lado de su cama, recuerdo la mirada que me guió hasta la mascarilla "no te la puedo quitar" dije con ternura, pero su mirada suplicante no me permitió privarlo de ese deseo y accedí al final. "Gracias" susurró como el día que salimos por primera vez. Pocos minutos después, sufrió un paro respiratorio del que no salió jamás.
Y me devolvió la vida.. y me enamoré... con ese trozo de hoja impresa con un número celular escrito y que aún guardo, me enamoré... Aún lo amo.
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