Me enamoré... Sentir sus labios, su piel, su cabeza recostada en mi regazo... Simplemente, me enamoré y era la primera vez que sentía que realmente estaba vivo... No puedo decir que tuviera mala suerte, las novias que había tenido hasta entonces habían cubierto las expectativas del momento, sin lugar a dudas, pero esta vez... En este preciso instante me sentía tan diferente, tan feliz, tan radiante, tan pleno... Sólo puedo decir que por fin, me había encontrado y que había encontrado a quien quería a mi lado por el resto de mi vida.
El color de su piel era pálido, sus ojos eran del color de las avellanas, profundos, taciturnos, serenos; a veces fríos, a veces era casi palpable la llama en ellos. Su mirar traía oleadas de tranquilidad al alma, necesidad al cuerpo, dependencia a la mente... Su sonrisa era sin duda, la sonrisa más bella que había visto en mi vida y sus manos... El simple roce de sus manos por mi piel era llegar al cielo, tocar las puertas que celosamente cuida San Pedro y volver al mundo de los vivos, sólo regresaba para ver su cara de nuevo, volví a nacer.
Todo fue una red de coincidencias tejidas sólo para los dos, en la misma plaza, a la misma hora y sentados a una mesa uno del otro. Yo buscaba con la mirada a los amigos con los que entraría al cine. Su mirada estaba fija en un libro que tenía frente de sí, pero mi mirada fija debió desconcentrarle, y sonreí avergonzado. Su sonrisa fue sincera e inolvidable para mí, pero mis amigos tenían que llegar y entramos al cine enseguida.
Salí un poco triste creyendo que jamás nos veríamos de nuevo, pero mi sorpresa fue grande cuando se acercó, me miró a los ojos con una interrogante e introdujo un papel en mi mano, y al instante, desapareció entre los ríos de gente que salían de la sala del cine. Mis amigos me miraron con duda, pero no dijeron palabra alguna. Mi sorpresa fue muy grande al encontrarme con un número de teléfono escrito al reverso de la última página de lo que parecía ser el libro que estaba leyendo. La frase impresa jamás la borraré de mi mente "la suerte no existe, mucho menos las coincidencias, pero siempre nos alegrará creer que todo es obra, gracia y magia del destino".
Dudé en llamarle, pues a pesar de esa frase tan conmovedora, mi personalidad nunca había sido lo suficientemente arrojada para hacer las cosas sin pensarlas primero. Su voz al responder el teléfono hizo que mi corazón se detuviera por un momento y que la sangre se me helara, hasta entonces, no había escuchado su voz y me pareció agradable hasta en la forma de decir "hola"... No podía creer la emoción y la necesidad que sentía de encontrarnos de nuevo, y fue por ello que dos semanas después, fue nuestra primera cita, ambos muy nerviosos, llegamos a la hora especificada, a la misma plaza donde nos conocimos.
Su cara estaba ruborizada y no dudo que la mía también lo estuviera. Un beso en la mejilla fue el sello del pacto que comenzábamos. No pude contener mis ganas de comprar y entregarle un ejemplar nuevo del mismo libro que leía cuando nos conocimos, "gracias" susurró a mi oído casi de forma inaudible. "Gracias a tí" le contesté, y nos tomamos de la mano y llegamos a la cafetería de la planta baja. Pedimos café y comenzamos a platicar. La conversación fluía como un río acrecentado por las lluvias de verano que busca desembocar en el mar. Mi mano sobre la suya hacía parecer que lleváramos años de relación con ese toque de emoción e inocente pasión del amor de juventud.
Así pasaron cuatro o cinco citas antes de que le dijera que era la persona más perfecta que había conocido en toda mi vida, la persona con la que quería estar por el resto de mi vida... con quien sentía que mi vida tenía sentido... En realidad era la primera vez que podía hablar de una vida, pues todo lo que había hecho hasta entonces, era experimentar el momento, pasar de largo por un montón de situaciones sin realmente haberlas sentido, sostenido en mis manos. Era la primera vez que sentía que había algo que circulaba por mis venas y el debut de mi corazón para latir con tantas fuerzas, con tanto ardor. Su respuesta a mi propuesta fue un beso tan largo y tan tierno que parecía no tener fin. Nos fundimos en él, su alma, mi mente, su cuerpo, mi corazón. Jamás había besado con cada fibra de mi ser, aprendí a vivir.
Los días pasaban, pero yo no sentía que el sentimiento cambiara; su mirada era aún más profunda, pero cada vez me era más fácil entender lo que sentía en el momento. Mi risa se unía a su risa, sus lágrimas eran mis lágrimas... Incluso su respirar y su calor me hacían sentir dichoso, jamás me había maravillado tanto la vida, la propia o la ajena.
Pronto, nuestra relación llegaba a los 4 meses de madurez y parecía que lleváramos una eternidad juntos. Su mirada cada vez ardía más, aunque no estaba muy seguro de que fuera sólo mi interpretación o si realmente era así. La película que veíamos en su sala seguía su curso, pero ya ninguno de los dos veía la tele. La primera vez que se entregaba a mí, la primera vez que me entregaba ente y espíritu a alguien. El contacto de su piel con la mía fue algo tan sublime que me es difícil ponerlo en palabras.
El roce de su mano bajando por mi pecho despertó en mí el deseo animal que se encontraba en estado latente hasta ese momento, pero me calmé por miedo a romper con el momento. Rocé suavemente su espalda con las llemas de mis dedos, se estremeció y entonces no pude parar. Sus manos y mis manos fueron cómplices del amor más puro que yo haya vivido. Su boca se volvió el manantial del que no quería dejar de beber jamás, su espalda, sus brazos, sus piernas... era perfecto él, era perfecto cada rincón de su cuerpo, cada centímetro de él. Su sensualidad era una mezcla de violencia y ternura tan perfecta que dudo mucho encontrarlo en alguien más.
Con la cabeza apoyada en mi pecho, me miraba fijamente a los ojos, la llama que en ellos habitaba desde hace tiempo para mí parecía estar más embravecida que antes, era como si un incendio en su interior estuviera fundiéndolo por dentro, mientras repetía "te amo" en un susurro apagado por los suspiros entrecortados por el acto de unión del que habíamos sido partícipes totalmente, incluso más.
Diez años desupués de ese día y la llama en sus ojos seguía siendo tan viva como siempre, pero su cuerpo no quería revivir esos momentos de fugaces arrebatos, de intensidad y vida; en cambio, su cuerpo yacía en la cama con un respirar profundo, pausado... con cada exhalación una parte de él moría, con cada exhalación, un trocito de alma se iba extinguiendo. Estamos al final de una batalla que ya hemos perdido desde un principio... dije que sus lágrimas eran mis lágrimas, y así fue cuando regresó de una consulta médica: apenas me enteraba que tenía SIDA. Jamás lo dejé, no lo hubiera hecho, incluso si me hubiera contagiado; en realidad, se lo pedí, le pedí que me ayudara a entenderlo contagiándome del virus que lo haría perecer tarde o temprano "la vida es un regalo, amor, tú que lo tienes, vive por los dos mucho, mucho tiempo" me repetía siempre.
Poco a poco, las medicinas eran más que lo que ingería de alimento real, me dolía verlo así, pero su sonrisa y su actitud siempre eran de alegría y por lo tanto, no podía llorar frente a él. Me partía el alma verlo apagarse, me dolía tanto verlo morir tan lleno de vida. Él, quien me había hecho vivir, estaba muriendo de a poco.
La mascarilla de oxígeno pronto se hizo amiga de los dos, las pláticas antes tan extensas se habían vuelto escasas palabras dichas, un millar escritas. Sin embargo, nunca dejó de decir "te amo" con la boca, lo decía al tiempo que dejaba de escribirlo en el cuaderno que tenía ahora para comunicarse conmigo. No podía separarme de él, no podía: era mi luz, mi fuerza, mi pilar... a pesar de que todos esos sueños que teníamos, se hicieron efímeros como el humo del cigarro, al que me había hecho adicto pocos meses atrás.
Cuando su alma llegaba a las reservas ya, sólo me miraba fijamente por largo tiempo, y fue entonces cuando ya no me alejé ni un momento de su lado, ni uno sólo. "Vete a comer" me escribía, pero yo no podía, no quería dejarlo solo. Su piel pálida se había vuelto tan pálida y frágil como una hoja de papel, sus labios, se fueron marchitando... pero la llama no dejó de arder jamás.
A un lado de su cama, recuerdo la mirada que me guió hasta la mascarilla "no te la puedo quitar" dije con ternura, pero su mirada suplicante no me permitió privarlo de ese deseo y accedí al final. "Gracias" susurró como el día que salimos por primera vez. Pocos minutos después, sufrió un paro respiratorio del que no salió jamás.
Y me devolvió la vida.. y me enamoré... con ese trozo de hoja impresa con un número celular escrito y que aún guardo, me enamoré... Aún lo amo.
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