El dolor me despertó, ni el ketorolaco podía mitigarlo, pero bien decía mi madre que "la belleza duele"... y duele mucho, pero no me importó porque por fin lograría ver mi sueño hecho realidad.
Nací el 18 de abril con cincuenta centímetros de longitud y tres kilos, novecientos gramos de masa corporal, Aleida, mi madre, decía que desde entonces, yo era enorme, pero siendo así, tenía que estar más saludable. Para no hacer el cuento largo, lo simplificare diciendo "siempre gorda": nací gorda, niña gorda, señorita gorda, esposa gorda, madre... bueno, en realidad no pude tener hijos, mi obesidad era excesiva y por lo tanto, era peligroso embarazarme. Gorda, gorda, gorda... Siempre gorda, pero era parte de mi identidad, hasta que me cansó ser siempre identificada como la cajera del banco del escritorio 16, mejor conocida como "la gordita" si el cliente no ubicaba el número.
No podía evitar mi gordura así como tampoco podía evitar la necesidad casi enferma de comer galletas y chocolate en la mañana, pastelito y té al medio día, tacos de canasta del puesto afuera del banco para la comida, una botanita, un refresco, unos churros camino a casa y la cena era el comodín, bien podía ser pan y café o pasta con vino o... había mil opciones. Todas deliciosas.
Subía tan fácilmente de peso como el precio de la gasolina, pero no me importaba, mi marido me consentía, mis compañeros de la oficina me querían... pero yo no me sentía tan feliz. El doctor me regañaba cada vez que iba a consulta, por eso prefería cuidarme un catarro en casa antes de pisar su consultorio. Aleida tampoco estaba muy conforme y siempre me recibía en su casa con la frase "¡cuántos kilos sin verte!"; sin embargo, la cena en casa de mi madre siempre estaba llena de comida tan frita que podía decirse que todo nutriente existente en ella, había desaparecido con el calor del aceite. Javier pocas veces comía, pues decía que la comida de mi madre no se veía apetitosa, aunque tal vez eso lo decía porque mi madre y él nunca tuvieron la relación yerno- suegra modelo.
Recostada sobre la cama de hospital recordaba todo eso, mi gordura era parte del pasado, la liposucción era el milagro de la medicina que yo había esperado por años, mi sueño por fin se cumpliría y se haría realidad. El dolor me estaba matando, pero teniendo la meta de ser más delgada y menos "la gordita del escritorio 16" me mantenía motivada.
Dos días después de la intervención quirúrgica, pude levantarme de la cama y por primera vez en 20 años, pude ver mis pies estando parada. Sonreí, miré a Javier y me sonrió. Fue mi guía en mis pequeños primeros pasos de mi nueva vida.
Salí al mundo con una nueva actitud, esta vez, con una sonrisa que iluminaba más que el Sol, que revivía mi ser, que alumbraba mi alma. Compré ropa nueva, me teñí el cabello, me convertí en alguien distinto y con ganas de ser yo. Sin embargo, mi alegría no parecía ser la de Javier, quien me repetía una y otra vez "me gustabas más antes... Me sigues gustando, pero eres tan diferente" yo no entendía a qué se refería, y comencé a creer que su actitud se debía a la envidia de que, por primera vez, me sentía plena y feliz conmigo misma.
Comenzamos a discutir con frecuencia, sus gustos y los míos poco a poco fueron distanciándose, igual que nosotros. Pronto nos separamos y yo comencé una vida distinta, con o sin él lo lograría...
Murió mi madre dos años después de mi separación de Javier, mi única compañía. Comencé a deprimirme, pero descubrí que no era lo que en realidad quería, y por ello, despegué del suelo una vez más. Sonreí a la vida, pero el trabajo ya no era lo mismo, mi vida ya no era igual y poco a poco mi sonrisa se fue apagando, como una vela a la que se le pone un vaso encima hasta que se le agota el oxígeno.
Nuevamente, la depresión y la soledad fueron compañeras mías y lo único que parecía llenar el vacío era la comida: cantidades industriales de comida desfilaban frente a mí, y yo engullía con efímero entusiasmo y que terminaba siendo culpa después de un rato.
Pronto comencé a ganar los kilos que la operación me había quitado, incluso subí más de los que tenía antes, pero ya no me importaba nada. Mi afán por querer ser como los demás me hizo alejarme del mundo que conocía como mío, del que me sentía parte... Después, todo comenzó a regresar, sin contar a mi madre, pero la feliz vida de mujer obesa, regresó a mí... "gorda, pero feliz" me dije...
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