Hacía mucho que el caballo de la familia miraba con fascinación los canarios de las niñas Stein: Cécile, Henriette y Maurienne. Fijaba sus grandes pupilas negras en las aves multicolor encerradas en esa gran jaula marrón, volando de lado a lado, sin encontrar una salida.
Era notoria la exaltación del caballo al rededor de las diez de la mañana, cuando las niñas prolijamente vestidas, salían saltando de la antigua casa, con la jaula en manos de Cécile, la más grande de las niñas, seguida de Henriette, quien llevaba un pequeño recipiente con agua y de Maurienne quien, a paso corto e inseguro, llevaba en sus pequeñas manos un recipiente igual de pequeño que el de Henriette con algo de alpiste. Con mucho cuidado, Cécile ponía la jaula en el piso y buscaba un banco de madera que se encontraba en el pórtico y lo cargaba con dificultad hasta un gancho que colgaba del techo del mismo. Subía con dificultad el banco que Maurienne sostenía desde su parte más baja para que su hermana mayor pudiera subirlo, mientras Henriette le alcanzaba la pesada jaula donde los pajarillos volaban de lado a lado con gran conmoción.
Todos los días el caballo esperaba ansioso ese momento, y miraba a las aves desde la distancia que su cuerda atada a un álamo le permitía. A la hora de pastar, el criado de la familia desataba la cuerda para que buscara la parcela de pasto que le pareciera más apetitosa. Sin embargo, bajo el encanto de los habitantes de la jaula, se mantenía siempre cerca de la misma, y sólo la perdía de vista mientras tomaba otro bocado de césped que engullía con lentitud para poder observarlos durante más tiempo.
Las niñas Stein no montaban al caballo, pues su madre siempre creyó que era una bestia muy agresiva. Cada mañana, las niñas veían con una mezcla de recelo y ansia al caballo amarrado al álamo, sintiendo lástima y a la vez, miedo de ese cuadrúpedo negro, con esa mancha blanca en la frente que bajaba hasta su hocico, como si fuera un río, un camino de nieve; pero al final, lo único que recibía el caballo de las niñas era un saludo con la mano, a lo lejos.
Eso no afectaba al caballo, pues en sí, no eran las niñas quienes le interesaban, sino lo que portaban con ellas en las mañanas, y lo que se llevaban al caer la noche, dejándolo con el ímpetu de entrar en la casa para seguir observando a esas pequeñas criaturas voladoras.
Sus vistosos colores no eran lo que llamaba la atención del caballo, sino su capacidad para levantarse del suelo y planear de lado a lado de la jaula. Sabía que él no podía volar, porque no tenía alas, y que no conocía ser lo suficientemente grande que pudiera prestarle sus alas para volar aunque fuese sólo una vez.
Una tarde calurosa de verano, las niñas Stein salieron de casa con su nana. Se sentaron en el punto medio entre la jaula y el álamo del caballo, del cual llamaron la atención al escuchar la voz de la nana contando un cuento sobre un caballo con alas al que llamaba Pegaso. Mientras la nana contaba el cuento, la mente del caballo volaba con los ojos fijos en la jaula de los canarios.
Su mente no dejaba las visiones de caballos alados, incluso cuando dormía, soñaba que él tenía un par de alas emplumadas con las cuales volaba a lugares increíblemente bellos, con las que alcanzaba la luna y veía sus terruños como aquellos lugares que no volvería a pisar jamás al tener alas con las cuales volar.
Un buen día, el criado, como todos los días, soltó la cuerda del álamo para que el caballo pudiera pastar a sus anchas; sin embargo, olvidó volver para atarlo de nuevo al viejo árbol. Cayó la noche y la jaula de los canarios seguía pendiendo del gancho donde las niñas Stein la colgaban todos los días. El éxtasis del caballo en pos de los canarios había aumentado más con el paso de los días, y ese día no pudo evitar rondar por el gran jardín en el que se encontraba y el cual, al fondo colindaba con un denso bosque y se acercó a él, atraído por el sonido de las voces y las risas que emanaban de allí.
Mientras más se acercaba al entramado bosque, sus ojos empezaron a distinguir una luz, proveniente del mismo sitio donde se encontraban las risas. La luz cegaba sus obscuros ojos y al enfocar mejor, logró descifrar las figuras de seres casi mitológicos: hombres pequeños, mujeres aladas con vestidos herbales, hombres de blanco con enormes alas emplumadas... Eso fue lo que más llamo su atención: Las blancas y grandes alas de los hombres.
Sin poder contenerse, comenzó a galopar en dirección a la celebración y cuando se dio cuenta, ya era muy tarde para frenar y fue así como embistió la gran mesa donde el festín se encontraba, tirándolo y rompiéndolo todo. Las risas cesaron en ese instante y un tumulto de entes se avalanzó sobre el caballo herido por los trastos rotos que su entrada había provocado. La furia podía leerse en los ojos de los invitados a la fiesta. El caballo apenas si pudo ponerse en pie y haciendo uso de todas sus fuerzas, se mantuvo fuerte ante cada golpe que le propinaron hasta que su mente no pudo soportarlo más y volcó todo a su alrededor. Un arrebato de rabia lo apresó, corriendo desbocado hacia los invitados. Asustados, sólo pudieron cerrar los ojos antes de ser golpeados por la tremenda bestia enfurecida, la cual, al volver en sí, notó la masacre que había provocado. Los cuerpos yacientes en el suelo, empapados en sangre, las otras criaturas heridas. El enorme caballo tropezó con un cadáver que tenía unas hermosas alas blancas y emplumadas, que con torpeza logró quitar con el hocico y salió corriendo del lugar hecho añicos por su endemoniado ser.
Buscó la forma de ponerse las alas y corrió hacia el risco más cercano para poder volar de ahí y alejarse lo antes posible de ese lugar y lanzóse al precipicio, sin darse cuenta que la masacre había sucedido en una fiesta de disfraces y que las alas que llevaba puestas eran parte de un bizarro traje de ángel.
Al intentar batir las alas, notó que no lo lograba y que esas alas no servían para volar. Cayó al suelo, medio muerto. Maldijo todo en lo que había creído, incluyendo a los pegasos y murió infelizmente.
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