L' anima sparita

L' anima sparita

sábado, 10 de marzo de 2012

Lo que no es

Es tan perfecta. En su perfección es perfecta y en su imperfección también. Su par de ojos castaños son tan perfectamente desiguales que cada uno sabe una historia que complementa la del otro. Han percibido de maneras tan distintas el horizonte que, uno ve un árbol y el otro sólo lo ve de reojo, pues el espacio que ocupa su pequeña nariz les impide complicidad en lo que observan.

Sus labios, los hermosos labios que amo besar, los labios que añoro tocar con la punta de mi lengua enamorada son todos los días diferentes. Un día son suaves y carnosos y al otro día, sin decirme nada, se vuelven suaves y carnosos y al día que le sigue, invariablemente cambian y se vuelven suaves y carnosos. Como si desearan que adivinase su posible transformación. Siempre suaves y siempre carnosos y a la vez, tan nuevos, tan suaves y carnosos como jamás lo habían sido. Sus labios cambian de un día a otro y, aunque pareciera que he repetido la frase muchas veces, la verdad es que jamás sus labios son como lo fueron el día anterior, jamás sus labios son iguales a los del beso anterior siquiera. A cada instante se renuevan ante mis ojos, ante mis labios, ante mis deseos...

No sé si el mundo lo sepa, pero tiene más de mil manos. Unas las ocupa para jugar con su hijo- perro, otras las usa para comer, otras más las usa para escribir en la computadora... Y ni hablar de las manos que usa para tocar mi rostro o aquellas otras que utiliza para acariciar mi espalda. Cada par de manos tiene un uso exclusivo, un tacto distinto. Es difícil pensar que se pueden amar las mil manos que tiene, pero las amo a todas por igual, porque cada par tiene habilidades distintas, cada cual tiene un poder distinto. Porque si me tocara con las manos con las que juega con su hijo- perro, seguro serían cariñosas, pero no tan cariñosas como aquellas que hacen que mi espalda se arquee y mi piel se erice.

Tal vez jamás se ha dado cuenta el mundo de la colección de voces que tiene y las ocupa todas. Desde la despreocupada hasta la melosa, pasando por la cariñosa o la fraternal. Tiene mil voces, mil tonos distintos y miles de colores para conjugarlos. Sus voces cambian como cambia la vida a cada segundo y sin duda, amo cada una de sus voces, sus entonaciones y sus colores.

Amo cada parte finita de su ser y amo lo que es y lo que no es. Amo su pálida piel y amo también la sonrisa de margarita que tiene. Amo su mirada y sus doscientos años alrededor del sol. Amo sus esfuerzos por terminar la tesis y amo también su amor por las aves... Amo lo que es y lo que no es. Porque sé que no tiene una sonrisa de margarita, ni doscientos años alrededor del sol y mucho menos, ama las aves, pero la amo por ser aquello que no es... pero sobre todo, la amo por ser quien es.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El amor es azul

El amor es azul, me queda claro. El amor es azul porque es el color del cielo, del agua cristalina. El amor es azul porque azules son las noches en las que sueño contigo, tan azules como mis deseos de estar para ti siempre que me necesites, siempre que me pienses, siempre que digas mi nombre.

El amor es azul como el cristal del jarrón de tu casa, tan azul como la cama de tu hijo, que ahora es mío también. Azul es tu nombre, tu aura, tu luz. Sólo sé que el amor es azul porque azules son las promesas que tengo a futuro contigo, porque azules son las verdades, los placeres, las caricias, los recuerdos y los besos que me regalas.

No tengo duda alguna de que el amor es azul. Sobre todo porque azul es el color del oleaje de tu mirar, tan tranquilo y constante. Azul es el amor porque me lo dicen tus labios a besos, me lo gritan tus manos en mi espalda.

El amor no puede ser sino azul, porque azules son las respuestas a nuestras diferencias, a nuestras divergencias, tan azules como la alegría que siento al escuchar tu voz, al pensar tu nombre, al sentir tu aliento.

El amor es azul, porque es como yo lo siento y como lo vivo; el amor es azul porque es el color perfecto para definirlo, porque es el color que me hace más feliz, que me llena de paz, de alegría y porque el azul es el color que me recuerda a ti.

jueves, 1 de marzo de 2012

Tiempo

Se ha detenido el tiempo aunque mi reloj aún cuente los segundos. ¿Por qué siento que el mundo se ha detenido? ¿Será que he vuelto a mirar tu sonrisa entre un parpadeo y otro? Puede ser que haya visto tus ojos dibujados en el cielo o tal vez imaginé tus labios en mi cuello. Has hecho que el tiempo se detuviera y mi mente se agita como se agitan las alas del colibrí que liba gustoso el almíbar de las flores.

El tiempo se ha puesto pausa y mientras tanto, imagino mis manos recorriendo tu espalda y mis labios reconociendo tu cara, mis ojos dibujando tu mirada, mi cuerpo aprendiéndose de memoria el tuyo, cual niño ferviente aprende el Padre Nuestro arrodillado junto a su cama. Así de ferviente soy cuando pienso en ti, cuando estoy contigo.

Mis horas ya no corren, mis minutos se han vuelto eternos, tan eternos como ese para siempre que deseo vivir contigo, tan eterno como el brillo de tus ojos o tan constante como mis deseos de estar contigo a cada instante. Tan eterno como el ensueño que me abraza prometiéndome el hechizo que hará que desees quedarte a mi lado lo que nos reste de vida.

El tic tac dejó de sonar, aunque tal vez sea yo quien ya no lo percibe por perderme en tus ojos, en tu voz. Tu voz me ha hechizado y tu mirada me tiene encandilada, embelesada. Estoy tan perdidamente enamorada del color de tu alegría de vivir, de tu forma de reír, de tu silueta, de tu voz que es poesía. Me has atrapado con esa forma tan particular que tienes de ser tú misma; sin duda ser única y perfecta es lo que te sale mejor.

Mi reloj sigue contando el tiempo, pero yo quisiera hacerlo eterno para vivirlo contigo.

Caducidad

A ti, que aún dices leerme:
Las hojas de los árboles caen medio marchitas al pavimento que el viento se lleva. Nadie las extrañará porque llegarán otras a cubrir las ramas del viejo árbol en la esquina de la calle de tu casa. Si acaso un niño, tal vez tu hermana, se regocije con el hermoso tesoro crocante de las hojas secas sobre las cuales pudiera pararse y aplastarlas con sus pequeños pies y disfrutar su crujir, dejando paso a las moronitas de hoja sobre el asfalto.

Debo tirar las latas de verduras en conserva de la casa, están infladas, como si cualquier día fueran a reventar ensuciándolo todo. No, no quiero tener que escombrarlo todo para limpiar la alacena, mejor las tiro de una vez antes de que otra cosa suceda; antes de que mi madre las abra y las comparta por error, antes de que un día, en un ataque de depresión, las utilice como veneno y atente contra mi propia vida.

El otoño da la bienvenida al invierno y éste, al terminarse, abre paso a la primavera que todo lo que toca, lo llena de vida. Se abren los pétalos de los pequeños botones, los pastos crecen cada vez más verdes, la luz, el rocío matinal, los lirios, las rosas, las hojas, la brisa, las risas, el color y calor del sol. Todo comienza a despertar del letargo invernal al que había sido sometido, todo recobra movimiento, aroma, vida... Esa vida que creíamos perdida cuando comenzaron las heladas.

A veces me pregunto si la decisión de dejarte ir fue la correcta y mi mente siempre me dice "fue lo mejor que pudiste hacer por ambas". Te regalé mi cariño sin límites, te regalé mi amor, mi corazón entero, mi vida, mis sueños, mi alma. Te envolví en celofán de colores mi risa y mis palabras, le puse un enorme moño a mis pensamientos, a mis alegrías para vivirlas contigo y un millón de promesas para cumplirlas a tu lado... Te regalé mi amistad incondicional para siempre... Pero ese para siempre llegó a su fecha de caducidad cuando decidiste que lo mejor era alejarte.

Guardé todos los regalos en la alacena, junto a las latas de conserva y tanto las latas como las promesas y demás regalos, llegaron a la fecha en la que no pueden reutilizarse más. Prometí que estaría contigo siempre y así será, sólo que me quedaré contigo sólo como recuerdo, como experiencia, como lo que pudo ser y nunca fue. Como esa promesa sin cumplir, ese regalo sin abrir, esa eterna espera.

Te deseé lo mejor siempre y sigo deseando que toda tu vida esté llena de bendiciones. Hoy te cuento que mi vida va de maravilla, mejor que nunca. He encontrado en mí lo que jamás creí que encontraría: a mí misma; por si fuera poco, encontré a la mujer más maravillosa del mundo, me hace muy feliz haberla encontrado y debo agradecértelo totalmente, pues de no haberte alejado de mi vida, tal vez nunca hubiera encontrado la verdadera felicidad.

Como siempre, te agradezco que hayas estado el tiempo que te fue posible. Siempre te agradeceré que me hayas enseñado tantas cosas... Y me hayas ayudado a encontrar la verdadera felicidad al irte tú.

lunes, 27 de febrero de 2012

La princesa y el borrego

Mucho se habla de los cuentos de princesas que besan sapos hasta encontrar, entre un millón, uno que fuese hechizado por una malvada bruja. Yo no contaré una historia en la que se incluya un príncipe y mucho menos un sapo, pero sí contaré uno que hace no mucho comenzó a escribirse y que, por extrema suerte para uno de sus personajes, aún no termina de escribirse (y dicho personaje desea que no termine jamás). No contaré una historia como las que pinta Disney, aún cuando es inevitable tenerle de referencia. Ésta es la historia de la princesa y el borrego y la historia empieza así:

Cuentan que alguna vez al buen pastor se le perdió una oveja, la única oveja negra que tenía entre sus animales. Se le perdió en medio de los pastizales por distraída ella y por descuidado él. La oveja comenzó a caminar sin rumbo y sin hambre, pues tenía todo un pastizal para ella sola y, a pesar de escuchar los cencerros de las vacas y becerros de los ranchos vecinos, ninguno sonaba como aquellos que tenía el ganado de su pastor. El día se apagaba y después de un rato, el borrego recordó las comodidades que tenía en la granja a pesar de tener que soportar en las patas las mordidas de Ben, el perro pastor, y de vivir hacinada, sin duda sabía que vivía mejor que los animales salvajes, por lo que decidió que era tiempo de volver a casa.

Comenzó a caminar y caminar por el pastizal, las luces de los ranchos comenzaban a encenderse mientras la luz del cielo daba paso a las titilantes lamparitas del cielo que no iluminaban un carajo, pero se veían bonitas. Pasaba el tiempo y el borrego seguía caminando y balando en busca de alguna respuesta que le sonara familar, de alguna compañera que reconociera su balido y respondiera para que volviera a casa, pero nadie respondía.

Después de buscar por largo rato y sin éxito y con las patas cansadas de tanto andar, se acurrucó bajo un árbol y pensó que allí sería donde pasaría la noche y, si tenía suerte, al siguiente día lograría dar con su pastor y con su rebaño, aunque Ben la castigara con las mordidas más feroces por haberse escapado.

Dormía plácidamente el borrego cuando sus orejas captaron un ruido en la lejanía.
Son risas, pensó y creyendo que eran los hijos del pastor, se levantó y comenzó a caminar hacia el sitio de donde provenían las risas. Se entristeció al ver que quien reía eran un par de niños que, al verla, comenzaron a correr tras ella para que se alejara y los dejara en paz. A pesar del cansancio, el borrego corrió para alejarse de allí, pues parecía que los niños realmente no deseaban su presencia y volvió al árbol y se dejó caer sobre el pasto.

¿Por qué me alejé? Se preguntaba, pero no lograba entender la razón por la que no se encontraba con su rebaño. Comenzó a sollozar, deseando estar con sus compañeras y no sentirse sola. Al poco rato, un sopor la embriagó y comenzó a perderse nuevamente en el sueño cuando escuchó que alguien lloraba. ¿Será acaso la esposa del pastor quien llora por mi ausencia? se preguntó emocionada. De nueva cuenta, se puso en pie aunque las patas le pedían clemencia. Sabía que quien lloraba se encontraba muy cerca y comenzó a guiarse por el llanto y se adentró en el pequeño bosque que había allí. Al encontrar a quien lloraba, no pudo evitar entristecerse, pues no se trataba de la esposa del pastor, sino de una niña.

La niña era hermosa, su piel era tan clara que parecía de porcelana; sus ojos obscuros como la noche y sus mejillas sonrosadas como algunas nubes solían ser al despuntar el alba. Pretendía alejarse sin hacer ruido, pero las ramas y hojarasca en el suelo delataron su presencia. La niña alzó la mirada y el borrego se detuvo con miedo. La niña secó sus lágrimas con la manga del sweater que llevaba y comenzó a llamar al borrego que, asustado y desconfiado, comenzó a dar pequeños pasos hacia atrás. La niña se levantó del suelo y dio un paso hacia donde se encontraba el borrego.

Los ojos de ambos se encontraron y la niña seguía llamándole. El borrego quería correr y alejarse de allí; sin embargo, había algo que no le permitía alejarse. Parecía hechizado por la impávida voz de la niña, aunque tal vez fueran esos ojos castaños lo que le mantenían allí. Ya no pudo moverse hacia adelante ni hacia atrás y la niña comenzó a acercarse cada vez más hasta que se encontraron nariz con nariz. La niña acercó su mano hacia la cabeza del borrego y comenzó a acariciarle.

El borrego jamás había sentido tanta paz en su vida, jamás había tenido contacto con otro ser vivo, salvo por los empellones de sus compañeras a la hora de guardarse en el corral o cuando Ben le magullaba las patas a mordidas. No recordaba si su pastor le había acariciado, aunque tal vez alguien lo haya hecho cuando era un cordero.

El miedo que el borrego sintió al principio se disipó por completo y acarició con el hocico la cabeza de la niña quien dio un salto hacia atrás creyendo que iba a herirla. El borrego agachó la cabeza como muestra de sumisión y dio un par de pasos hacia la niña, sin darse cuenta que sus patas estaban destrozadas de tanto andar. Cojeaba y fue entonces cuando la niña dejó de temblar del miedo y se acercó al borrego. Tomó una de sus patas y la revisó con ternura.

- Pero ¿qué te hiciste?- dijo la niña asombrada al ver las patas lastimadas del borrego. La mirada del animal respondía con dolorosa tristeza, aún sin que articulara palabra alguna. Sin dudarlo, la niña rasgó sus ropas e hizo con los jirones, una especie de almohadillas para que el borrego ya no pisara las ramas. El borrego no sabía cómo agradecer ese acto de bondad, lo único que se le ocurría era quedarse con ella hasta que decidiera regresar a casa.

- ¿Estás perdida?- le preguntó la niña- yo también. Estaba jugando con mi hermana en el bosque pero ya no supe regresar a casa. La niña comenzó a sollozar de nuevo y el borrego carente de experiencia en cuestiones emocionales, lo único que atinó a hacer fue a apoyar su cabeza sobre el regazo de la niña quien, al poco rato, comenzó a bostezar. La niña se acurrucó sobre el sweater que llevaba y lo único que atinó a hacer el borrego fue acomodarse alrededor de ella para que no pasara frío.

A la mañana siguiente, la niña y el borrego comenzaron a caminar para alejarse del bosque y llegaron al claro donde se encontraba un pequeño pueblo. El rostro de la niña se iluminó al ver a lo lejos una casa que sobresalía del paisaje: era la casa más bonita y grande de todas.
- ¡Esa es mi casa!- dijo la niña emocionada y comenzaron a caminar hacia donde se encontraba la construcción.

Cruzaron el pueblo y la gente veía con una mezcla de extrañeza y alivio a la niña, pero la extrañeza se hacía mayor cuando veían que iba escoltada por un borrego lanudo y mugroso. El borrego al notar los ojos posados sobre él, agachó la cabeza y evadía las miradas.

Llegaron a la puerta de la gran casa y la niña tocó. Inmediatamente, la puerta se abrió. La madre de la niña con lágrimas en los ojos, la abrazó y besó.

-Mi niña, ¿dónde te has metido? Estábamos muy preocupados por ti- dijo la madre.
-Corrí en el bosque y después, ya no supe hacia dónde ir- dijo la niña con la voz entrecortada.
- Me alegra que hayas vuelto, no sé qué haría sin ti- dijo su madre mientras la alzaba en brazos; ya estaba por cerrar la puerta cuando la niña gritó:
- ¡No, mamá! ¡No cierres!- frente a la puerta, el borrego había agachado la mirada. Pensaba que su misión había terminado y que tendría que regresar al bosque y vivir allí para siempre.
- El borrego estuvo conmigo toda la noche, no me dejó sola. ¿Podemos quedárnoslo?- dijo la niña. La madre, no muy convencida, aceptó y dejó entrar al borrego.

Fue entonces cuando el animal se percató de la nobleza de la niña, y no sólo hablo de su amabilidad al darle un asilo, sino que la niña era una princesa. La niña y el borrego se volvieron inseparables y el borrego, de ser un animal de granja, se convirtió en su fiel compañero.

El borrego amaba a la niña y la niña correspondía con un gran cariño al borrego y fue así como comenzaron una historia cuyo fin aún no se conoce, pues no ha llegado tal, pero el borrego ahora sabe por qué se alejó del rebaño.

Evidentemente, hay muchas cosas que van más allá de la realidad como el asunto del bosque o el pastor que cuidaba al borrego, pero sí es cierto que el borrego encontró a su princesa. Es verdad que el borrego encontró a una niña maravillosa hace casi dos meses y con quien comenzó una hermosa historia que, por cierto, no se compara con nada y esta historia es apenas el inicio de un largo y bello cuento que al borrego le encantaría continuar escribiendo con la persona más maravillosa que pudiera encontrar en la vida.

Deni, te adoro y eres lo mejor que pudiera pasarle a mi vida y no tienes idea de todo lo que despiertas en mí con el "simple" hecho de saberte aquí. Gracias, mi niña hermosa por darme las fuerzas y las ganas de seguir en pie, con ganas de mejorar cada día y con deseos de vivir contigo y dedicarte cada una de las cosas que componían mi mundo y digo componían porque ahora mi mundo, mi universo entero, está hecho de ti y de los sueños que tengo contigo y del futuro que quiero a tu lado. ¡Te adoro, mi niña!

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Qué se le puede pedir a la vida cuando todo lo tienes ya? Es curioso cómo creí no estar diciendo tu nombre entre dientes, pero sí te buscaba con la mirada en las multitudes, entre los ríos de personas. ¿Dónde habías estado? ¿Qué tienda o producto llamó tu atención que no te vi entre el tumulto de gente frente a mí?

Creí no pensarte, quise creer que ni siquiera te conocía y, sin embargo, ya sabía que existías, te soñaba con frencuencia, intentaba una conversación telepática contigo, pero mi marcación no era la adecuada. ¿En quién pensabas que mi llamado nunca logró total conexión contigo? Deseaba saber con cuál compañía telepática habías contratado plan para contratar uno igual y lograr dar contigo... Pero no era asunto fácil... Aún eras un sueño, una idea. Nada más.

Creí no desear que tus labios se posaran en los míos, pero más de una noche, en más de un sueño sentí tu boca rozar la mía; más de una vez sentí tu labio inferior entre los míos conversando tan cerca unos de otros que parecía que no necesitaban palabras. ¿Por qué me despertaba en las madrugadas con un escalofrío recorriendo mi espalda y sola? ¿Por qué hacías un sueño tan vívido y después te desvanecías para dar paso a una solitaria realidad?

Creí no conocer tu voz, creí no haberla escuchado entre murmullos diciendo mi nombre, creí que era sólo una ilusión más, una invención de mis pensamientos. Pensé que el murmullo del viento sólo se había vuelto más hermoso y que, por fin, se había aprendido mi nombre o, al menos, sabía qué notas hacer sonar al deslizarse entre metales para que yo volteara. ¿Por qué al dar la vuelta y buscarte seguías invisible a mis ojos? ¿Por qué no levantaste la mano para decirme que eras tú?

Creí no querer conocer a nadie y dudé que alguna vez encontraría a alguien que pudiera hacerme sentir que la espera había valido la pena, que mis miedos y frustraciones desaparecerían. Creí que esa persona no existía para mí, que sólo era una más de esas ilusiones que el ser humano se inventa para sentirse menos miserable. Llegué a pensar que el amor no estaba inventado para personas como yo que tenemos sueños tan vívidos, que esperamos que alguien levante la voz diciendo nuestro nombre entre la gente... Hasta que te encontré, Deni. Y ahora que llegaste a mi vida no sólo como una ilusión, no como un sueño ni como espejismo sino como una realidad es que no quiero dejarte ir. Porque después de andar tantos caminos y caminar sin rumbo entre los mares de gente sé que eres la persona a la que quiero en mi vida, a quien quiero cuidar y enamorar con el paso del tiempo.

Quiero que seas tú a quien dedique mis días, mi vida. Quiero que sea contigo con quien sueñe y quien sueñe conmigo para hacer realidades. Quiero que sea a tu lado mi juventud, madurez y vejez. Quiero entregarte todo lo que soy, lo que pienso y siento. Quiero que seas mi refugio, mi mundo, mi luz, mi estrella, mi buena suerte, mi mejor camino hacia la felicidad: hacia la plenitud.

Creí conocerlo todo, creí que soñaría por siempre...

Hasta que apareciste tú.


domingo, 12 de febrero de 2012

El árbol

En un rincón, a media luz, me encontraba intentando escribir una rima, una novela, una canción. Lo más hermoso jamás encontrado, jamás leído o interpretado, pero nada se me ocurría. El cesto de basura ya no podía tragar más papeles arrugados, mi bolígrafo estaba en sus reservas de tinta y mi cerebro estaba seco como jardín de casa porfiriana abandonada a media primavera.
Mis flores en un jarrón al borde del desahucio, mi mano cansada de escribir palabras sin sentido, sin rima, sin métrica, sin intenciones, sin ideas nuevas. Nada realmente estaba resultando y la vela estaba a punto de apagarse, pues ya sólo era una plasta de cera sobre la mesita de madera.

Recuerdo que esa noche no pude dormir. Debía encontrar una fuente de inspiración y terminar de escribir algo, lo que fuera. No por trabajo, no por pedido externo, sino porque mi alma me suplicaba, me obligaba a escribir algo que expresara lo que sentía... Tal vez ese era el problema. Ya no sentía nada...

A media luz y con la última bocanada del penúltimo cigarrillo de la segunda cajetilla, me puse a llorar. La frustación me ahogaba como alguna vez me ahogué en un mar tribulado de tristezas y recuerdos que me sumergían en un torbellino que parecía querer tragarme. Estas manos no sirven para escribir, me dije.

Con la escasa luz, tomé la taza de café que parecía haber estado en el refrigerador, cuando en realidad, tenía tres horas sobre la mesa, esperando a ser sorbido aún tibio, pero que no fue tomado en cuenta porque la mente de una escritora frustrada se encontraba en otro sitio, lejos de la alcoba, de la cajetilla de cigarros y de la taza de café. ¿En dónde? Sólo Dios y ella saben y aunque ambos lo supieran, ninguno lo recordaría, puesto que fueron tantos sitios los visitados que, intentar hacer una lista, habría sido cosa difícil, por no decir imposible.

Después de la tercera crisis y muchas hojas en el piso, decidí inventarme un mundo, un par de personajes. Todo era perfecto, todo era tan colorido, tan bello, tan nítido que parecía estar viviendo en ese instante, la historia que comenzaba a escribir.

Después de tres horas de incesante escritura, con la mano acalambrada, me levanté de su silla. Me acomodó los cabellos en una especie de chongo y me acerqué a la ventana donde se asomaban los primeros rayos de sol. No sé si era el relato que escribía o la luz del sol la que me daba ánimos para seguir escribiendo, a pesar de que mi mano se negaba rotundamente a seguir con tan demandante labor.

Salí de casa, el frío curtía mi cara, me abracé envolviéndome con el cardigan gris con el que se me ocurrió alejarme de casa. Caminé por el único sendero que llevaba a la pequeña reserva de pinos que colindaba con mi casa. Tan absorta en mis pensamientos, comencé a caminar hacia la nada, o hacia el todo, tan lejos de mi propia existencia, tan lejos de mi propio pensamiento.

Me senté en la raíz de un viejo árbol, mi mente no estaba en blanco pero eran tan rápidas las escenas de la película en mi mente que pensaba todo y pensaba en nada al mismo tiempo. Ya no sentí frío a pesar de estar rodeada de una neblina helada entre los pinos. No sentía nada... Y así, con ese mismo sentimiento de nada, regresé a casa y así viví por años.