Mis flores en un jarrón al borde del desahucio, mi mano cansada de escribir palabras sin sentido, sin rima, sin métrica, sin intenciones, sin ideas nuevas. Nada realmente estaba resultando y la vela estaba a punto de apagarse, pues ya sólo era una plasta de cera sobre la mesita de madera.
Recuerdo que esa noche no pude dormir. Debía encontrar una fuente de inspiración y terminar de escribir algo, lo que fuera. No por trabajo, no por pedido externo, sino porque mi alma me suplicaba, me obligaba a escribir algo que expresara lo que sentía... Tal vez ese era el problema. Ya no sentía nada...
A media luz y con la última bocanada del penúltimo cigarrillo de la segunda cajetilla, me puse a llorar. La frustación me ahogaba como alguna vez me ahogué en un mar tribulado de tristezas y recuerdos que me sumergían en un torbellino que parecía querer tragarme. Estas manos no sirven para escribir, me dije.
Con la escasa luz, tomé la taza de café que parecía haber estado en el refrigerador, cuando en realidad, tenía tres horas sobre la mesa, esperando a ser sorbido aún tibio, pero que no fue tomado en cuenta porque la mente de una escritora frustrada se encontraba en otro sitio, lejos de la alcoba, de la cajetilla de cigarros y de la taza de café. ¿En dónde? Sólo Dios y ella saben y aunque ambos lo supieran, ninguno lo recordaría, puesto que fueron tantos sitios los visitados que, intentar hacer una lista, habría sido cosa difícil, por no decir imposible.
Después de la tercera crisis y muchas hojas en el piso, decidí inventarme un mundo, un par de personajes. Todo era perfecto, todo era tan colorido, tan bello, tan nítido que parecía estar viviendo en ese instante, la historia que comenzaba a escribir.
Después de tres horas de incesante escritura, con la mano acalambrada, me levanté de su silla. Me acomodó los cabellos en una especie de chongo y me acerqué a la ventana donde se asomaban los primeros rayos de sol. No sé si era el relato que escribía o la luz del sol la que me daba ánimos para seguir escribiendo, a pesar de que mi mano se negaba rotundamente a seguir con tan demandante labor.
Salí de casa, el frío curtía mi cara, me abracé envolviéndome con el cardigan gris con el que se me ocurrió alejarme de casa. Caminé por el único sendero que llevaba a la pequeña reserva de pinos que colindaba con mi casa. Tan absorta en mis pensamientos, comencé a caminar hacia la nada, o hacia el todo, tan lejos de mi propia existencia, tan lejos de mi propio pensamiento.
Me senté en la raíz de un viejo árbol, mi mente no estaba en blanco pero eran tan rápidas las escenas de la película en mi mente que pensaba todo y pensaba en nada al mismo tiempo. Ya no sentí frío a pesar de estar rodeada de una neblina helada entre los pinos. No sentía nada... Y así, con ese mismo sentimiento de nada, regresé a casa y así viví por años.

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