L' anima sparita

L' anima sparita

miércoles, 15 de junio de 2011

La madeja

"No todas son historias de desamor, decía mi abuela; así como tampoco todas las historias deben ser de amor , Adela."

Cuando era pequeña, mi abuela me contaba historias y cuentos, leyendas y mitos y locuras que se le ocurrían. A veces, las enmarañaba a todas en una sola historia, lo que terminaba siendo un reverendo revoltijo, pero siempre muy divertido. Alguna vez La Llorona terminó siendo la que iniciara también la leyenda del callejón del beso con un bailarín de ballet ruso y que, por malas pasadas de la vida, terminó bailando en un club nocturno.
Mi abuela nunca fue una mujer muy cuerda, aunque no por eso, dejaba de ser sensata. Sin embargo, a la hora de dormir, me contaba cosas que me era imposible dejar de imaginar y mi madre odiaba eso, porque después yo no dejaba de pedir más y más historias.

Aún recuerdo un cuento que alguna vez me contó. Fue de los pocos que no volvió a contarme, porque creo que no dormí en dos días y lo que restó de la semana, dormí con mi madre... la historia iba algo así:


Crista era una niña que vivía en Acámbaro, un pueblito muy pequeño, cerca de donde nació tu abuelo, Adela. Corría el año de 1915, donde vivía era una zona muy pobre y más después de la Revolución. La mamá de Crista fue soldadera y murió poco después de unirse a Zapata en la lucha, por lo que dejó a la niña huérfana cuando apenas tenía 8 años. Se quedó al cuidado de su papá, don Cruz, aunque, a decir verdad, fue Don Cruz quien quedó bajo cuidados de Crista, pues se volvió alcohólico poco después de la mala noticia y no había día que Crista no fuera por él a la cantina o lo buscara en las calles... Pero literalmente, en las calles, Adelita, ¡se caía al piso de tan borracho que andaba!

En fin, Crista dejó de salir de casa para jugar con sus amigos y en vez de eso, se quedaba a "zurcir" los pantalones de su padre, iba al mercado a comprar la comida (que por cierto, no sabía hacer, por lo que más de una vez, se quedaron sin comer o terminaban con una infección estomacal terrible), pero desde entonces, la pobre Crista dejó de lado su cuidado personal. Iba por poca agua al pozo, pocas veces se bañaba, no sólo porque no pudiera cargar agua, sino porque no le gustaba. Dejó de cepillar sus largas trenzas negras, en vez de eso, empezó a tener una madeja de cabello que parecía, incluso, tener vida propia.

Las señoras del mercado la invitaban a comer a sus casas, a que se bañara y también para peinarla, pero ella nunca aceptó que le tocaran el cabello; tal vez porque era el último recuerdo que tenía de su madre en la mente: cuando le trenzaba los cabellos. Incluso el peluquero se ofreció a cortarle las trenzas que, más que trenzas, parecían las serpientes de Medusa.

Su cabello crecía y crecía, y cada vez, estaba más despeinada. De buenas a primeras, sus hermosos ojos castaños dejaron de verse tras los cabellos que cubrían su cara. Su sonrisa, escondida detrás de un velo de cabello enmarañado...

Dicen en el pueblo que un día, Crista salió al mercado como de costumbre, pero que sólo la reconocían por los cabellos enmarañados, no porque pudieran verle a los ojos. Dicen también que su cabello incluso le cubría la parte superior del vestido y también parte de la falda, los hombros, los brazos... Cuentan que su cabello ya parecía ser un ente viviente sobre su cabeza y cuerpo.

Un buen día, Crista desapareció; nadie sabía dónde estaba, nadie escuchó hablar de la niña hasta que una tarde, Martina, una de las chismosas del pueblo, contó que la vio pasar y que tropezó a mitad del camino y que como un lobo que se lanza sobre su presa, su cabello la atrapó y no pudo deshacerse de la madeja que parecía crecer con cada movimiento que intentaba hacer...

Ya sé que es una tonta historia, pero eso no impidió que yo desarrollara una obsesión por cepillarme el cabello a todas horas hasta que un buen día, decidí llevarlo corto; tan corto que no hubiera posibilidad de que terminara con una madeja como la de Crista.

domingo, 5 de junio de 2011

Corazones

Cada día, muero un poco más; cada día, me siento un poco menos...

Dejé las cartas sobre la mesa. No quería saber más de mí ni del mundo, ya no quería perderme en las banalidades de la multitud; el ruido en mi mente era aún más fuerte que el ruido del centro de la ciudad en hora pico. Ya no podía llorar, las lágrimas ya no salían, se me habían secado los lagrimales una noche antes, después de dos o tres vasos de whisky.

Me senté sobre la cama y me perdí. No sé si por minutos o por horas, pero perdí la noción del tiempo. Agradecí haber estado alejada de la realidad, no sólo por poder evadirla y evadirme, sino porque así se me perdió un momento en la nada, tiempo que necesitaba que pasara más rápido, para no sentir, para no llorar, para no destruírme de a poco con cada minuto que pasaba.

Desdoblé un pañuelo que traía en el bolsillo del saco, lo desdoblé con cuidado y encontré dentro pedacitos de mi corazón. Sabía de antemano que no estaba completo, sabía que había caído al suelo en un descuido mío y resentido por tí, sabía que encontrar los trocitos faltantes, sería un asunto doloroso e innecesario...

Envolví de nueva cuenta aquél corazón que ya no latía, lo acerqué a mi pecho, de donde una vez salió para acompañarte a tí; ese corazón que creí querrías para siempre, ese corazón que no pareció ser suficientemente bueno o fuerte o grande o sensato... Ese corazón que no parecía estar cuerdo, pero era lógico que no lo estuviera si yo estaba loca por tí... Aún lo estoy.

Cavé un agujero en el jardín, un pequeño montículo de tierra quedó junto al zurco. Acerqué el pañuelo a mis labios y rodó una lágrima sobre mi mejilla, mojando el lienzo. Enterré el corazón, porque ahí era a donde pertenecía, era a donde debía ir. Ese corazón que me dio esta tierra, que se lo quede la tierra; ese corazón que me enmendó la humanidad, que se lo trague la tierra; que lo escupa la tierra, que lo vomite la tierra en forma de árbol y me regale frutos, muchos frutos. Que me regale corazones nuevos, corazones fuertes, hermosos, sensatos... Que me regale corazones vivos... tal vez uno de esos, sea suficiente para tí y suficiente para mí. Tal vez uno de esos, sea el corazón que esperabas y pueda regalártelo.

Mi mar

Soplaba el viento, las olas rompían en la playa con furia, golpeaban la arena, despojaban de algunos granitos a la playa, como si quisieran despojarla de su belleza. Tal vez eso era, las olas envidiaban a la playa. Tan cambiante pero tan estable... El mar, tan lleno de fuerza, pero también, tan cambiante como el clima.

Con la misma fuerza me golpea tu partida, con la misma desnudez de alma me dejas como las olas a la playa... No entiendo nada, no sé ya nada de mí. No sé nada del mundo, no sé nada de lo que pueda pasar mañana, o tal vez, simplemente no quiera saber... ¿En qué momento todo se acabó? ¿En qué momento el oleaje dejó entrever su ambición de ser Tsunami y desaparecer todo lo que había a su paso? ¿En qué momento te llevaste todo de mí?

domingo, 27 de marzo de 2011

El carpintero

- Mujer, prepara el café, esta noche será larga- dijo Jacinto desde el taller de carpintería en el anexo de su casa. No recibió respuesta pero sabía que su esposa, Graciela, lo escuchaba a la perfección.

Jacinto era un hombre alto y encorvado, de cabello entrecano, de piel enjuta y curtida por los años, los mismos años que le habían cansado las manos y los ojos y por lo que pensaba seriamente dejar de ser el carpintero del pueblo y dejarle el camino libre a la competencia.

Entró a su casa por el pasillo que conectaba con el taller. Sacudióse las manos y las ropas antes de pisar el tapete de la entrada. Abrió la puerta y caminó hacia la modesta cocina en donde había una mesa pegada a la pared y sobre la cual, una taza de café humeante le esperaba. Se sentó frente a su esposa que lo veía con extrañeza.

- ¿Qué pasa, Jacinto? ¿qué te tiene tan preocupado?- preguntó ella mientras tomaba de la mano a su esposo.
- Nada, mujer... nada- contestó secamente.
- Otro sueño de esos, ¿verdad? Aunque me lo niegues, sé muy bien que es eso- dijo ella compasiva.
- Es el hijo de los Robles. El que venía a aprender el oficio...- dijo mirando la taza frente a él. - Muere esta noche. El borracho de Pedro lo va a atropellar.
- ¡Ay, Jacinto!- dijo ella ahogando un grito- pero si es un chamaco.
- Por eso mismo me pesa, mujer- dijo él y sorbió de la taza. Bebieron café en silencio y él se fue al taller a terminar el ataúd que hacía para Damián Robles.

Dieron las diez de la noche, pero había terminado su trabajo dos horas antes. Tocaron a su puerta repetida y desesperadamente. Salió del taller y entró a su casa para abrir la puerta. Era el padre de Damián, llorando inconsolablemente, mientras entre sollozos le entregaba un fajo de billetes y pedía un ataúd para el más joven de sus hijos.

Jacinto volvió al taller y llevó el ataúd hasta casa de los Robles, donde velaban al muchacho.
- ¿De qué murió?- preguntó Jacinto a una de las vecinas para confirmar lo que ya sabía.
- Pedro lo atropelló de tan borracho que venía.
Después de dar el pésame a la familia, se fue a su casa. No había mucho que pudiera hacer ahí de cualquier manera. No era la primera vez que sentía esa frustración e impotencia, pero como siempre, volvió a casa y cansado; no tanto por cargar con el ataúd, sino de cargar sobre su conciencia una culpa que no tenía, por cargar con él lo que por años sólo había sido un secreto entre él y su esposa.

Nunca nadie supo de los sueños de Jacinto, salvo por Graciela, quien lo esperaba acostada pero despierta. Jacinto se recostó a su lado; no dijo nada, pero ella lo abrazó y en su regazo acarició los cabellos de él hasta que se quedó dormido, llorando como un niño.

Pasaron 3 meses en los que Jacinto vivió tranquilo y libre de remordimientos, pero una noche de junio tuvo otro de esos sueños que odiaba tanto. Despertó agitado, preocupado y muy triste. Eran las 5 de la mañana. Soñoliento caminó hacia el taller y comenzó a martillar, a confeccionar otro ataúd. Graciela entró al taller mientras Jacinto trabajaba y lo observó callada, recargada sobre el marco de la puerta, con una taza de café entre las manos.

- ¿Qué pasa, Jacinto?- preguntó ella en voz baja.
- Mariana, la esposa de Ponciano. Ella y el niño... - no pudo terminar la frase al formársele un nudo en la garganta.
- Viejito mío, no sufras. Si tienen que irse, es por algo...- dijo ella, compasiva.
- ¡Pero Mariana es una muchacha y el niño aún no nace!- dijo Jacinto en un hilo de voz.- Odio este trabajo, en estos casos, lo odio. Vivir a costa de la muerte ajena, no es vivir y menos cuando te lo anticipan.

Graciela dejó el café sobre la mesa de trabajo y entró a la casa, dejando a Jacinto trabajando en el taller. Cuando empezaba a caer la tarde, tocaron a la puerta y Graciela abrió para encontrarse a Doña Clara, la partera del pueblo.

- Aquí le manda Ponciano a su marido este dinero- dijo solemne- para que le haga un ataúd a Mariana y otro al crío. Ninguno de los dos aguantó el parto.
Dicho esto, Doña Clara se retiró y al mismo tiempo, iba entrando Jacinto por la puerta del pasillo con el ataúd de Mariana y el del niño dentro de éste.

Volvió Jacinto de la casa de Ponciano. Estaba desolado, como si fuera su culpa que las muertes sucedieran. Como si fuera un asesino arrepentido de sus actos. Con el ánimo desfalleciendo en él, se recostó en la cama hecho un ovillo. Graciela lo abrazó, pero él la apartó con ternura, como si no quisiera que ella sufriera lo que él estaba sintiendo; Graciela no insistió.

Pasó un mes y otro más sin novedades, sin sueños ni muertes que lamentar en el pueblo. Todo parecía ir viento en popa, incluso en vez de ataúdes, ahora hacía comedores para los recién casados y cunas para los recién nacidos. Todo parecía ir bien hasta que entró agosto.
El día 5 del mes soñó que hacía un ataúd, uno muy sencillo, soñó que veía a mucha gente pasar de negro, veía a muchos de los vecinos comentando del asunto, pero nadie le contaba nada. No sabía ni quién ni cómo había muerto. Sólo sabía que tenía que entregar ese ataúd... aunque ni siquiera supiera para quién era.

Despertó consternado, pero no le dio importancia porque no había visto quién era el dueño de esa caja mortuoria que había que entregar. Ese día, a pesar de la duda que sus ojos mostraban, pasó como los últimos, tranquilo. Sin embargo, comenzó a crear el ataúd aquél con el que había soñado, pero prefirió no continuar con él y se fue al bosque a caminar.

A su regreso, Graciela lo esperaba con una sopa de calabaza, pan y café. Cenaron en silencio, hasta que ella no pudo contener la duda y dijo:
- ¿Para quién es el ataúd que estás haciendo?
- No sé, mujer.
- ¿Cómo? ¿No sabes?
- No Chela, no soñé como otras veces- dijo él, con un ápice de duda en su voz.

Durmió esa noche tranquilamente y no fue hasta la siguiente semana que tuvo el mismo sueño, o al menos, casi el mismo sueño. Sólo que esta vez, pudo ver con horror que la persona que moriría, moría por golpearse la cabeza contra la acera; había perdido el equilibrio y con éste, la vida.

Despertó ahogando un grito, con la respiración agitada, preocupado y con lágrimas en los ojos. Creyó no haber despertado a Graciela, pero ella se incorporó y lo abrazó.
- ¿Qué pasa, mi viejito?- dijo ella preocupada.
- Soy... yo- dijo él con la voz entrecortada.
- Pero... ¿Cómo? ¿Dónde?
- Pierdo el equilibrio en la calle principal, me golpeo la cabeza y me muero.
- Pero...- ahogó un grito de horror y se calmó- vamos a ver, viejito mío, si eso pudiera suceder, entonces no vayas al centro hoy.
- Pero necesito clavos, mujer, ya no tengo material para trabajar.
- No te preocupes, déjame las indicaciones y yo voy con Fidencio para que me venda lo que necesites.

Las palabras de Graciela tranquilizaron a Jacinto e inmediatamente escribió para ella los encargos en un trozo de papel y después del almuerzo dominical, ella se cambió las ropas y salió hacia la plaza del pueblo, dejando a Jacinto un poco consternado, acostado en la cama y preocupado.

El viejo carpintero odiaba quedarse en cama, pero el miedo lo tenía petrificado y utilizó el pretexto para ni siquiera descobijarse. El sopor de la tarde comenzó a hacer mella en él y pronto comenzó a bostezar. Graciela aún no llegaba del encargo, así que optó por dormitar un poco en lo que su esposa llegaba.

Soñó de nueva cuenta el día de su muerte, pero algo había cambiado: en vez de caer y golpearse la cabeza, se soñó dormido, soñó a Graciela sacudiendo su cuerpo inherte y frío, soñó la pijama beige que traía puesta ese día y las mismas cobijas azules que lo cubrían. Fue el último sueño que tuvo Jacinto, sueño del cual no logró despertar.

Al llegar Graciela, entró a la recámara para encontrar el cuerpo sin vida de su esposo, bajó tan rápido como pudo al taller; el ataúd aún estaba sin terminar, tal vez por miedo a llamar a la muerte, tal vez por mera decidia. Lo cierto es que Graciela fue con Juan, el otro carpintero del pueblo para que terminara el ataúd que su marido no pudo terminar.

domingo, 20 de febrero de 2011

Te deseo

La obscuridad de la noche sorprendió de nueva cuenta a mis pupilas a la mitad de un sueño. Tengo tanto calor que mi frente está perlada con gotitas de sudor, la sábana no toca siquiera mi cuerpo, está tendida en el piso, cubriendo un cuerpo fantasma que muere de frío sobre las baldosas de mi habitación.

Mi respiración agitada delata los sueños recurrentes, un escalofrío con tu aliento recorre mi espalda: eres tú a quien sueño cada noche, eres tú quien me despierta en las madrugadas deseando tu presencia en mi cama, en mi piel,en mi vida, en mi alma. Eres tú quien agita mi corazón en sueños, quien me roba el aliento momentos antes de despertar y quien hace que ni el frío más brutal me afecte en absoluto.

Es cierto, deseo tus caderas bailando entre mis manos, tus ojos escudriñando mi alma, tus labios sofocando mi aliento, tus dientes arañando mis hombros, tus manos en mi espalda haciendo zurcos; es verdad, te deseo por cada milímetro cúbico de piel que tienes, por cada lunar y cada cicatriz. Es cierto que tengo sed de tu mirada y ansío el perfume de tu piel impregnando la mía. Si debo admitirlo, me declaro culpable de todos los cargos; sin embargo, mi declaración no termina ahí... Aún falta mucho por decir.

Si bien es cierto que muero de ganas por tu cuerpo incandescente, también es cierto que no es lo único que quiero... quiero más y siempre más de ti. Deseo con locura tus sueños, tus sonrisas, tus victorias y compartir contigo tus derrotas. Quiero ser esa mano que te levante y saber que soy el hombro donde se derramarán tus lágrimas; deseo tu aura, tu alma, tu esencia... deseo hacerme una contigo en un momento y en otro y hacerlo un hábito, de esos hábitos que corren el peligro de volverse vicios. Te deseo pero entera, deseo tus virtudes, tus defectos, tus errores, tus aciertos. Te deseo completa, sin miedos, sin trucos; te deseo en mi vida, te deseo desde la punta de tus pies hasta el extremo de tu mente; deseo tus secretos, deseo tus tormentos, deseo los pecados que en la vida confesarías... Te deseo a tí y sólo a tí, tal cual eres, sin máscaras, sin temores... Soy culpable... y no me arrepiento de desearte.

miércoles, 19 de enero de 2011

Si te digo que te quiero... Estoy mintiendo

Si te digo que te quiero y sonrío de la manera pícara como lo hago entre las sábanas, entre tus brazos y tus besos; te digo que estoy mintiendo.

Si te acaricio la cara y te beso los labios y te tomo la mano en la calle a obscuras y te vuelvo a besar, diciendo en un susurro te quiero... Créeme. Estoy mintiendo.

Si al enojarme contigo te miro con desprecio, se rebela una lágrima, te pido perdón y te digo que te quiero; debes tener por bien sabido que estoy mintiendo.

Si te regalo una mirada, una sonrisa, un beso, una caricia, un portazo o un balde de agua fría y después, una noche de besos de fuego y con voz entrecortada te digo que te quiero; de antemano sabes ya que estoy mintiendo...

Pero no miento porque quiera, sino porque mentirte hoy es la forma más sana de vivir; si te digo que te quiero es para que no huyas y pienses que muero por tí (aunque así sea). Si te digo te quiero es porque aún no tengo la licencia ni la cordura para decir esa otra frase que asusta a todos, excepto a los verdaderos amantes.

Te miento porque es la única forma en como he encontrado un poco de paz en mi interior, aunque te esté ocultando el fuego que quema mi alma, que brilla en mis ojos, que susurra en mi oído, que perfuma mis cabellos...

Te miento porque decir otra cosa, sería un pecado; te miento porque el no hacerlo, sería romper con un contrato tácito que tengo yo contigo y tú por mí; un contrato en el que aún creemos...

Te miento porque decir te amo aún me paraliza, a pesar de saber que estoy más cerca de esa premisa que de la anterior.

Sé que mi ser se ilumina al recordarte mirando mis ojos, mirando mi alma desnuda ante tus lindos ojos negros y es por eso, cariño (aunque no lo creas), que miento ante tí.

viernes, 7 de enero de 2011

... No aprendo

No aprendo a decir que sí cuando una respuesta positiva se espera de mí.
Aún no entiendo que debo sonreír de vuelta cuando me sonríen.
Todavía no me queda claro que no debería jugar con sentimientos ajenos... porque siempre termino inmiscuyendo los míos... fatales son los finales que me gusta escribir en mi diario de vida.

Después de tanto tiempo, sigo siendo tan estúpida, tan ingenua, tan descarada y desleal... incluso desleal a mis ideas, a mi alegría, a mi propio ser... Desleal a esta alma que desde hace mucho se fue y que nisiquiera por respeto al recuerdo le soy fiel...

Todavía no aprendo a besar sólo un par de labios, a desear sólo una piel y a amar un sólo corazón... aún no aprendo que mi mente no va con esta sociedad que asfixia y corrompe a la vez; que juzga y mata... que enferma... que llora y sufre por los mismos tormentos que ella misma ha causado...