Otoño llegó y se apoderó de mi corazón. Cada día, una hoja menos del calor y color que en él había. Se marchitaba, perdía su frondosidad. Los fuertes vientos del desasosiego se llevaban uno por uno los pequeños retoños de mi casi estéril corazón. La savia de mi sangre ya no era suficientemente nutritiva para mantener a este degradado corazón en pie de lucha. Los fuertes vientos del otoño cardíaco me robaban a cada instante, un poquito de vida, me regalaban un poco de fría soledad, de helada muerte anunciada.
El invierno implacable llegó y me sumergió de pies a cabeza en frías aguas que en poco tiempo, se volvieron témpanos de hielo que se solidificaban un poco más a cada momento. Mis manos, mis brazos, mi pecho, mis labios, mis pies y mis piernas estaban en el grado de congelación suficiente para no volver a sentir, para no volver a abrazar, para no correr tras los pasos de nadie, para no volver a besar o pronunciar ningún nombre que me helara la sangre y congelara en mis mejillas lágrimas agridulces de bellos recuerdos que sólo podían ser recuerdos.
Y llegaste tú, mi primavera. Mi primavera vestida en mil colores, llena de vida. Iluminaste con tu luz mi camino, irradiaste paz en mi vida y le brindaste a mi existencia el rocío de la vida que me ha vuelto a la vida. Mi corazón-árbol retoña, mis brazos, mis piernas, mis manos, mis labios se descongelan de a poco y con ello, un manantial de emociones surge de mí. Las lágrimas lluviosas de verano se han ido, pero en su lugar, han quedado algunas lloviznas de felicidad cuando siento la brisa de un "te amo" sobre mis labios y un beso de luz que toca mi alma.
Vuelve a la vida mi vida; vuelve a la luz mi alma, mi fe, mi cariño. Mi corazón comienza una bella y fructífera vida, donde cada día, cada año, renovará sus hojas, renovará sus sueños, renovará mi alma, mis días, mi amor por ti.

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