L' anima sparita

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jueves, 5 de abril de 2012

Agua


Recuerdo la única vez que decidimos bañar a Hobbs en el jardín. Hacía mucho calor, era un día de mayo en los que el cielo está despejado y las nubes son como el algodón deshecho, apenas unas pequeñas fibras que matizaban el profundo azul del cielo. Renata estaba regando el pasto mientras que yo acomodaba dentro del refrigerador las cosas que acabábamos de comprar en el supermercado.

Salió Hobbs al jardín a hacerle compañía y también, para beberse el agua que emanaba de la manguera. Sin embargo, y por cuestiones que nunca entenderé (pero siempre agradeceré), Hobbs comenzó a rascar la tierra, a levantar el pasto y a enlodarse de patas a cabeza. Se revolcaba en el lodo a pesar de las llamadas de atención de su parte y, al escucharla vociferar, salí a ver qué sucedía.

-Ese Hobbs que se puso a rascar la tierra y ahora está todo enlodado.
- ¿Y si lo bañamos?- le dije- El día está muy bonito, el aire está tibio y se secaría con el sol.

A ella le pareció buena idea, pues tampoco queríamos que la casa se llenara de lodo por culpa de Hobbs y tener que limpiarlo todo de nuevo sería un fastidio. Entré a la casa y subí por todo lo necesario para bañar al gran danés gris que teníamos por hijo. Bajé con toalla, shampoo, cepillo y pelota para entretenerlo, aunque en realidad, no era del todo necesario, pues siempre dijimos que, de no ser perro, debía ser un sirenito o un pez globo, pues era amante nato del agua.

Hobbs comprendió de qué se trataba el asunto cuando me vio salir con su toalla y el shampoo y se echó a correr. Acerqué una cubeta a la manguera para llenarla y hacer la labor más fácil a la hora de enjuagarlo.

Me acerqué a Renata, su pálida y hermosa piel comenzaba a enrojecerse por el sol. Sus mejillas sonrosadas invitaban a besarlas sin parar y sus hombros atraían hacia ellos otros tantos besos para calmar el fuego que los enrojecía. No pude evitar besarla. Su boca siempre me ha parecido una enorme tentación. Esos labios suyos tan carnosos, tan suaves invitaban a probarlos y yo teniendo la fuerza de voluntad tan débil, no podía negarme.

Poco después, el agua comenzó a brotar a borbotones de la cubeta y terminé con los pies empapados. Creí que era una señal, así que solté a mi novia de entre mis brazos y busqué a Hobbs. El muchachito se había quedado pecho tierra, escondiéndose tras unos alcatraces que crecían del otro lado del jardín. A regañadientes, me siguió y llegamos al lugar donde pretendíamos bañarlo. Renata humedeció el gris pelaje de Hobbs con la manguera mientras yo lo detenía. Los daños colaterales eran de esperarse: terminé casi tan mojada como el perro. A Renata parecía haberle hecho mucha gracia que yo estuviera empapada así que corrí a sus brazos y la estrujé contra mi pecho. Era un empate.

Parecíamos dos niñas a la mitad del jardín, comenzamos a echarnos agua, aunque yo tenía las de perder, pues sólo contaba con mi cubeta de agua mientras que ella me mojaba a chorro limpio con la manguera. Sin más, hice mi ataque al estilo Hiroshima. Levanté la cubeta y la bañé de pies a cabeza.

Su blanca playera dejaba poco a la imaginación. Sus shorts se habían ceñido a su piel y hubo un momento en el que no supe si era el calor del día o si era mi cuerpo el que comenzaba a hervir. Para bajarme los calores, o al menos para intentarlo, ella se vengó rociándome para que de mis brazos y mis piernas escurrieran pequeñísimos ríos de agua.

Mi mente borró la razón por la que habíamos terminado como un par de chiquillas jugando a las "guerritas de agua", Hobbs había desaparecido por segunda vez pero para su buena suerte, yo ya no pretendía buscarlo. Me acerqué a Renata y su mirada tímida y lasciva a la vez, me invitaba a perderme en ella y así lo hice.

Comencé a besarla y mis manos recorrieron su espalda. Tal vez la contagié, pues sus manos comenzaron a acariciar mis brazos y a subir por mi espalda. Besé su cuello lentamente y sentí cómo se estremecía de placer. Besé su mentón y su oreja y ya no pude parar. Besé sus hombros y mis manos recorrieron su abdomen.

Comencé a bajar por su pecho besando cada milímetro de piel, acariciando cada centímetro de su ser. La pared fue amiga y confidente de esa tarde y también, por qué no decirlo, el apoyo para que ninguna de las dos fracasara en el intento de amarnos en el jardín de la casa...

Recuerdo esa vez que intentamos bañar a Hobbs en el jardín de la casa... y lo recuerdo porque nunca más lo volvimos a intentar... Al menos, no bañar al perro.


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