Admito que entré y salí de un par de museos y de otro par de galerías. Compré un helado y mientras caminaba, seducía con mi torpe toque sobre la crema congelada con sabor a vainilla y tal vez, a uno que otro despistado y tal vez, a uno que otro urgido. Me acerqué a la sombra de un aligustre con forma de campana independentista y me senté bajo sus ramas, sobre la jardinera que lo rodeaba para acabar con mi lujurioso helado que había causado revuelo en los peatones, turistas o endémicos de la región.
Poco tiempo después, reanudé mi andar por las calles de mi pútrida ciudad, entre mis compatriotas cegados por el calor y cegados, también por un mal gobierno y por las excusas que todos nos creamos de vez en vez para sentirnos menos culpables. Caminé, no sé si veinte minutos, una hora o diez, el punto es que llegué a un callejoncito que a la entrada tenía un anuncio de esos que abren en "A" que decía:
ÚLTIMA TEMPORADA DEL CIRCO DE LA VIDA
Tenía tantos años de no entrar a un circo que, por mera curiosidad, y también por extremo ocio, me dirigí al fondo del callejón donde decía estar el circo. Llegué a un edificio con un portón viejo de madera. Estaba cerrado y pensé que tal vez el destino no tenía preparado para mí estar en un circo de nueva cuenta. Justo cuando iba a marcharme, la puerta se abrió y tras ella, se asomó un hombre con mirar sombrío, voz grave y enjutas pieles. Me invitó a pasar con un ademán. Admito que sentí terror al verlo a él y notar que el edificio a donde acababa de entrar, era uno muy lúgubre, frío y con un aroma que mezclaba el olor a libros viejos, a hospital y a putrefacción animal.
El hombre se colocó detrás de un escritorio alto que apenas si me permitía ver su calva cabeza agachada. Saqué mi cartera para buscar dinero para pagar el boleto, pues a pesar de que no me sentía cómoda en ese sitio, él ya se había tomado la molestia de abrir la puerta y atenderme. No pasó ni un minuto cuando me entregó un boleto amarillento. Yo extendí sobre el escritorio un billete de tres dígitos pero él no lo aceptó señalando la parte baja del boleto donde decía "entrada gratuita". De nueva cuenta, hizo un ademán que me mostró las escaleras. Le agradecí y comencé a subir los escalones en aquél edificio tan mal iluminado.
Llegué al primer piso y los vidrios de las ventanas hacían que el cuarto tuviera una tonalidad verdosa. Mi nariz ya no respingaba por el cocktail aromático que podía percibir. La habitación era enorme y con cada paso, se generaba una nota diferente en el piso de madera que crujía. Me encaminé al fondo del salón y crucé una puertecita que daba a otro salón aún más grande.
Las jaulas dentro del salón no tenían otra cosa que personas comunes, tan comunes como aquellos que había visto pasar ante mis ojos abajo, en la calle. Me acerqué a la jaula más próxima y comencé a observar fijamente a la mujer que la habitaba, intentando encontrar algo que tuviera de particular pensando que era un circo de malformaciones o enfermedades degenerativas y que atrofian músculos, huesos o articulaciones, pero nada de eso lo tenía ella. Me acerqué a la ficha que, presumí, tendría la descripción de lo que estaba intentando descifrar.
"La mujer con el corazón más frío del mundo. Su corazón se congeló después de creerse incapaz de amar, de perdonar, de sentir siquiera dolor".
Sonreí porque el asunto me pareció tremendamente cómico, sobre todo porque jamás había ido a un sitio con tan poca imaginación para exhibir seres humanos como piezas de museo o como adefesios que atraen al morbo, pero al instante se me borró la sonrisa al ver en los ojos de aquella mujer una tristeza que está a punto de derramarse en lágrimas, en lamentos y dolores, pero no hubo nada. Como si aquella mujer fuese de cera, porque ni siquiera se movió.
Caminé un poco intrigada hacia las otras jaulas y en una de ellas se encontraba un hombre de estatura promedio y enseguida, para no perder el tiempo buscándole razones, me acerqué a la ficha descriptiva que decía " Enanismo emocional. Este hombre tiene la peculiaridad de ser incapaz de expresar su sentir. Su familia lo ha echado de casa y sin espetar nada, sin expresión en el rostro, se alejó de allí".
Sentí tanto dolor al darme cuenta que su mirada estaba perdida y su rostro desencajado, pero parecía llevar a cuestas una loza de alguna piedra muy pesada, pues estaba encorvado, seguramente, por cargar a cuestas culpas, miedos, remordimientos e incapacidad para expresarse con sus hijos, con su esposa, e incluso, si es que las tuvo, con sus amantes.
Caminé un poco más y encontré a un muchacho que parecía ser contemporáneo mío. Su mirada estaba perdida en la nada, su rostro inexpresivo, su cuerpo inherte. Su mano parecía estar deteniendo el aire que se encontraba frente a él y la ficha descriptiva decía "El domador de risas. Este hombre es capaz de ver reír y ver llorar a cualquier persona a su alrededor pero jamás se verá que refleje algún tipo de sensación o emoción".
Sentí pena por él y por un momento me pregunté si yo sería capaz de no sonreír, de no llorar, de no sentir. No dije nada y seguí a la última jaula del salón. Me extrañó que, al caminar a su lado, verla vacía. Sin buscar demasiado, preferí leer la ficha primero para después entender. "Adivina quién soy?" Decía la ficha y mi sorpresa fue enorme al pararme frente a la jaula y ver dentro de ella, un espejo.
Quise sonreír, pero no pude. Quise llorar y las lágrimas no me salieron. Quise gritar pero se ahogó en mi garganta, seguro el grito no sabía nadar y se ahogó con las lágrimas extraviadas. Me sentí incapaz de expresar cualquier tipo de sensación, miedo, angustia, enojo o frustración. ¿Qué me había pasado? Di dos pasos hacia atrás y después salí corriendo. Bajé las escaleras lo más rápido que pude. Ni siquiera me di cuenta si el hombre que me había recibido se encontraba en su escritorio.
La luz de la calle me encandiló, pero sentí un gran alivio cuando el viento comenzó a soplar y barrió mi cara. Grité, no con horror, sino sintiéndome viva, aliviada y feliz, no por lo que acababa de ver, sino por la oportunidad que tuve de volverme consciente de la magnificencia de sentir.

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