Es así como este pequeño secreto, este injurioso artilugio se baña en un vestido de finos, finísimos hilos de seda rojos que se entrelazan con su fría y metálica superficie, entramada la seda con el metal se hacen un sólo dolor, un sólo ardor que se pierde entre lágrimas, entre blasfemias, entre horas y eternidades. Un dolor que, si bien no desaparece, al menos sí termina lavado en endorfinas que adormecen hasta al más agudo de los males, hasta a la más triste de las tristezas...
jueves, 22 de marzo de 2012
Hilos rojos
En un cajón como la mayor vergüenza, como el más ínfimo y procaz delirio, como el secreto más punible o la catarsis más despreciable, enferma, soez. En un cajón yace un pequeño trozo de afilado metal que se culpa un poco cada día por cortar de tajo las emociones de un ser humano perturbado y al mismo tiempo, se regocija al cambiar sus vestiduras del plateado oxidado que le cobija en noches y días a un rojo granate, ese rojo que vibra en su arista al punzar sobre la blanda piel, se regocija porque sabe que, a pesar del dolor que pudiera causar, es capaz de entregar tranquilidad a alguien cuyas memorias, recuerdos y males abordan sin decir media palabra y la hunden en un mar de dudas, de inseguridades. Un mar que hacía mucho tiempo no pisaba porque sabía que sus aguas eran turbias, sus arenas, movedizas y su suelo, inestable.
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