L' anima sparita

L' anima sparita

domingo, 5 de septiembre de 2010

Dulce

¿A quién le debía su nombre sino a la ironía de la vida? ¿Al dulce rocío de lass lágrimas que regaban sus mejillas? ¿al empalagante zumo de sus miserias y sus tristezas, o al brillo de los fracasos en su haber?

Nació mujer, nació sana, rozagante, sin llanto que expresara su sufrir al llegar a este mundo... ¿Para qué si tendría una vida, corta, para llorar después? Qué urgencia había para que gritara su expulsión del mundo que conocía si después gritaría porque desconocía y odiaba el mundo al que fue vomitada? No, ya no estaba conforme, ya no quería seguir callando y llorando a escondidas, buscando un refugio donde guarecerse al darse cuenta que sus lágrimas habían inundado todo lo que fue obligada a conocer.

Creció sin sonrisas para regalar al mundo... Vivió sin alegrías que valga la pena contar...

Perdió las batallas contra los llantos; los fracasos que iban desde la pérdida de su muñeca favorita hasta la falta de ganas de existir un día más la orillaron a descender, a tocar el Inframundo. A conocer lo que en realidad, era la vida, al pasar a la muerte.

La dulce esencia de la muerte siempre le extasió al grado de querer conocerla mucho antes de querer conocer el mundo fuera del seno mateno, le intrigaba el aroma a muerte que creía percibir al pasar por el terreno valdío cerca de su casa de regreso a casa.

Fue entonces, en uno de esos rutinarios andares de regreso a casa de sus padres que conoció a la compañera que jamás se atrevió a mirar de frente, a pesar de amarla en secreto; la misma que desde su concepción, se unió a ella, esa que con el embrión que la anunciaba en una prueba de embarazo, la hacía presente en la Tierra. Aquella, la siamesa de la vida: la muerte.

Su curiosidad siempre la llevó a caminos que jamás hubiera pisado por voluntad propia, por miedo al castigo de sus padres. Sin embargo, fue por la misma curiosidad que conoció a Marcelo en el parque cuando decidió caminar por dentro del mismo en vez de rodearlo como le había enseñado su madre. Marcelo era un niño dos años más grande que ella. Sonriente, se acercó a ella con un globo azul y le mostró lo que el globo podía hacer. Ambos miraron al cielo, viendo cómo el globo se alejaba de su vista, mientras el helio lo llevaba a flotar cada vez más alto, al tiempo que la madre de Marcelo gritaba y corría para alcanzar el globo fugitivo.

Gracias a su curiosidad, había encontrado un billete de veinte pesos tirado en la acera de la calle que cruzaba la suya y que jamás había pisado porque su padre le enseñó el camino seguro para llegar a casa. Sin que sus padres lo supieran, la calle de Mirto (la calle donde encontró el tesoro) se volvió su camino favorito para volver a casa. No sólo porque esperara encontrar nuevamente dinero tirado, sino porque caminando por allí, desafiaba las reglas familiares, se sentía un poco más libre y sí, también era allí donde esperaba cinco minutos para aspirar el olor a putrefacción del terreno valdío. Jamás se preguntó qué era lo que se encontraba en descomposición, pues era lo que menos le importaba; ya fuera una pila de manzanas, un gato, un hombre, un contenedor de composta... No importaba qué emanaba ese dulce aroma a muerte, sólo le importaba que estuviera allí hasta que dejara de vivir cerca de ese sitio.

Poco le duró el gusto. Dos, tal vez tres meses después de su hermoso y enfermo encuentro frente a frente con su más grande fascinación, llegó la desgracia a casa de los Muoiolli. Eran las cinco de la tarde de un día de verano, las hojas de los árboles se movían con el viento que soplaba con el sopor que las tardes en esa estación generan. Dieron las siete y la niña seguía fuera de casa.

-No, señora Muoiolli, lo lamento, no se puede hasta pasadas las 24 horas- dijo la voz del otro lado del auricular, con voz calmada, intentando así calmar a la Silvia Muoiolli, que lloraba desde hacía varias horas al encontrar su casa vacía, sin su hija.

Llegó Miguel Muoiolli a casa y fue recibido con los brazos abiertos de la tristeza en casa. La niña de los ojos tristes, de la sonrisa extraviada, su hija, no había vuelto de la escuela. La preocupación de los Muoiolli no disminuyó con las horas, a pesar de haber salido a buscarla, no encontraron rastro de la niña. Buscaron una y otra vez por donde sabían que la pequeña caminaba de regreso a casa, el camino que el Señor Muoiolli le había enseñado.

Cuatro días después de su desaparición, recibieron una llamada, la llamada que devastaría a los Muoiolli y que dejaría descansar en fragantes campos a Dulce: el mismo terreno que la detenía al menos cinco minutos para que se deleitara con su pútrido aroma.

La única sonrisa de la niña, fue justo en el momento en que se dio la oportunidad de ver a su compañera fiel a los ojos, el momento en que la muerte le sonrió y ella le sonrió de vuelta.

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