No sé quién soy, no sé qué pasa. Quizás el tiempo me está diciendo que mi hora se acerca. No tengo miedo, no tengo gusto, sólo un manojo de nervios con una pizca de dudas que invaden mis horas en vela y que inundan mis horas de sueño.
De pequeño siempre me dijeron que no cuestionara lo que dicen los adultos; de joven me enseñaron a cuestionarlo todo. Crecí y dejé de preguntar porque me veían como un loco, me orillaron a seguir a la manada. Dejé de pensar, dejé de imaginar y comencé a seguir, pero hoy que tengo unos años echados encima pregunto muchas cosas. A mis hijos los aturdo y terminan diciendo "viejo loco, no tiene nada mejor qué hacer", mis nietos, los jóvenes, se aburren de mí y me gritan "¿por qué te gusta preguntar tanto? Ojalá te mueras pronto para que dejes de decir incoherencias". El único que me escucha es mi nieto Jacobo, el más pequeño de la casa. Siempre me responde y, sin embargo, pocas veces le entiendo porque aún no articula bien y, a pesar de todo, sé que es el único que no se harta de mis tonterías, pues es el único que se queda horas contemplando mi cama, mirándome a los ojos con mucho cariño, pero con una gran duda que aún no puedo descifrar.
¿Quién le hace de comer al chef? ¿Quién le hace la ropa al sastre? ¿Quién le cuenta chistes al payaso? ¿Qué cuentan los borregos cuando tienen insomnio y quieren dormir? ¿Quién le regala flores a las rosas para enamorarlas?
Hace diez días perdí la capacidad de hablar; no sé qué pasó si sólo estoy postrado en esta cama inútil. La cama inútil y yo: una piltrafa que podría morirse ahora para dar respiro a la familia. Todos me miran sin detenerse, salvo por mi Jacobo, mi viejo amigo que se sube a mi cama, se sienta a mi lado, mirándome a los ojos y sin decir palabra, puedo al fin descifrar que la pregunta en sus ojos es un "¿por qué?". Yo le respondo con miles de preguntas, bombardeándolo, ahogándolo con borbotones de dudas que no brotan más de mis labios, pero sí de mis pupilas:
¿Alguna vez le da sed a los peces? ¿Por qué el conejo de Pascua regala huevos? ¿Los animales se enamoran? ¿Existen los colorines decolorados? ¿Quién le canta a un pájaro triste?
jueves, 11 de abril de 2013
miércoles, 27 de marzo de 2013
Elisa
Jamás conocí mujer que poseyera una belleza apenas similar a la de Elisa; piel de ébano y ojos del color del grano de café tostado, sus labios eran una invitación al pecado a pesar de que siempre estaba rezando o cantando alguna alabanza, a menos que fuera interrumpida por algún cliente. Su belleza no sólo radicaba en el cuerpo perfecto que tenía, sino que su timidez y delicadeza la hacían aún más hermosa; verla sonreír era todo un acontecimiento y cuando lo hacía iluminaba todo el local.
Doblaba la esquina entre las seis cuarenta y las seis cuarenta y cinco, con sus cabellos recogidos en una trenza tan obscura y brillante como la piedra de obsidiana, con el uniforme amarillo impecablemente planchado, inmaculadamente lavado. A decir verdad, verla un instante me bastaba para animarme la mañana, el día entero.
Siempre buscaba la manera de hacer tiempo en casa para poder verla, aunque fuera de lejos, aunque fuera a través de la ventana del departamento que rentaba en el edificio frente a la cafetería donde ella trabajaba. Le era fiel hasta en sueños, le guardaba una inexplicable lealtad al ritual matutino de espiarla por la ventana sin malicia, sin pretensiones, salvo por aquél de llenar mi día de vida, de alegría, por llenarme de paz.
Martes 18 de julio, 1967
Desperté a mitad de la noche y sentía como si me hubiesen golpeado la cabeza repetidas veces con una laja de piedra. A pesar de no haber dormido mucho, sentía los ojos hinchados y mi cuerpo parecía de trapo. Mi mano tocó mi frente e inmediatamente la quité porque sentía que me quemaba y, a pesar de la temperatura, tiritaba de frío. Tenía años, podría decir que décadas sin que una gripe fulminante me hiciera sentir que moría. No entraré en detalles con respecto a mis mocos y otras secreciones propias de la gripe, sólo diré que habría deseado matar a alguien en ese instante si eso me asegurara sentirme mejor. Era el presagio de algo terrible, pero no lo sabía. Ahora creo que así era.
Entré a la regadera aún en pijama, contuve la respiración y abrí la llave del agua fría sin ningún miramiento. Mi cuerpo se erizó de pies a cabeza y mi corazón se congeló por un instante, después de dos minutos que me parecieron una eternidad, salí de la ducha ya sin ropa y me cubrí con la bata de baño. Al volver a mi recámara miré el reloj, "¿apenas las cuatro con veinte?", me dije al tiempo que me recostaba en la cama, aún con los malestares taladrándome el cuerpo, pero a pesar de mis intentos por conciliar el sueño de nueva cuenta. El insomnio se apoderó de mí; así que después de no sé cuánto tiempo dando vueltas en la cama, decidí prepararme un té de limón con miel, esperando que aletargara mis males para así poder esperar a que la farmacia abriera y comprar cualquier medicamento que me asegurara que me iba a sentir mejor, o que al menos iba a olvidar el dolor articular que me aquejaba en ese momento.
Ya lo había decidido: no iría a la editorial. En los cuatro años que llevaba trabajando allí nunca había pedido vacaciones ni había faltado. Si acaso había llegado tarde un par de veces por esperar a que Elisa apareciera en la entrada de "Las Magnolias" con su uniforme almidonado y su cabello pulcramente peinado para acomodar la cofia que complementaría el uniforme posteriormente.
Me arrebujé en las mantas y me descobijé casi inmediatamente al recordar la fiebre y el baño de agua helada que había tomado. Dormité un momento, pudieron ser minutos u horas, no sé puesto que no volví a revisar el reloj en lo que restaba del día. Al abrir nuevamente los ojos, me vi bañado de sol y de sudor. Tenía fiebre nuevamente. Por fortuna no tendría que tomar otro baño helado porque por la luz que llegaba a mi recámara pude deducir que ya podía salir a la calle y encontrar más vida de la que habría encontrado al momento de mi crisis gripal. Tomé la ropa del día anterior y me vestí. Tomé mi sombrero de ala corta, mi cartera y mis llaves y salí a trompicones del departamento y de la misma manera bajé las escaleras, aunque en dos ocasiones estuve a punto de cambiar el método y bajar rodando.
Al salir a la calle me deslumbró la luz; la heroica hazaña de mis ojos por adaptarse rápidamente al cambio de luz me salvó de un par de tropiezos con una bicicleta y con la toma de agua empotrada en la pared de mi edificio. En un instante pude ver el camino a seguir sobre la calle de Tonalá hasta llegar a la esquina donde colinda con Uruapan. Llegué a la farmacia y pedí algún medicamento para los síntomas de la gripe. Posiblemente por el juego de la luz así como por la enfermedad y mi escaso contacto con los rayos de sol, la dependienta se apresuró a entregarme el medicamento más cercano, "¿de verdad me veo tan mal?" me pregunté para mis adentros. Sin darle más importancia al asunto, tomé las medicinas y las pagué. Ya me iba cuando la dependienta tuvo la cortesía de decirme: "debe consumir alimentos cuando se tome las pastillas. Si se siente mal, le recomiendo ir con un doctor".
Las primeras ocho palabras que dijo antes de que partiera de la farmacia tuvieron un eco tardío en mi mente, ya cuando estaba por abrir la puerta principal del edificio. En un arrebato de valentía le di la espalda a la puerta, me reacomodé el sombrero y caminé con aire gallardo para cruzar la calle y entrar a "Las Magnolias".
Abrí la puerta y un mundo totalmente diferente al que había en la calle apareció ante mí. El bullicio de la gente combinado con el choque de los platos y vasos en la cocina me abrumaron un poco y, si a eso le agregáramos la caminata bajo el sol y mi ayuno, podría entenderse la aceleración de mi pulso y que haya hiperventilado un par de veces.
Miré a mi alrededor y no encontré ni una mesa vacía. Para mi sorpresa, y suerte, encontré con la mirada un banco libre en la barra. Con menos gallardía pero con mucha decisión me acerqué hasta él, le pregunté a los comensales que lo rodeaban si estaba ocupado y, al recibir la misma respuesta de todos, me senté en él; después de sustraer las medicinas recién compradas del bolsillo de mi saco, me acomodé la solapa y miré hacia el menú empotrado en la pared frente a los bancos. Mis ojos no pudieron ni leer la primera letra del mismo porque una morena silueta los había desconcentrado totalmente. Me sentí aún más débil de lo que hacía unas horas en mi recámara, pero su mirada dulce me regresó el aliento. Ahí estaba, frente a mí, mi musa: Elisa. Hasta ese momento me quité el sombrero, no por respeto al lugar cerrado, sino que poco me faltó para hacer una reverencia frente a ella. Fue por ella que me quité el sombrero.
- Buen día, ¿gusta café para comenzar?- dijo con una voz servicial y angelical.
- Este... Sí...No... Digo, sí. Sí, por favor- balbuceé. Me sentí apenado, no por mi incapacidad para responder normalmente a una pregunta tan simple, sino que ni siquiera le respondí el saludo.
Colocó frente a mí un plato y una taza sobre éste y sirvió un café tan obscuro como sus ojos.
- Nuestro menú se encuentra detrás de mí. ¿Desea ordenar?
- Quiero... Ahmmm... Unos huevo... No, espere...- me sentí más apenado aún. -Quiero una rebanada de pay de queso, por favor.
- No es parte de la carta de desayunos, ¿está bien?
- Sí, está bien.
- En un momento vuelvo- dijo y desapareció por el costado de la barra que tenía una puerta amplia que llevaba a la cocina.
Al poco rato volvió con una sonrisa que más bien parecía una mueca, como desilusionada.
- Señor, lamento decirle que ya no hay pay de queso, sólo de manzana con canela.
- Ahmmm... No, entonces no. Soy alérgico a la canela. Pero entonces quiero...- mi nerviosismo me delataba con cada palabra que intentaba articular. - Creo que prefiero sólo comer galletas.
- ¿Le traigo unas galletitas?- su rostro volvió a tener vida.
- Sí, sí. Eso quiero.
Inmediatamente se fue a la parte más lejana de la barra y sacó de la panera unas galletas con chispas de chocolate y no tardó en ponerlas frente a mí.
- Gracias- sonreí.
- Al contrario, señor. Disculpe por no tener pay. Pero le aseguro que las galletas le gustarán. Yo las hago y las vendo aquí.
Cuando dijo eso, casi me ahogo con el primer bocado. Sonreí y aprobé con ambos pulgares las deliciosas galletas que me había ofrecido. Posiblemente la combinación del hambre, el nerviosismo y su presencia fue lo que hizo que esas galletas me supieran a gloria, aunque no quisiera menospreciar sus habilidades reposteras.
Tanto el café como las galletas me parecían alimento de dioses. No noté en qué momento había bebido todo el café de mi taza, pero ella sí y con su cálida sonrisa se acercó a mi lugar y con la jarra en la mano me dijo:
- ¿Más café, señor?
Asentí con la cabeza y levanté la taza para acercarla a ella. No había notado que las manos me temblaban tanto hasta que, al intentar regresar la taza al plato, derramé el café; no sólo sobre la barra, sino sobre mi sombrero que descansaba al lado del plato y, por si fuera poco, ensucié todo mi traje, sin mencionar que tuve quemaduras de primer grado. Juro que intenté por todos los medios no tirarlo, incluso un cefalópodo habríase visto tonto comparado con mis rápidos movimientos, mis intentos fallidos para no hacer de mi visita a "Las Magnolias" toda una calamidad.
- Lo lamento muchísimo- dije apenado.
- No se preocupe, señor, pasa todo el tiempo- dijo ella, no en tono de burla, sino con sinceridad en la voz.
Su sonrisa me hizo saber que todo estaba bien y ya no me sentí tan mal hasta que sentí la mirada de los comensales a mi alrededor me miraban con incomodidad, podría decirse que con asco. Fue entonces cuando decidí emprender la graciosa huída. Tomé mi sombrero chorreante y pagué mi cuenta. Salí del lugar no sin antes dejar una jugosa propina. Y digo jugosa no por el café que pudiera haber humedecido los billetes, sino porque era la propina más generosa que había dejado en mi vida, pero cada centavo lo valía.
Volví a mi departamento y me recosté en la cama repasando cada instante desde que abrí la puerta de la cafetería. De pronto me encontré sonriéndole a un recuerdo, a todo. A nada. Ya no me sentía mal a pesar de que me ardía el brazo y muslo derechos gracias al café hirviendo, pero no me importó. Había podido verla, escucharla y mirarla a los ojos. Ya había planeado faltar al siguiente día al trabajo para verla nuevamente, ir al doctor en la tarde y pedir una receta médica que avalara mis inasistencias.
Martes 18 de julio de 2012
A cuarenta años de ese hermoso e imprevisto encuentro me pregunto dónde estará, porque después de ese día no volví a verla. Nadie volvió a verla. Hay quienes dicen que se regresó a Cuba, de donde era su familia. Hay quienes dicen que la mataron. Yo prefiero pensar que está trabajando en otro restaurante de la ciudad y que se fue sin decir adiós porque se puso tan nerviosa como yo ese día. Prefiero pensar que es feliz en otro estado de la república, con un hombre que la ama, con dos hijos y una casa pequeña pero con mucho calor de hogar. Sí, prefiero pensar que, aquella mujer de piel de ébano, ojos del color del grano de café tostado y labios que invitaban al pecado se escapó con su amor, aún no siendo yo el afortunado.
Doblaba la esquina entre las seis cuarenta y las seis cuarenta y cinco, con sus cabellos recogidos en una trenza tan obscura y brillante como la piedra de obsidiana, con el uniforme amarillo impecablemente planchado, inmaculadamente lavado. A decir verdad, verla un instante me bastaba para animarme la mañana, el día entero.
Siempre buscaba la manera de hacer tiempo en casa para poder verla, aunque fuera de lejos, aunque fuera a través de la ventana del departamento que rentaba en el edificio frente a la cafetería donde ella trabajaba. Le era fiel hasta en sueños, le guardaba una inexplicable lealtad al ritual matutino de espiarla por la ventana sin malicia, sin pretensiones, salvo por aquél de llenar mi día de vida, de alegría, por llenarme de paz.
Martes 18 de julio, 1967
Desperté a mitad de la noche y sentía como si me hubiesen golpeado la cabeza repetidas veces con una laja de piedra. A pesar de no haber dormido mucho, sentía los ojos hinchados y mi cuerpo parecía de trapo. Mi mano tocó mi frente e inmediatamente la quité porque sentía que me quemaba y, a pesar de la temperatura, tiritaba de frío. Tenía años, podría decir que décadas sin que una gripe fulminante me hiciera sentir que moría. No entraré en detalles con respecto a mis mocos y otras secreciones propias de la gripe, sólo diré que habría deseado matar a alguien en ese instante si eso me asegurara sentirme mejor. Era el presagio de algo terrible, pero no lo sabía. Ahora creo que así era.
Entré a la regadera aún en pijama, contuve la respiración y abrí la llave del agua fría sin ningún miramiento. Mi cuerpo se erizó de pies a cabeza y mi corazón se congeló por un instante, después de dos minutos que me parecieron una eternidad, salí de la ducha ya sin ropa y me cubrí con la bata de baño. Al volver a mi recámara miré el reloj, "¿apenas las cuatro con veinte?", me dije al tiempo que me recostaba en la cama, aún con los malestares taladrándome el cuerpo, pero a pesar de mis intentos por conciliar el sueño de nueva cuenta. El insomnio se apoderó de mí; así que después de no sé cuánto tiempo dando vueltas en la cama, decidí prepararme un té de limón con miel, esperando que aletargara mis males para así poder esperar a que la farmacia abriera y comprar cualquier medicamento que me asegurara que me iba a sentir mejor, o que al menos iba a olvidar el dolor articular que me aquejaba en ese momento.
Ya lo había decidido: no iría a la editorial. En los cuatro años que llevaba trabajando allí nunca había pedido vacaciones ni había faltado. Si acaso había llegado tarde un par de veces por esperar a que Elisa apareciera en la entrada de "Las Magnolias" con su uniforme almidonado y su cabello pulcramente peinado para acomodar la cofia que complementaría el uniforme posteriormente.
Me arrebujé en las mantas y me descobijé casi inmediatamente al recordar la fiebre y el baño de agua helada que había tomado. Dormité un momento, pudieron ser minutos u horas, no sé puesto que no volví a revisar el reloj en lo que restaba del día. Al abrir nuevamente los ojos, me vi bañado de sol y de sudor. Tenía fiebre nuevamente. Por fortuna no tendría que tomar otro baño helado porque por la luz que llegaba a mi recámara pude deducir que ya podía salir a la calle y encontrar más vida de la que habría encontrado al momento de mi crisis gripal. Tomé la ropa del día anterior y me vestí. Tomé mi sombrero de ala corta, mi cartera y mis llaves y salí a trompicones del departamento y de la misma manera bajé las escaleras, aunque en dos ocasiones estuve a punto de cambiar el método y bajar rodando.
Al salir a la calle me deslumbró la luz; la heroica hazaña de mis ojos por adaptarse rápidamente al cambio de luz me salvó de un par de tropiezos con una bicicleta y con la toma de agua empotrada en la pared de mi edificio. En un instante pude ver el camino a seguir sobre la calle de Tonalá hasta llegar a la esquina donde colinda con Uruapan. Llegué a la farmacia y pedí algún medicamento para los síntomas de la gripe. Posiblemente por el juego de la luz así como por la enfermedad y mi escaso contacto con los rayos de sol, la dependienta se apresuró a entregarme el medicamento más cercano, "¿de verdad me veo tan mal?" me pregunté para mis adentros. Sin darle más importancia al asunto, tomé las medicinas y las pagué. Ya me iba cuando la dependienta tuvo la cortesía de decirme: "debe consumir alimentos cuando se tome las pastillas. Si se siente mal, le recomiendo ir con un doctor".
Las primeras ocho palabras que dijo antes de que partiera de la farmacia tuvieron un eco tardío en mi mente, ya cuando estaba por abrir la puerta principal del edificio. En un arrebato de valentía le di la espalda a la puerta, me reacomodé el sombrero y caminé con aire gallardo para cruzar la calle y entrar a "Las Magnolias".
Abrí la puerta y un mundo totalmente diferente al que había en la calle apareció ante mí. El bullicio de la gente combinado con el choque de los platos y vasos en la cocina me abrumaron un poco y, si a eso le agregáramos la caminata bajo el sol y mi ayuno, podría entenderse la aceleración de mi pulso y que haya hiperventilado un par de veces.
Miré a mi alrededor y no encontré ni una mesa vacía. Para mi sorpresa, y suerte, encontré con la mirada un banco libre en la barra. Con menos gallardía pero con mucha decisión me acerqué hasta él, le pregunté a los comensales que lo rodeaban si estaba ocupado y, al recibir la misma respuesta de todos, me senté en él; después de sustraer las medicinas recién compradas del bolsillo de mi saco, me acomodé la solapa y miré hacia el menú empotrado en la pared frente a los bancos. Mis ojos no pudieron ni leer la primera letra del mismo porque una morena silueta los había desconcentrado totalmente. Me sentí aún más débil de lo que hacía unas horas en mi recámara, pero su mirada dulce me regresó el aliento. Ahí estaba, frente a mí, mi musa: Elisa. Hasta ese momento me quité el sombrero, no por respeto al lugar cerrado, sino que poco me faltó para hacer una reverencia frente a ella. Fue por ella que me quité el sombrero.
- Buen día, ¿gusta café para comenzar?- dijo con una voz servicial y angelical.
- Este... Sí...No... Digo, sí. Sí, por favor- balbuceé. Me sentí apenado, no por mi incapacidad para responder normalmente a una pregunta tan simple, sino que ni siquiera le respondí el saludo.
Colocó frente a mí un plato y una taza sobre éste y sirvió un café tan obscuro como sus ojos.
- Nuestro menú se encuentra detrás de mí. ¿Desea ordenar?
- Quiero... Ahmmm... Unos huevo... No, espere...- me sentí más apenado aún. -Quiero una rebanada de pay de queso, por favor.
- No es parte de la carta de desayunos, ¿está bien?
- Sí, está bien.
- En un momento vuelvo- dijo y desapareció por el costado de la barra que tenía una puerta amplia que llevaba a la cocina.
Al poco rato volvió con una sonrisa que más bien parecía una mueca, como desilusionada.
- Señor, lamento decirle que ya no hay pay de queso, sólo de manzana con canela.
- Ahmmm... No, entonces no. Soy alérgico a la canela. Pero entonces quiero...- mi nerviosismo me delataba con cada palabra que intentaba articular. - Creo que prefiero sólo comer galletas.
- ¿Le traigo unas galletitas?- su rostro volvió a tener vida.
- Sí, sí. Eso quiero.
Inmediatamente se fue a la parte más lejana de la barra y sacó de la panera unas galletas con chispas de chocolate y no tardó en ponerlas frente a mí.
- Gracias- sonreí.
- Al contrario, señor. Disculpe por no tener pay. Pero le aseguro que las galletas le gustarán. Yo las hago y las vendo aquí.
Cuando dijo eso, casi me ahogo con el primer bocado. Sonreí y aprobé con ambos pulgares las deliciosas galletas que me había ofrecido. Posiblemente la combinación del hambre, el nerviosismo y su presencia fue lo que hizo que esas galletas me supieran a gloria, aunque no quisiera menospreciar sus habilidades reposteras.
Tanto el café como las galletas me parecían alimento de dioses. No noté en qué momento había bebido todo el café de mi taza, pero ella sí y con su cálida sonrisa se acercó a mi lugar y con la jarra en la mano me dijo:
- ¿Más café, señor?
Asentí con la cabeza y levanté la taza para acercarla a ella. No había notado que las manos me temblaban tanto hasta que, al intentar regresar la taza al plato, derramé el café; no sólo sobre la barra, sino sobre mi sombrero que descansaba al lado del plato y, por si fuera poco, ensucié todo mi traje, sin mencionar que tuve quemaduras de primer grado. Juro que intenté por todos los medios no tirarlo, incluso un cefalópodo habríase visto tonto comparado con mis rápidos movimientos, mis intentos fallidos para no hacer de mi visita a "Las Magnolias" toda una calamidad.
- Lo lamento muchísimo- dije apenado.
- No se preocupe, señor, pasa todo el tiempo- dijo ella, no en tono de burla, sino con sinceridad en la voz.
Su sonrisa me hizo saber que todo estaba bien y ya no me sentí tan mal hasta que sentí la mirada de los comensales a mi alrededor me miraban con incomodidad, podría decirse que con asco. Fue entonces cuando decidí emprender la graciosa huída. Tomé mi sombrero chorreante y pagué mi cuenta. Salí del lugar no sin antes dejar una jugosa propina. Y digo jugosa no por el café que pudiera haber humedecido los billetes, sino porque era la propina más generosa que había dejado en mi vida, pero cada centavo lo valía.
Volví a mi departamento y me recosté en la cama repasando cada instante desde que abrí la puerta de la cafetería. De pronto me encontré sonriéndole a un recuerdo, a todo. A nada. Ya no me sentía mal a pesar de que me ardía el brazo y muslo derechos gracias al café hirviendo, pero no me importó. Había podido verla, escucharla y mirarla a los ojos. Ya había planeado faltar al siguiente día al trabajo para verla nuevamente, ir al doctor en la tarde y pedir una receta médica que avalara mis inasistencias.
Martes 18 de julio de 2012
A cuarenta años de ese hermoso e imprevisto encuentro me pregunto dónde estará, porque después de ese día no volví a verla. Nadie volvió a verla. Hay quienes dicen que se regresó a Cuba, de donde era su familia. Hay quienes dicen que la mataron. Yo prefiero pensar que está trabajando en otro restaurante de la ciudad y que se fue sin decir adiós porque se puso tan nerviosa como yo ese día. Prefiero pensar que es feliz en otro estado de la república, con un hombre que la ama, con dos hijos y una casa pequeña pero con mucho calor de hogar. Sí, prefiero pensar que, aquella mujer de piel de ébano, ojos del color del grano de café tostado y labios que invitaban al pecado se escapó con su amor, aún no siendo yo el afortunado.
sábado, 9 de febrero de 2013
Salida
Me sentía asfixiada, tanta gente, tanto ruido, tanta insensatez, tanta violencia psicológica, miradas retadoras esperando una similar en alguien más para vociferar y comenzar una riña.
Siempre me han incomodado las multitudes al grado tal que comienzo a hiperventilar, como cuando me faltaba el aire cuando era pequeña a causa del asma. Empiezo a perderme en pensamientos negativos y siento que me desvanezco.
He tenido mejores días, sin duda. Situaciones menos incómodas, menos frustrantes, menos como hoy.
La vida me estaba asfixiando, la gente y el ruido eran sus cómplices para terminar conmigo lo antes posible. Llegué a un punto de mi existencia, de mi vida en el que sin más, en medio del tumulto de gente, grité: «¡cómo diablos se sale aquí!». Pocos instantes después, sentí una mano sobre mi hombro. Al girarme, me topé con la mirada compasiva de una mujer de no menos de sesenta años que, con una amplia sonrisa postiza me respondía: «jale la puerta, no la empuje. Así podrá salir de esta tienda».
Siempre me han incomodado las multitudes al grado tal que comienzo a hiperventilar, como cuando me faltaba el aire cuando era pequeña a causa del asma. Empiezo a perderme en pensamientos negativos y siento que me desvanezco.
He tenido mejores días, sin duda. Situaciones menos incómodas, menos frustrantes, menos como hoy.
La vida me estaba asfixiando, la gente y el ruido eran sus cómplices para terminar conmigo lo antes posible. Llegué a un punto de mi existencia, de mi vida en el que sin más, en medio del tumulto de gente, grité: «¡cómo diablos se sale aquí!». Pocos instantes después, sentí una mano sobre mi hombro. Al girarme, me topé con la mirada compasiva de una mujer de no menos de sesenta años que, con una amplia sonrisa postiza me respondía: «jale la puerta, no la empuje. Así podrá salir de esta tienda».
viernes, 1 de febrero de 2013
Inspiración
El corazón está dando vueltas en la cama y este par de ojos ya no quiere cerrarse. ¿Por qué tu recuerdo se lleva mi sueño? ¿Por qué donde estás no estoy yo?
Alguna vez pensé estar enamorada, tal vez sentí que la vida se me iba entre felicidad, dolor y una profunda depresión. Hace ocho años creí haber conocido el amor, pero me equivoqué; hoy tú me lo has presentado y, curiosamente, descubrí que, aquél a quien conocí años atrás, era un impostor. Un impostor que me llenó de poesía vacía y cartas con melifluas palabras que perdían su pretencioso valor una vez leídas.
Hoy te conozco a ti y conozco al amor. Lo reconozco en tus ojos y en mis labios cuando me besas; lo reconozco cuando dices mi nombre y cuando toco tu piel. Lo reconozco cuando tus palabras se vuelven mis versos favoritos, pero sobre todo, lo sé posible, y totalmente reconocible, cuando en vez de ser tú y yo, somos ese NOSOTRAS que vivirá siempre en este corazón que compartimos, en esos sueños que tejemos, en ese futuro que susurra un "para siempre" cada vez que pienso en ti.
Alguna vez pensé estar enamorada, tal vez sentí que la vida se me iba entre felicidad, dolor y una profunda depresión. Hace ocho años creí haber conocido el amor, pero me equivoqué; hoy tú me lo has presentado y, curiosamente, descubrí que, aquél a quien conocí años atrás, era un impostor. Un impostor que me llenó de poesía vacía y cartas con melifluas palabras que perdían su pretencioso valor una vez leídas.
Hoy te conozco a ti y conozco al amor. Lo reconozco en tus ojos y en mis labios cuando me besas; lo reconozco cuando dices mi nombre y cuando toco tu piel. Lo reconozco cuando tus palabras se vuelven mis versos favoritos, pero sobre todo, lo sé posible, y totalmente reconocible, cuando en vez de ser tú y yo, somos ese NOSOTRAS que vivirá siempre en este corazón que compartimos, en esos sueños que tejemos, en ese futuro que susurra un "para siempre" cada vez que pienso en ti.
martes, 11 de diciembre de 2012
Dea
Fusiones y confusiones de mi vida,
donde los sueños se hacen verso y las realidades son un cuento infinito, donde el color de tus ojos no sólo es bendito, sino fuente inagotable de suspiros.
Que no encuentro en el viento, en el espacio ni el tiempo la calma que me dan tus besos.
Que no hallo la luz, que no consigo la paz, que no hay nadie que me entienda como tú.
Versiones y conversaciones de la muerte,
donde las lágrimas se hacen mar y las tristezas son un camino infinito donde la brisa de tu risa no sólo no está, sino hacia donde mi alma va.
donde los sueños se hacen verso y las realidades son un cuento infinito, donde el color de tus ojos no sólo es bendito, sino fuente inagotable de suspiros.
Que no encuentro en el viento, en el espacio ni el tiempo la calma que me dan tus besos.
Que no hallo la luz, que no consigo la paz, que no hay nadie que me entienda como tú.
Versiones y conversaciones de la muerte,
donde las lágrimas se hacen mar y las tristezas son un camino infinito donde la brisa de tu risa no sólo no está, sino hacia donde mi alma va.
domingo, 7 de octubre de 2012
Favores
Teníamos un pacto.
Teníamos veinte años.
Nos conocimos cuando teníamos apenas cuatro años. Su madre y mi madre eran grandes amigas y desde el jardín de niños hasta la preparatoria estuvimos siempre juntos. Si el grupo al que pertenecía no era el mío, buscábamos la manera de hacer que nos cambiaran de salón para estar siempre juntos. Cada cual tenía hermanos; él dos, yo sólo uno: él.
Jugábamos en el patio de la escuela y, no conformes con eso, al terminar las tareas, nos reuníamos en el parque que era el punto intermedio entre su casa y la mía y platicábamos y hacíamos agujeros en la tierra o juntábamos cochinillas que tirábamos por la resbaladilla para ver cuáles tenían la capacidad de enroscarse y cuáles no. Un expermiento que, viéndolo ahora, era extremadamente cruel.
Ante los ojos del mundo, éramos amigos, entre él y yo, había una hermandad incorruptible, incontenible. Inigualable. Recuerdo cuando tuvo a su primera novia, teníamos trece años y, lo admito, me puse muy celoso de su tiempo, de su espacio, de su cariño. Sentí aún más celos cuando le dijo "te amo", no porque tuviéramos alguna relación de pareja, sino porque sólo a mí me había dicho un "te amo" en su vida. Éramos hermanos. Él me amaba. Yo lo amaba a él profundamente.
Llegamos a los quince años. Tuvo más de una novia al igual que yo. Íbamos al mismo parque, ya no a atormentar insectos, sino a tirarnos en el pasto a platicar de nuestras conquistas o de lo difícil que nos resultaban las materias. Él me ayudaba con las matemáticas, yo le ponía acentos y signos de puntuación a sus ensayos. El brabucón del salón pretendía intimidarme y él, mi hermano, me defendió. Poco después comenzó el rumor de que él y yo éramos pareja y comenzó a molestar a mi hermano. Esa vez yo lo defendí y llegamos a los golpes. Él tan Goliath y yo tan David. Tal vez no tenía un arma como la de David, pero tenía a Daniel a mi lado. Acabamos con él y al final, sólo pudo mostrar su respeto por la sólida amistad que teníamos. Desde entonces, Jacobo, Daniel y yo nos hicimos amigos.
Recuerdo una tarde de abril en la que Daniel y yo terminamos tirados en el pasto platicando de todo y de nada, como era costumbre. Recuerdo que esa tarde, a pesar de lo bien que estaba el clima, los dos nos encontrábamos sumamente tristes. Eran los últimos días de preparatoria, nuestros caminos iban a separarse. Él iba para ingeniería; yo, para literatura.
Esa tarde hicimos un pacto, el pacto que me ha amargado la vida. Me prometió que, si mi vida no era suficientemente agradable al cumplir 20, me ayudaría a morir siempre y cuando el favor fuera recíproco.
Cumplió veinte años, su cumpleaños era dos meses, trece días después del mío. Festejamos sin ganas, bebimos a mares, vomitamos a oscuras y lloramos en silencio. Mi madre había muerto cinco meses antes, él acababa de terminar la relación más larga e intensa que había tenido en su vida. Nos abrazamos y seguimos bebiendo y llorando hasta que bebíamos prácticamente nuestras propias lágrimas a pico de botella.
- Hoy.- Dijo seco y frío al tiempo que se apartaba de mí.
Yo no entendí nada, me quedé mirándolo fijamente mientras él se alejaba de mí para salir de la cochera y subir a su recámara.
A su regreso, me extendió un revólver calibre 38. Él tenía otro igual en la otra mano.
- ¿Qué pretendes?- Le pregunté espantado más que extrañado.
- La promesa, ¿la olvidaste?- dijo solemne.
- No. No podría olvidarla nunca, pero... ¿De verdad pretendes que sea hoy, en tu cumpleaños?
- Esperar a cumplir veinte ha sido de las torturas más largas de mi vida. Ha sido suficiente.
A pesar de mi profunda tristeza, seguía atónito. Yo no podía terminar con una vida, no habiendo perdido a mi madre hacía unos meses me iba a atrever a perder a otra persona igual o incluso más importante que ella, hasta que recapacité. Él iba a poner fin a mi vida y yo a la suya. Era simple: Un plan perfecto.
Lo abracé por minutos o por horas, no sé. Reímos un poco sabiendo que eran las últimas risas que compartiríamos y, ya entrados en la buena vibra, comenzamos a idear detalladamente lo que haríamos; terminamos bobeando y diciendo que, ya que sería la última vez que nos veríamos, debíamos jugar a los vaqueros del oeste como cuando éramos pequeños, retándonos a un duelo.
Así fue, nos pusimos de espaldas uno contra el otro, dimos tres pasos. Giramos, apuntamos y... Disparé. Se desplomó inmediatamente, me desplomé a su lado. No me disparó. No porque no tuviera tiempo, sino porque no quiso hacerlo. Lo vi en sus ojos, lo vi en su sonrisa franca antes de morir.
Y lo odié ese día y por muchos tiempo, no por no haber cumplido su promesa, sino por haberme dejado solo.
Teníamos veinte años.
Nos conocimos cuando teníamos apenas cuatro años. Su madre y mi madre eran grandes amigas y desde el jardín de niños hasta la preparatoria estuvimos siempre juntos. Si el grupo al que pertenecía no era el mío, buscábamos la manera de hacer que nos cambiaran de salón para estar siempre juntos. Cada cual tenía hermanos; él dos, yo sólo uno: él.
Jugábamos en el patio de la escuela y, no conformes con eso, al terminar las tareas, nos reuníamos en el parque que era el punto intermedio entre su casa y la mía y platicábamos y hacíamos agujeros en la tierra o juntábamos cochinillas que tirábamos por la resbaladilla para ver cuáles tenían la capacidad de enroscarse y cuáles no. Un expermiento que, viéndolo ahora, era extremadamente cruel.
Ante los ojos del mundo, éramos amigos, entre él y yo, había una hermandad incorruptible, incontenible. Inigualable. Recuerdo cuando tuvo a su primera novia, teníamos trece años y, lo admito, me puse muy celoso de su tiempo, de su espacio, de su cariño. Sentí aún más celos cuando le dijo "te amo", no porque tuviéramos alguna relación de pareja, sino porque sólo a mí me había dicho un "te amo" en su vida. Éramos hermanos. Él me amaba. Yo lo amaba a él profundamente.
Llegamos a los quince años. Tuvo más de una novia al igual que yo. Íbamos al mismo parque, ya no a atormentar insectos, sino a tirarnos en el pasto a platicar de nuestras conquistas o de lo difícil que nos resultaban las materias. Él me ayudaba con las matemáticas, yo le ponía acentos y signos de puntuación a sus ensayos. El brabucón del salón pretendía intimidarme y él, mi hermano, me defendió. Poco después comenzó el rumor de que él y yo éramos pareja y comenzó a molestar a mi hermano. Esa vez yo lo defendí y llegamos a los golpes. Él tan Goliath y yo tan David. Tal vez no tenía un arma como la de David, pero tenía a Daniel a mi lado. Acabamos con él y al final, sólo pudo mostrar su respeto por la sólida amistad que teníamos. Desde entonces, Jacobo, Daniel y yo nos hicimos amigos.
Recuerdo una tarde de abril en la que Daniel y yo terminamos tirados en el pasto platicando de todo y de nada, como era costumbre. Recuerdo que esa tarde, a pesar de lo bien que estaba el clima, los dos nos encontrábamos sumamente tristes. Eran los últimos días de preparatoria, nuestros caminos iban a separarse. Él iba para ingeniería; yo, para literatura.
Esa tarde hicimos un pacto, el pacto que me ha amargado la vida. Me prometió que, si mi vida no era suficientemente agradable al cumplir 20, me ayudaría a morir siempre y cuando el favor fuera recíproco.
Cumplió veinte años, su cumpleaños era dos meses, trece días después del mío. Festejamos sin ganas, bebimos a mares, vomitamos a oscuras y lloramos en silencio. Mi madre había muerto cinco meses antes, él acababa de terminar la relación más larga e intensa que había tenido en su vida. Nos abrazamos y seguimos bebiendo y llorando hasta que bebíamos prácticamente nuestras propias lágrimas a pico de botella.
- Hoy.- Dijo seco y frío al tiempo que se apartaba de mí.
Yo no entendí nada, me quedé mirándolo fijamente mientras él se alejaba de mí para salir de la cochera y subir a su recámara.
A su regreso, me extendió un revólver calibre 38. Él tenía otro igual en la otra mano.
- ¿Qué pretendes?- Le pregunté espantado más que extrañado.
- La promesa, ¿la olvidaste?- dijo solemne.
- No. No podría olvidarla nunca, pero... ¿De verdad pretendes que sea hoy, en tu cumpleaños?
- Esperar a cumplir veinte ha sido de las torturas más largas de mi vida. Ha sido suficiente.
A pesar de mi profunda tristeza, seguía atónito. Yo no podía terminar con una vida, no habiendo perdido a mi madre hacía unos meses me iba a atrever a perder a otra persona igual o incluso más importante que ella, hasta que recapacité. Él iba a poner fin a mi vida y yo a la suya. Era simple: Un plan perfecto.
Lo abracé por minutos o por horas, no sé. Reímos un poco sabiendo que eran las últimas risas que compartiríamos y, ya entrados en la buena vibra, comenzamos a idear detalladamente lo que haríamos; terminamos bobeando y diciendo que, ya que sería la última vez que nos veríamos, debíamos jugar a los vaqueros del oeste como cuando éramos pequeños, retándonos a un duelo.
Así fue, nos pusimos de espaldas uno contra el otro, dimos tres pasos. Giramos, apuntamos y... Disparé. Se desplomó inmediatamente, me desplomé a su lado. No me disparó. No porque no tuviera tiempo, sino porque no quiso hacerlo. Lo vi en sus ojos, lo vi en su sonrisa franca antes de morir.
Y lo odié ese día y por muchos tiempo, no por no haber cumplido su promesa, sino por haberme dejado solo.
jueves, 13 de septiembre de 2012
Gusto
Desconocidos que poco a poco se vuelven conocidos; conocidos que a pasos agigantados se vuelven desconocidos. No necesariamente es un asunto antropológico, sino lingüístico, estilístico, cacacterístico de la vida, de la muerte y de lo que hay en el medio.
Descubrir que la taza de té se ha enfriado y que las "rocas" en el whisky se han derretido ya. Mirar una vez y otra más para encontrar que el libro que solía fascinarnos hacía dos meses ha perdido toda su magia porque hemos encontrado uno que se acopla más a nuestra ideología del hoy, del ahora.
Reencontrarte con el oso de peluche inseparable de la infancia que hoy no parece mas que un pedazo de felpa mal cortado y polvoso; rescatar de la caja de recuerdos un vinil que ahora se ve bien en la pared, ya no se escucha bien en el toca-discos (¿para qué diablos serviría hoy tener un toca- discos?).
Lo que era, ya no es. Lo que es, nunca fue y dudamos que sea alguna vez y seguramente, no logrará ser aquello para lo que no fue ideado.
Palabras que alguna vez fueron conocidas hoy parecen un balbuceo irreconocible, incomprensible para quien las escucha. El léxico utilizado hoy no será el mismo que se use mañana. Todo es un constante cambio, aunque, curiosamente, no es el objeto o la palabra lo que cambia, sino la mentalidad de quien solía usarlo.
Donde el Frutsi congelado solía ser un manjar que hoy no puede compararse con un cabernet- sauvignon a media tarde. Los gustos cambian, los placeres también. La gente cambia... Y me pregunto qué será de mí mañana.
Descubrir que la taza de té se ha enfriado y que las "rocas" en el whisky se han derretido ya. Mirar una vez y otra más para encontrar que el libro que solía fascinarnos hacía dos meses ha perdido toda su magia porque hemos encontrado uno que se acopla más a nuestra ideología del hoy, del ahora.
Reencontrarte con el oso de peluche inseparable de la infancia que hoy no parece mas que un pedazo de felpa mal cortado y polvoso; rescatar de la caja de recuerdos un vinil que ahora se ve bien en la pared, ya no se escucha bien en el toca-discos (¿para qué diablos serviría hoy tener un toca- discos?).
Lo que era, ya no es. Lo que es, nunca fue y dudamos que sea alguna vez y seguramente, no logrará ser aquello para lo que no fue ideado.
Palabras que alguna vez fueron conocidas hoy parecen un balbuceo irreconocible, incomprensible para quien las escucha. El léxico utilizado hoy no será el mismo que se use mañana. Todo es un constante cambio, aunque, curiosamente, no es el objeto o la palabra lo que cambia, sino la mentalidad de quien solía usarlo.
Donde el Frutsi congelado solía ser un manjar que hoy no puede compararse con un cabernet- sauvignon a media tarde. Los gustos cambian, los placeres también. La gente cambia... Y me pregunto qué será de mí mañana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
