Me sentía asfixiada, tanta gente, tanto ruido, tanta insensatez, tanta violencia psicológica, miradas retadoras esperando una similar en alguien más para vociferar y comenzar una riña.
Siempre me han incomodado las multitudes al grado tal que comienzo a hiperventilar, como cuando me faltaba el aire cuando era pequeña a causa del asma. Empiezo a perderme en pensamientos negativos y siento que me desvanezco.
He tenido mejores días, sin duda. Situaciones menos incómodas, menos frustrantes, menos como hoy.
La vida me estaba asfixiando, la gente y el ruido eran sus cómplices para terminar conmigo lo antes posible. Llegué a un punto de mi existencia, de mi vida en el que sin más, en medio del tumulto de gente, grité: «¡cómo diablos se sale aquí!». Pocos instantes después, sentí una mano sobre mi hombro. Al girarme, me topé con la mirada compasiva de una mujer de no menos de sesenta años que, con una amplia sonrisa postiza me respondía: «jale la puerta, no la empuje. Así podrá salir de esta tienda».
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