L' anima sparita

L' anima sparita

lunes, 12 de septiembre de 2011

3. De la frustración y el autocastigo

Nunca me he considerado una persona normal. Nunca lo haría, así mi vida dependiera de ello. Y no lo hago no porque no pueda, porque todos sabemos mentir, todos aprendimos a hacerlo y alguna vez lo hemos hecho, sólo que no me gusta hacerlo y mucho menos cuando parte de la esencia de mi ser, está intrínsecamente ligada a la situación en cuestión.

A pesar de estar acostumbrada a esta piel de ser extraño que vaga sin rumbo entre la gente normal, que usa ropa de vestir y zapatos recién boleados en la esquina de alguna plancha o plaza en la ciudad; a pesar de estar acostumbrada a ser una rechazada más en el mundo de los normales, creo que aún no me acostumbro a ser el fracaso de ser vivo que pareciera estoy destinada a ser. Uno de esos parásitos,uno de esos virus que contaminan lo que tocan. En realidad, me parezco más a un virus... En realidad, había olvidado que ya no estoy viva. Podrían considerar alguna relación con Drácula, si quisiera hacerme la importante y solamente porque compartimos la magia, desdicha y maldición de ser entes anacrónicos, antagónicos de lo común y que se mueven por la vida sin realmente estar vivos. Sólo por eso me permito la comparación, porque hasta Drácula tenía un asunto más interesante que tratar de lo que pueda yo decir, pensar, creer...

Y de lo que creo, todo se vuelve polvo una y otra y otra vez, como si estuviera destinado todo a perecer ante mis ojos, pero al mismo tiempo, pareciera que eso me alarga ésto que muchos llamarían vida, pero que bajo esta piel y esta carne, se ha vuelto una agonía... Es por ello que a veces las rasgo, para ver si hay algo más interesante bajo este disfraz tan mal hecho de persona normal; este disfraz de tan terrible calidad que con cada tirón de tela, pareciera que el relleno de las pequeñas perlitas se fuese a salir. Lo único que nos diferencia a los osos de felpa y a mí, es que las perlitas que los rellenan son blancas y las mías son rojas. Pequeñas perlitas que fluyen como si fueran agua sobre la sábana o la alfombra o un trozo de papel. Perlas de un asqueroso disfraz que me veo obligada a utilizar todos los días para no espantar al mundo y agradar un poco.

A pesar de lo terrible del disfraz, puedo decir que ha resultado un tanto efectivo, porque ha logrado embelesar a más de uno, aunque también ha logrado descepcionar a más de un millar, incluyéndome a mí frente al espejo.

Hay días en los que ya no soporto este estúpido disfraz y por eso siento la gran necesidad de rasgar y rasgar, cortar y cortar, como quien busca modificarlo o destruirlo, pero no me atrevo a hacerlo girones, porque después de todo, aún creo que hay algo que me mantiene atada a él y no sé qué sea. ¿Serán acaso la correas de ese asfixiante corsette? Si así fuera, entonces entiendo por qué no lo deshago en su totalidad: Porque ese corsette que apenas si me permite respirar, me flagela, justo lo que merezco por no ser una persona común. Por no ser una persona normal.

martes, 6 de septiembre de 2011

Formas de matar

¿Alguna vez has sentido ganas de matar? Hoy es uno de esos días en los que he despertado con unas ganas incontenibles de matar... De aniquilar. No importa la forma, puede ser muy sangrienta y violenta o muy pacífica y decorosa. La cuestión es que alguien o algo debe morir hoy...

Quisiera poder estrangular con mano propia el cuello de los recuerdos que tengo de tí. Ver como a cada segundo de la presión ejercida, van perdiendo fuerzas para luchar, cómo se van desvaneciendo hasta que dejen de resistirse, dejen de querer quitarme de encima y por fin ver cómo se quedan inmóviles ante mis ojos.

Desearía poder acuchillar una y otra vez los "te amo" que salieron de tu boca para infiltrarse en mis oídos y recorrerme el cuerpo en cada hematocrito, en cada eritrocito, por cada dendrita haciendo sinápsis, por cada nervio de mi cuerpo y célula que lo componen. Desaría poder acuchillarlos mil veces hasta hacer de ellos, fragmentos indivisibles e incapaces de juntarse de nuevo, para que ya no existan en mi memoria.

Me encantaría poder envenenar cada uno de los besos que me diste. Cianuro, talio, arsénico, sosa cáustica o algún ácido estaría bien. El resultado sería el mismo: lograr que tus besos ya no ardan en mis labios, que ya no desee más de esos adictivos e incendiados besos que me decían palabras tan hermosas que llegué a creer ciegamente.

Quizás me haría bien dispararle a quemarropa a todas y cada una de las caricias que recibí de tus manos. No, mi amor, no lo tomes a mal. No es a tus manos a las que tengo en la mira, sino a esas caricias lascivas, a esas que incendiaban mi piel y que hacían que un escalofrío recorriera mi espalda. A esas, a las malditas caricias que me despertaron el deseo de tu cuerpo, el deseo de tenerte a cada instante a mi lado es a las que quiero fulminar. No me importa si es una ametralladora o una escopeta o si es una pistola automática. Quiero acabar con ellas para que ya no me despierten cada noche, entre lágrimas y nostalgia de almohada. No necesito un francotirador que lo haga por mí, quiero sentir el placer de hacerlo yo misma.

Tal vez podría decapitar a las niñas de tus ojos para dejar de tenerlas presentes en mi mente, indelebles para mí. Tal vez así podría dejar de añorar esas miradas furtivas que me enamoraban y despertaban el deseo al mismo tiempo. Las únicas miradas que me han hecho desear que el tiempo se detenga. Decapitarlas pues, lenta y dolorosamente, haciéndolas pagar cada una de las lágrimas derramadas por su ausencia en mi vida.

Me gustaría poder incendiar esas sonrisas que cada vez que las recuerdo, sonrío estúpidamente. Un poco de gasolina o cualquier combustible funciona para mí, mientras esas sonrisas desaparezcan, me importa un carajo si es con un cerillo de esos que sacan chispa donde quiera que hagan fricción o de los más convencionales... Es más, no me importaría si fuera una antorcha de papel la que les prendiera fuego, simplemente, deseo que ardan y se vuelvan cenizas.

Desafortunadamente, mis manos son muy débiles, no tengo venenos disponibles y lo más cercano a algo punzocortante, son las tijeras punta roma que guardo en un cajón para hacer manualidades de vez en vez, cuando la ansiedad me asalta. Nunca he tenido una pistola en las manos mas que aquellas de agua con las que llegué a jugar en mi niñez un Sábado de Gloria y los cuchillos de mi casa son casi tan filosos como los que se usan para untar mantequilla en el pan.

Ya que no puedo aspirar a ser una asesina, haré lo único disponible en mi lista; ahogar los recuerdos en alcohol y fumar dos o tres cajetillas al hilo. Si he de matar a alguien, no serán ni moscas ni animales rastreros, sino a mi propia persona. A mi saco de recuerdos y emociones contenidas. Suicidio es la respuesta a mi deseo enfermo de matar.







domingo, 28 de agosto de 2011

Corazón fugaz

Estoy en la balanza que pesa lo que es y lo que podría ser; la certeza de lo que soy y lo que eres con la incertidumbre de lo que seremos. Aún siento tus besos rozando mis labios, aún siento entre mis cabellos, tus dedos ensortijándolos. Aún veo tu mirada cristalina en el espacio, en el tiempo que me recubre en mi alcoba a media luz.

Mi corazón palpita al ritmo de la respiración que traen hasta mí, mis recuerdos; mis manos aún danzan sobre tu fantasmal cuerpo, sobre la imagen que guardo de tí en un cofre que abro cuando la noche es muy fría o cuando me siento muy sola. Aún tengo entre los dedos el perfume de tu piel. Tal vez sólo sea otro recuerdo.

De nuevo maldigo a mi memoria, porque tiende a desarmarme por completo cuando vienes a mí, desnuda de mente, semivestido tu cuerpo, cuando tu recuerdo se hace tan palpable, tan besable, tan audible, tan entrañable. De nuevo, sonrío y entre sonrisas lloro, porque te recuerdo mía, pero te sé lejana, aunque no ajena.

Escucho esa conversación que alguna vez tuvimos, aquella donde tu respuesta fue un largo beso y una mirada enternecida y un "eso no sucederá". Recuerdo haberte dicho "temo que un día, en ese juego inocente donde dices te amo y yo te contesto yo te amo más, termines por darme la razón...".

Hoy sólo puedo confiar en esa promesa que bailó en tus labios y se filtró en los míos, esa promesa que me dictaron tus ojos, la promesa que decía tu alma en esa voz que aún me despierta en las noches, susurrando mi nombre de la misma forma en la que el viento lo hace con el tuyo.

sábado, 27 de agosto de 2011

2. De las confusiones y confesiones

Aquí estoy, una noche más deseando no sentirme tan miserable como muchas lunas me he sentido ya. ¿La razón? Las respuestas pueden ser todas o ninguna; las respuestas sólo están en mi mente dando vueltas, revoloteando como mariposas frente a la red del cazador. No, no puedo atrapar ni una y estoy agotada de tanto correr tras ellas... aunque no por ello signifique que pretenda irme con la red vacía... al menos necesito una de esas aladas y escurridizas respuestas que escapan de mi red, de mi entendimiento.

Quizás por miedo a seguir cayendo, quizás por cobardía o por conveniencia, decidí aferrarme a una mentira que me resultó, si no buena, al menos sí creíble, al menos sí sensata y lógica. Sé que no fue lo mejor... ¡vaya que lo sé! pero era lo mejor que podía hacer con la mente tribulada y con el corazón hecho añicos. Era la mejor mentira que pudieran haberme dicho porque la creí, porque sentí alivio en esa frase, aunque también mucho dolor. Fue morfina para mi mente, para mi corazón y mi alma. Descansé después de mucho dolor, logré una falsa paz que no había logrado con la verdad... Pero toda droga se acaba y así mismo se acabó la mía cuando llegó galopando la verdad hasta mí sin poder frenarse mas que con mi ser que se encontraba frente de sí.

La verdad no tuvo frenos como no tuvieron frenos mis pensamientos una vez recibida la mentira. La verdad llegó de tus manos, de tus pensamientos, de tus razones y tu experiencia. Me confundí. Y no porque no lo creyera. No. Sino porque dejar atrás una mentira que me sabía a gloria la cambiaba por un futuro que me sabría aún mejor, pero que en el presente sabe más bien a incertidumbre... El sabor del cual me había hartado y que, a decir verdad, aún no me convence del todo... Tal vez a todo se acostumbre uno, pero ya no quiero comer más incertidumbre, su sabor es dulce y amargo y salado... Y picante... algo así como un café con azúcar, piquín y sal.

No dudo de tí ni del amor que te tengo, eso siempre ha sido cierto. Sólo sigo con la misma duda de siempre rondándome la mente... esa duda que me carcome las entrañas y pareciera darse un festín con ellas. Bien sabes que te amo y desearía que regresaras... Aún espero... Ahí viene otra cucharada de incertidumbre hacia mi boca. Espero no ensuciarme la playera, porque sé que es difícil quitar las manchas de ésta en la ropa.

Te amo y eso no ha cambiado...

martes, 19 de julio de 2011

1. De la resistencia al cambio

Te amo y eso no ha cambiado, sigue tan vivo como el primer día que te lo dije, como el primer día que te vi, como el primer beso, como la primera caricia. Te amo, no me arrepiento, aunque duele extrañarte, no me arrepiento de sentir lo que siento por tí.

Te extraño y extraño aquellas conversaciones de mil horas donde no había silencios incómodos, donde siempre había un comentario agradable, donde un "te amo" se escabullía de mis labios para llegar a tu oído y recibir un "te amo" de vuelta... Te parecerá absurdo y me parece irrepsonsable aceptar que tienes razón, que cuando me conociste, era gris y después dejé de serlo y posteriormente, me volví tan gris como al inicio... es cierto, todo lo que dices es cierto, pero como lo había dicho antes, eres tú quien llenó mi vida de color... Hoy soy un manojo de emociones reprimidas, un vacío, una sombra, un recuerdo... Hoy no soy quien era ni quien desearía ser... En realidad, ya no quiero ser... ya no quiero estar tampoco...

Sé que suena dramático y tal vez así lo sea, tal vez no nací para el mundo real, sino para uno telenovelesco y fingido, para uno donde los buenos son siempre buenos y los malos son villanos hasta su muerte. Tal vez nací para esos amores de algodón de azúcar cubiertos de chocolate y bañados con chispitas de colores... Por desgracia, ese mundo no existe y por ende, yo tampoco debería estar aquí, destruyendo todo lo que toco... ¿Sabes? Siempre me sentí como Midas, sólo que en vez de lograr convertir todo en oro al tocarlo, lo vuelvo añicos, lo vuelvo mierda... ¿Tendré razón o será otro episodio de dramaturgia en mi vida?

Creo fielmente que hay que llorar con una razón específica, darle un significado a cada una de las lágrimas que derramamos... pero admito que las últimas veces que he llorado, lo he hecho sin razones para cada una de mis lágrimas... tal vez las esté malgastando pero... ¿quién no despilfarra un poco en su vida? Sé que ya no debería llorar, pero mi psique no deja de atormentarme... Ahora me pregunto por qué jamás le puse un alto a mi mente que siempre me carcome y me rompe.

No, no lloro por llorar así como no amo por amar. Que cada una de las lágrimas ya no la considere individual sino relacionada con muchas otras, no significa que llore sin razones... Y hablando de amor, amo porque no hay nada mejor que pudiera hacer por la maravillosa persona que eres, por todo lo que eres... Aunque me duela amarte de lejos, aunque me duela amarte con restricciones...

Te amo y eso no ha cambiado.

martes, 21 de junio de 2011

Edana y Maireen

"Locura y amor tienen un matrimonio, no como el de tu madre con tu padre, Adela, éste sí es para siempre, éste sí es sincero".

Como era común, una tarde llegó mi abuela a la escuela por mí y fuimos a casa. Recuerdo que ese día no había nada para comer en la casa y mi abuela se dispuso a cocinar su sopa con todo, una especie de brebaje que incluso ella decía que era raro y que había aprendido a hacerla con una bruja que vivía en el pueblo donde creció.

Ahora que lo pienso, nunca supe qué ingredientes agregaba a la olla, pero el sabor, color y textura del guiso eran exquisitos. Sólo sé que esa tarde me puso a pelar papas y al final, creo que ni siquiera una papa tenía la sopa, porque las papas las hizo fritas y con catsup. Sin embargo, mientras preparaba la comida, mi abuela me contaba otra de sus historias fantásticas, de esas que no he podido olvidar hasta hoy y por eso es que la cuento hoy... La historia iba algo así:

Tus cuentos y películas, Adelita, siempre hablan de príncipes en corceles blancos, que combaten dragones, libran batallas, cruzan valles de soledad y peligro para estar con su princesa; pero siempre se olvidan de las mujeres que también lucharon, no por un príncipe, sino por una princesa también. (Sí, mi abuela siempre fue muy abierta con muchos temas a pesar de mi corta edad).

Cuentan que en tierras celtas, nació en el seno de una familia poderosa dentro de los clanes que conformaban su aldea, una niña llamada Maireen. Le pusieron ese nombre debido a que nació muy cerca del mar y también por la importancia que el mar tenía para su pueblo. Su nombre significaba estrella de mar.

Desde muy pequeña, Maireen mostró ser muy hábil en las artes de la caza como sus hermanos Macklin y Galen. En realidad, era mejor que Galen, pero siempre le fue difícil superar a Macklin en esos menesteres; a pesar de eso, Maireen siempre mantuvo una actitud positiva, aunque no le gustaba tener que aprender las manualidades que le enseñaba su madre. Ella prefería salir a buscar aventuras con su padre y sus hermanos que quedarse con su madre y hermanas a completar las labores del hogar.

Una tarde, salió de su casa junto con sus hermanos para ir de cacería, pero su madre la detuvo poco antes de partir para que ayudara con algunos quehaceres del hogar. Después de mucha insistencia y poca flexibilidad por parte de su madre, quedóse en casa para ayudar en las labores pendientes en casa. Poco después de haber terminado con sus deberes, pidió salir a caminar al campo, ya no podría alcanzar a su padre y hermanos porque llevaban ya muchas horas fuera.

Caminó por la campiña un largo rato pensando muchas cosas de su vida. A pesar de ser muy joven, nueve o diez años tenía, siempre fue muy madura; además de que en esa época, morían muy jóvenes. Anduvo por largo rato entre árboles y hierbas silvestres hasta que sintió no poder seguir y se sentó sobre un árbol que yacía en el pasto. Al parecer, un rayo había caído sobre él, lo que había provocado que cayera al suelo. Quedóse mirando al horizonte, no había mucho que hacer hasta que pudiera recobrar el aliento y regresar a casa y fue entonces cuando sintió que alguien tocaba su hombro izquierdo. Volteó hacia atrás y no vio a nadie, lo que le heló la sangre hasta que escuchó una risita burlona detrás de ella, pero al lado derecho.
-Hola, soy Edana , vivo muy cerca de aquí. Jamás te había visto, ¿cómo te llamas?- dijo una voz dulce y melodiosa que se materializó en una niña de cabellos rubios y ojos grandes y tan verdes como las esmeraldas.
-Hola, yo soy Maireen. Vivo lejos de aquí, en realidad, espero no haberme perdido ya- a decir verdad, Maireen nunca había sido buena para socializar debido a su alejamiento de la gente común y corriente.
-Maireen, ¿quieres jugar conmigo?- dijo la vocecilla, tímidamente.
- ¿Jugar? Sólo sé cazar, no sé hacer otra cosa mejor- dijo Maireen un poco seca.
- Juguemos a que tú eres un cazador y yo soy una terrible bestia que se comerá al pueblo si no me atrapas.

Ambas niñas rieron y corrieron por la campiña un largo rato hasta que comenzó a obscurecer.
-Creo que mejor me voy- dijo Maireen apenada- pero me divertí mucho. Gracias.
Dicho esto, la niña emprendió su camino de regreso a casa.

Al llegar a su casa, se dio cuenta que ya no se sentía igual, que realmente esa niña, tan similar a ella y tan diferente a la vez, sería una persona muy importante para ella, por lo que decidió seguir frecuentándola durante mucho tiempo, incluso después de haber pasado muchos años.

La tarde en que Edana celebraba su cumpleaños número 13, llegó Maireen con algo entre las manos.
-Toma. Es para tí- dijo al tiempo que alargaba el brazo y volteaba la cara, como si le avergonzara entregar lo que llevaba.
-Gracias, - dijo Edana sin realmente tomarle mucha atención hasta que vio que estaba hecho muy cuidadosamente.- Gracias de verdad. Seguro tu mami lo revisó antes de que terminaras, te quedó muy lindo.
- En realidad, lo hice con mis propias ideas, Por eso no quedó tan bien.
-¿Estás loca? Es el mejor regalo que pudieran darme- dijo al tiempo que se ponía el hermoso collar que acababa de recibir.

Maireen se quedó un rato platicando con Edana sin darse cuenta de la hora y volvió a casa poco después de haber obscurecido. Era lógico que, con los peligros que los depredadores del bosque suponían para una niña, fuera reprendida fuertemente. Sin embargo, eso tenía sin cuidado a Maireen que había regresado muy feliz, como en la vida se había sentido. ¿Qué sería aquello que la ponía tan feliz? ¡Edana! Edana era quien la hacía sentir tan alegre y en paz; era Edana quien la animaba aún si sólo estaba en su pensamiento, así pasaran muchas lunas sin verla.

Cuentan que una tarde, Edana fue a buscar a Maireen, pero no la encontró porque había salido de caza con sus hermanos. Decidió esperarla por horas enteras y comenzaba a obscurecer, fue entonces cuando Maireen apareció entre los árboles, pero al ver a Edana sentada en el pasto, corrió a esconderse tras unos árboles, pues no quería que la viera en esas circunstancias. A pesar de esto, Edana se acercó a ella con sigilo, la saludó, tomó sus manos y las besó.

Maireen no supo cómo reaccionar en ese instante y lo único más sensato que se le ocurrió fue responder con un beso en la mejilla que se convirtió en un beso en los labios de rosa que tenía Edana.


-Perdóname. No pude contenerme- dijo Maireen apenada y con un hilo de voz.

-Ni yo te habría pedido que lo hicieras- dijo Edana, sonriente.


Así fue como comenzó una historia secreta de amor, así como todos los cuentos viejos, Adela. De esas historias como la de Romeo y Julieta que luego te contaré...

Todo iba viento en popa hasta que los padres de Maireen se enteraron de la extraña relación que tenían las dos niñas y, para salvar el honor familiar, mandaron a su hija a vivir lejos de donde vivían, a que viviera sola y volviera sólo si cambiaba de parecer.


Cuentan también que Maireen no volvió jamás a casa, pero fue porque después de tres ciclos lunares, tocaron a la puerta de su pequeño hogar. Abrió lentamente la puerta y no pudo creer lo que sus ojos miraban.

-¿Cómo me encontraste?- preguntó asombrada, pero con una sonrisa en sus labios.
-Mi corazón me dijo hacia dónde ir. Sólo le hice caso y te encontré- contestó Edana tímidamente.
-Me alegra tanto que le hicieras caso- dijo Maireen al tiempo que abría la puerta para dejar entrar a Edana. Cerró la puerta y la besó en los labios.

La verdad es que no sé qué haya pasado después, Adela. Pero quiero suponer que tuvieron un "felices para siempre" como el de los cuentos que te compra tu mamá. Ahora a servir la sopa que se va a enfriar, Adela. Ayúdame a poner la mesa.













miércoles, 15 de junio de 2011

La madeja

"No todas son historias de desamor, decía mi abuela; así como tampoco todas las historias deben ser de amor , Adela."

Cuando era pequeña, mi abuela me contaba historias y cuentos, leyendas y mitos y locuras que se le ocurrían. A veces, las enmarañaba a todas en una sola historia, lo que terminaba siendo un reverendo revoltijo, pero siempre muy divertido. Alguna vez La Llorona terminó siendo la que iniciara también la leyenda del callejón del beso con un bailarín de ballet ruso y que, por malas pasadas de la vida, terminó bailando en un club nocturno.
Mi abuela nunca fue una mujer muy cuerda, aunque no por eso, dejaba de ser sensata. Sin embargo, a la hora de dormir, me contaba cosas que me era imposible dejar de imaginar y mi madre odiaba eso, porque después yo no dejaba de pedir más y más historias.

Aún recuerdo un cuento que alguna vez me contó. Fue de los pocos que no volvió a contarme, porque creo que no dormí en dos días y lo que restó de la semana, dormí con mi madre... la historia iba algo así:


Crista era una niña que vivía en Acámbaro, un pueblito muy pequeño, cerca de donde nació tu abuelo, Adela. Corría el año de 1915, donde vivía era una zona muy pobre y más después de la Revolución. La mamá de Crista fue soldadera y murió poco después de unirse a Zapata en la lucha, por lo que dejó a la niña huérfana cuando apenas tenía 8 años. Se quedó al cuidado de su papá, don Cruz, aunque, a decir verdad, fue Don Cruz quien quedó bajo cuidados de Crista, pues se volvió alcohólico poco después de la mala noticia y no había día que Crista no fuera por él a la cantina o lo buscara en las calles... Pero literalmente, en las calles, Adelita, ¡se caía al piso de tan borracho que andaba!

En fin, Crista dejó de salir de casa para jugar con sus amigos y en vez de eso, se quedaba a "zurcir" los pantalones de su padre, iba al mercado a comprar la comida (que por cierto, no sabía hacer, por lo que más de una vez, se quedaron sin comer o terminaban con una infección estomacal terrible), pero desde entonces, la pobre Crista dejó de lado su cuidado personal. Iba por poca agua al pozo, pocas veces se bañaba, no sólo porque no pudiera cargar agua, sino porque no le gustaba. Dejó de cepillar sus largas trenzas negras, en vez de eso, empezó a tener una madeja de cabello que parecía, incluso, tener vida propia.

Las señoras del mercado la invitaban a comer a sus casas, a que se bañara y también para peinarla, pero ella nunca aceptó que le tocaran el cabello; tal vez porque era el último recuerdo que tenía de su madre en la mente: cuando le trenzaba los cabellos. Incluso el peluquero se ofreció a cortarle las trenzas que, más que trenzas, parecían las serpientes de Medusa.

Su cabello crecía y crecía, y cada vez, estaba más despeinada. De buenas a primeras, sus hermosos ojos castaños dejaron de verse tras los cabellos que cubrían su cara. Su sonrisa, escondida detrás de un velo de cabello enmarañado...

Dicen en el pueblo que un día, Crista salió al mercado como de costumbre, pero que sólo la reconocían por los cabellos enmarañados, no porque pudieran verle a los ojos. Dicen también que su cabello incluso le cubría la parte superior del vestido y también parte de la falda, los hombros, los brazos... Cuentan que su cabello ya parecía ser un ente viviente sobre su cabeza y cuerpo.

Un buen día, Crista desapareció; nadie sabía dónde estaba, nadie escuchó hablar de la niña hasta que una tarde, Martina, una de las chismosas del pueblo, contó que la vio pasar y que tropezó a mitad del camino y que como un lobo que se lanza sobre su presa, su cabello la atrapó y no pudo deshacerse de la madeja que parecía crecer con cada movimiento que intentaba hacer...

Ya sé que es una tonta historia, pero eso no impidió que yo desarrollara una obsesión por cepillarme el cabello a todas horas hasta que un buen día, decidí llevarlo corto; tan corto que no hubiera posibilidad de que terminara con una madeja como la de Crista.