- Mujer, prepara el café, esta noche será larga- dijo Jacinto desde el taller de carpintería en el anexo de su casa. No recibió respuesta pero sabía que su esposa, Graciela, lo escuchaba a la perfección.
Jacinto era un hombre alto y encorvado, de cabello entrecano, de piel enjuta y curtida por los años, los mismos años que le habían cansado las manos y los ojos y por lo que pensaba seriamente dejar de ser el carpintero del pueblo y dejarle el camino libre a la competencia.
Entró a su casa por el pasillo que conectaba con el taller. Sacudióse las manos y las ropas antes de pisar el tapete de la entrada. Abrió la puerta y caminó hacia la modesta cocina en donde había una mesa pegada a la pared y sobre la cual, una taza de café humeante le esperaba. Se sentó frente a su esposa que lo veía con extrañeza.
- ¿Qué pasa, Jacinto? ¿qué te tiene tan preocupado?- preguntó ella mientras tomaba de la mano a su esposo.
- Nada, mujer... nada- contestó secamente.
- Otro sueño de esos, ¿verdad? Aunque me lo niegues, sé muy bien que es eso- dijo ella compasiva.
- Es el hijo de los Robles. El que venía a aprender el oficio...- dijo mirando la taza frente a él. - Muere esta noche. El borracho de Pedro lo va a atropellar.
- ¡Ay, Jacinto!- dijo ella ahogando un grito- pero si es un chamaco.
- Por eso mismo me pesa, mujer- dijo él y sorbió de la taza. Bebieron café en silencio y él se fue al taller a terminar el ataúd que hacía para Damián Robles.
Dieron las diez de la noche, pero había terminado su trabajo dos horas antes. Tocaron a su puerta repetida y desesperadamente. Salió del taller y entró a su casa para abrir la puerta. Era el padre de Damián, llorando inconsolablemente, mientras entre sollozos le entregaba un fajo de billetes y pedía un ataúd para el más joven de sus hijos.
Jacinto volvió al taller y llevó el ataúd hasta casa de los Robles, donde velaban al muchacho.
- ¿De qué murió?- preguntó Jacinto a una de las vecinas para confirmar lo que ya sabía.
- Pedro lo atropelló de tan borracho que venía.
Después de dar el pésame a la familia, se fue a su casa. No había mucho que pudiera hacer ahí de cualquier manera. No era la primera vez que sentía esa frustración e impotencia, pero como siempre, volvió a casa y cansado; no tanto por cargar con el ataúd, sino de cargar sobre su conciencia una culpa que no tenía, por cargar con él lo que por años sólo había sido un secreto entre él y su esposa.
Nunca nadie supo de los sueños de Jacinto, salvo por Graciela, quien lo esperaba acostada pero despierta. Jacinto se recostó a su lado; no dijo nada, pero ella lo abrazó y en su regazo acarició los cabellos de él hasta que se quedó dormido, llorando como un niño.
Pasaron 3 meses en los que Jacinto vivió tranquilo y libre de remordimientos, pero una noche de junio tuvo otro de esos sueños que odiaba tanto. Despertó agitado, preocupado y muy triste. Eran las 5 de la mañana. Soñoliento caminó hacia el taller y comenzó a martillar, a confeccionar otro ataúd. Graciela entró al taller mientras Jacinto trabajaba y lo observó callada, recargada sobre el marco de la puerta, con una taza de café entre las manos.
- ¿Qué pasa, Jacinto?- preguntó ella en voz baja.
- Mariana, la esposa de Ponciano. Ella y el niño... - no pudo terminar la frase al formársele un nudo en la garganta.
- Viejito mío, no sufras. Si tienen que irse, es por algo...- dijo ella, compasiva.
- ¡Pero Mariana es una muchacha y el niño aún no nace!- dijo Jacinto en un hilo de voz.- Odio este trabajo, en estos casos, lo odio. Vivir a costa de la muerte ajena, no es vivir y menos cuando te lo anticipan.
Graciela dejó el café sobre la mesa de trabajo y entró a la casa, dejando a Jacinto trabajando en el taller. Cuando empezaba a caer la tarde, tocaron a la puerta y Graciela abrió para encontrarse a Doña Clara, la partera del pueblo.
- Aquí le manda Ponciano a su marido este dinero- dijo solemne- para que le haga un ataúd a Mariana y otro al crío. Ninguno de los dos aguantó el parto.
Dicho esto, Doña Clara se retiró y al mismo tiempo, iba entrando Jacinto por la puerta del pasillo con el ataúd de Mariana y el del niño dentro de éste.
Volvió Jacinto de la casa de Ponciano. Estaba desolado, como si fuera su culpa que las muertes sucedieran. Como si fuera un asesino arrepentido de sus actos. Con el ánimo desfalleciendo en él, se recostó en la cama hecho un ovillo. Graciela lo abrazó, pero él la apartó con ternura, como si no quisiera que ella sufriera lo que él estaba sintiendo; Graciela no insistió.
Pasó un mes y otro más sin novedades, sin sueños ni muertes que lamentar en el pueblo. Todo parecía ir viento en popa, incluso en vez de ataúdes, ahora hacía comedores para los recién casados y cunas para los recién nacidos. Todo parecía ir bien hasta que entró agosto.
El día 5 del mes soñó que hacía un ataúd, uno muy sencillo, soñó que veía a mucha gente pasar de negro, veía a muchos de los vecinos comentando del asunto, pero nadie le contaba nada. No sabía ni quién ni cómo había muerto. Sólo sabía que tenía que entregar ese ataúd... aunque ni siquiera supiera para quién era.
Despertó consternado, pero no le dio importancia porque no había visto quién era el dueño de esa caja mortuoria que había que entregar. Ese día, a pesar de la duda que sus ojos mostraban, pasó como los últimos, tranquilo. Sin embargo, comenzó a crear el ataúd aquél con el que había soñado, pero prefirió no continuar con él y se fue al bosque a caminar.
A su regreso, Graciela lo esperaba con una sopa de calabaza, pan y café. Cenaron en silencio, hasta que ella no pudo contener la duda y dijo:
- ¿Para quién es el ataúd que estás haciendo?
- No sé, mujer.
- ¿Cómo? ¿No sabes?
- No Chela, no soñé como otras veces- dijo él, con un ápice de duda en su voz.
Durmió esa noche tranquilamente y no fue hasta la siguiente semana que tuvo el mismo sueño, o al menos, casi el mismo sueño. Sólo que esta vez, pudo ver con horror que la persona que moriría, moría por golpearse la cabeza contra la acera; había perdido el equilibrio y con éste, la vida.
Despertó ahogando un grito, con la respiración agitada, preocupado y con lágrimas en los ojos. Creyó no haber despertado a Graciela, pero ella se incorporó y lo abrazó.
- ¿Qué pasa, mi viejito?- dijo ella preocupada.
- Soy... yo- dijo él con la voz entrecortada.
- Pero... ¿Cómo? ¿Dónde?
- Pierdo el equilibrio en la calle principal, me golpeo la cabeza y me muero.
- Pero...- ahogó un grito de horror y se calmó- vamos a ver, viejito mío, si eso pudiera suceder, entonces no vayas al centro hoy.
- Pero necesito clavos, mujer, ya no tengo material para trabajar.
- No te preocupes, déjame las indicaciones y yo voy con Fidencio para que me venda lo que necesites.
Las palabras de Graciela tranquilizaron a Jacinto e inmediatamente escribió para ella los encargos en un trozo de papel y después del almuerzo dominical, ella se cambió las ropas y salió hacia la plaza del pueblo, dejando a Jacinto un poco consternado, acostado en la cama y preocupado.
El viejo carpintero odiaba quedarse en cama, pero el miedo lo tenía petrificado y utilizó el pretexto para ni siquiera descobijarse. El sopor de la tarde comenzó a hacer mella en él y pronto comenzó a bostezar. Graciela aún no llegaba del encargo, así que optó por dormitar un poco en lo que su esposa llegaba.
Soñó de nueva cuenta el día de su muerte, pero algo había cambiado: en vez de caer y golpearse la cabeza, se soñó dormido, soñó a Graciela sacudiendo su cuerpo inherte y frío, soñó la pijama beige que traía puesta ese día y las mismas cobijas azules que lo cubrían. Fue el último sueño que tuvo Jacinto, sueño del cual no logró despertar.
Al llegar Graciela, entró a la recámara para encontrar el cuerpo sin vida de su esposo, bajó tan rápido como pudo al taller; el ataúd aún estaba sin terminar, tal vez por miedo a llamar a la muerte, tal vez por mera decidia. Lo cierto es que Graciela fue con Juan, el otro carpintero del pueblo para que terminara el ataúd que su marido no pudo terminar.
domingo, 27 de marzo de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
Te deseo
La obscuridad de la noche sorprendió de nueva cuenta a mis pupilas a la mitad de un sueño. Tengo tanto calor que mi frente está perlada con gotitas de sudor, la sábana no toca siquiera mi cuerpo, está tendida en el piso, cubriendo un cuerpo fantasma que muere de frío sobre las baldosas de mi habitación.
Mi respiración agitada delata los sueños recurrentes, un escalofrío con tu aliento recorre mi espalda: eres tú a quien sueño cada noche, eres tú quien me despierta en las madrugadas deseando tu presencia en mi cama, en mi piel,en mi vida, en mi alma. Eres tú quien agita mi corazón en sueños, quien me roba el aliento momentos antes de despertar y quien hace que ni el frío más brutal me afecte en absoluto.
Es cierto, deseo tus caderas bailando entre mis manos, tus ojos escudriñando mi alma, tus labios sofocando mi aliento, tus dientes arañando mis hombros, tus manos en mi espalda haciendo zurcos; es verdad, te deseo por cada milímetro cúbico de piel que tienes, por cada lunar y cada cicatriz. Es cierto que tengo sed de tu mirada y ansío el perfume de tu piel impregnando la mía. Si debo admitirlo, me declaro culpable de todos los cargos; sin embargo, mi declaración no termina ahí... Aún falta mucho por decir.
Si bien es cierto que muero de ganas por tu cuerpo incandescente, también es cierto que no es lo único que quiero... quiero más y siempre más de ti. Deseo con locura tus sueños, tus sonrisas, tus victorias y compartir contigo tus derrotas. Quiero ser esa mano que te levante y saber que soy el hombro donde se derramarán tus lágrimas; deseo tu aura, tu alma, tu esencia... deseo hacerme una contigo en un momento y en otro y hacerlo un hábito, de esos hábitos que corren el peligro de volverse vicios. Te deseo pero entera, deseo tus virtudes, tus defectos, tus errores, tus aciertos. Te deseo completa, sin miedos, sin trucos; te deseo en mi vida, te deseo desde la punta de tus pies hasta el extremo de tu mente; deseo tus secretos, deseo tus tormentos, deseo los pecados que en la vida confesarías... Te deseo a tí y sólo a tí, tal cual eres, sin máscaras, sin temores... Soy culpable... y no me arrepiento de desearte.
Mi respiración agitada delata los sueños recurrentes, un escalofrío con tu aliento recorre mi espalda: eres tú a quien sueño cada noche, eres tú quien me despierta en las madrugadas deseando tu presencia en mi cama, en mi piel,en mi vida, en mi alma. Eres tú quien agita mi corazón en sueños, quien me roba el aliento momentos antes de despertar y quien hace que ni el frío más brutal me afecte en absoluto.
Es cierto, deseo tus caderas bailando entre mis manos, tus ojos escudriñando mi alma, tus labios sofocando mi aliento, tus dientes arañando mis hombros, tus manos en mi espalda haciendo zurcos; es verdad, te deseo por cada milímetro cúbico de piel que tienes, por cada lunar y cada cicatriz. Es cierto que tengo sed de tu mirada y ansío el perfume de tu piel impregnando la mía. Si debo admitirlo, me declaro culpable de todos los cargos; sin embargo, mi declaración no termina ahí... Aún falta mucho por decir.
Si bien es cierto que muero de ganas por tu cuerpo incandescente, también es cierto que no es lo único que quiero... quiero más y siempre más de ti. Deseo con locura tus sueños, tus sonrisas, tus victorias y compartir contigo tus derrotas. Quiero ser esa mano que te levante y saber que soy el hombro donde se derramarán tus lágrimas; deseo tu aura, tu alma, tu esencia... deseo hacerme una contigo en un momento y en otro y hacerlo un hábito, de esos hábitos que corren el peligro de volverse vicios. Te deseo pero entera, deseo tus virtudes, tus defectos, tus errores, tus aciertos. Te deseo completa, sin miedos, sin trucos; te deseo en mi vida, te deseo desde la punta de tus pies hasta el extremo de tu mente; deseo tus secretos, deseo tus tormentos, deseo los pecados que en la vida confesarías... Te deseo a tí y sólo a tí, tal cual eres, sin máscaras, sin temores... Soy culpable... y no me arrepiento de desearte.
miércoles, 19 de enero de 2011
Si te digo que te quiero... Estoy mintiendo
Si te digo que te quiero y sonrío de la manera pícara como lo hago entre las sábanas, entre tus brazos y tus besos; te digo que estoy mintiendo.
Si te acaricio la cara y te beso los labios y te tomo la mano en la calle a obscuras y te vuelvo a besar, diciendo en un susurro te quiero... Créeme. Estoy mintiendo.
Si al enojarme contigo te miro con desprecio, se rebela una lágrima, te pido perdón y te digo que te quiero; debes tener por bien sabido que estoy mintiendo.
Si te regalo una mirada, una sonrisa, un beso, una caricia, un portazo o un balde de agua fría y después, una noche de besos de fuego y con voz entrecortada te digo que te quiero; de antemano sabes ya que estoy mintiendo...
Pero no miento porque quiera, sino porque mentirte hoy es la forma más sana de vivir; si te digo que te quiero es para que no huyas y pienses que muero por tí (aunque así sea). Si te digo te quiero es porque aún no tengo la licencia ni la cordura para decir esa otra frase que asusta a todos, excepto a los verdaderos amantes.
Te miento porque es la única forma en como he encontrado un poco de paz en mi interior, aunque te esté ocultando el fuego que quema mi alma, que brilla en mis ojos, que susurra en mi oído, que perfuma mis cabellos...
Te miento porque decir otra cosa, sería un pecado; te miento porque el no hacerlo, sería romper con un contrato tácito que tengo yo contigo y tú por mí; un contrato en el que aún creemos...
Te miento porque decir te amo aún me paraliza, a pesar de saber que estoy más cerca de esa premisa que de la anterior.
Sé que mi ser se ilumina al recordarte mirando mis ojos, mirando mi alma desnuda ante tus lindos ojos negros y es por eso, cariño (aunque no lo creas), que miento ante tí.
Si te acaricio la cara y te beso los labios y te tomo la mano en la calle a obscuras y te vuelvo a besar, diciendo en un susurro te quiero... Créeme. Estoy mintiendo.
Si al enojarme contigo te miro con desprecio, se rebela una lágrima, te pido perdón y te digo que te quiero; debes tener por bien sabido que estoy mintiendo.
Si te regalo una mirada, una sonrisa, un beso, una caricia, un portazo o un balde de agua fría y después, una noche de besos de fuego y con voz entrecortada te digo que te quiero; de antemano sabes ya que estoy mintiendo...
Pero no miento porque quiera, sino porque mentirte hoy es la forma más sana de vivir; si te digo que te quiero es para que no huyas y pienses que muero por tí (aunque así sea). Si te digo te quiero es porque aún no tengo la licencia ni la cordura para decir esa otra frase que asusta a todos, excepto a los verdaderos amantes.
Te miento porque es la única forma en como he encontrado un poco de paz en mi interior, aunque te esté ocultando el fuego que quema mi alma, que brilla en mis ojos, que susurra en mi oído, que perfuma mis cabellos...
Te miento porque decir otra cosa, sería un pecado; te miento porque el no hacerlo, sería romper con un contrato tácito que tengo yo contigo y tú por mí; un contrato en el que aún creemos...
Te miento porque decir te amo aún me paraliza, a pesar de saber que estoy más cerca de esa premisa que de la anterior.
Sé que mi ser se ilumina al recordarte mirando mis ojos, mirando mi alma desnuda ante tus lindos ojos negros y es por eso, cariño (aunque no lo creas), que miento ante tí.
viernes, 7 de enero de 2011
... No aprendo
No aprendo a decir que sí cuando una respuesta positiva se espera de mí.
Aún no entiendo que debo sonreír de vuelta cuando me sonríen.
Todavía no me queda claro que no debería jugar con sentimientos ajenos... porque siempre termino inmiscuyendo los míos... fatales son los finales que me gusta escribir en mi diario de vida.
Después de tanto tiempo, sigo siendo tan estúpida, tan ingenua, tan descarada y desleal... incluso desleal a mis ideas, a mi alegría, a mi propio ser... Desleal a esta alma que desde hace mucho se fue y que nisiquiera por respeto al recuerdo le soy fiel...
Todavía no aprendo a besar sólo un par de labios, a desear sólo una piel y a amar un sólo corazón... aún no aprendo que mi mente no va con esta sociedad que asfixia y corrompe a la vez; que juzga y mata... que enferma... que llora y sufre por los mismos tormentos que ella misma ha causado...
Aún no entiendo que debo sonreír de vuelta cuando me sonríen.
Todavía no me queda claro que no debería jugar con sentimientos ajenos... porque siempre termino inmiscuyendo los míos... fatales son los finales que me gusta escribir en mi diario de vida.
Después de tanto tiempo, sigo siendo tan estúpida, tan ingenua, tan descarada y desleal... incluso desleal a mis ideas, a mi alegría, a mi propio ser... Desleal a esta alma que desde hace mucho se fue y que nisiquiera por respeto al recuerdo le soy fiel...
Todavía no aprendo a besar sólo un par de labios, a desear sólo una piel y a amar un sólo corazón... aún no aprendo que mi mente no va con esta sociedad que asfixia y corrompe a la vez; que juzga y mata... que enferma... que llora y sufre por los mismos tormentos que ella misma ha causado...
domingo, 26 de diciembre de 2010
Astros
Ayer me asomé a la ventana y no vi estrella alguna que tuviera el fulgor de tu mirada... Les conté que las veía opacas a comparación del brillo que tienen tus ojos y nada contestaron. Seguro están celosas de que seas tú quien posea ese brillo que tanto me gusta y no ellas...
Hace dos noches miré a la Luna tan grande como siempre y platiqué con ella. Le pregunté si había cambiado de rayos, si estaba triste. Su respuesta fue un "no" seguido de mil preguntas... Sólo pude responderle que desde que te conozco, dejó de poseer la luz más intensa que me atraía a ella como anzuelo al pez. Ahora la Luna no me habla más, se ha enojado conmigo porque minimicé su fulgor... pero ¿cómo no hacerlo si con tu sonrisa tengo suficiente para iluminar mi vida?
Un día me encontré a la mitad de la tarde conversando con el Sol a punto de dormirse, le conté que los demás astros se habían enojado conmigo. Sonrió y me dijo que las estrellas y la Luna eran muy celosas de su brillo, del fulgor que las caracteriza. Me mostró uno de sus rayos para despedirse de mí y no pude contenerme y fue entonces cuando le dije que lo veía descolorido, que sus rayos parecían enmarañados entre ramas de lúgubres formas, que ya parecía cansado, obsoleto... Fue peor cuando te mencioné, cuando le dije que tus cabellos ondeaban al aire como ya no veía que sus rayos lo hicieran, que tu presencia entibiaba hasta al más frío de los corazones; fue peor cuando le dije que hay veces que creo necesitar más de tí que de él para que mis días estén provistos de calidez, de equilibrio... No me habló más y se fue herido a esconder detrás de los árboles y las casas, detrás de los cerros y las nubes... No quería verme más.
Es por tí que hoy no necesito que el sol me ilumine los días, la Luna las noches y que las estrellas sonrían; es tu presencia la que da calor y sonrisas a esta vida que, hasta no conocerte, fue insulsa, aburrida, descolorida... Es por tí que, aunque todos los astros se enojaran conmigo, no tendría miedo en sonreír y verte a mi lado, verme reflejada en el fulgor de tus ojos... Es por tí que hoy siento que vivo, que mi vida tiene sentido; es por tí que no me siento sola y que podría vivir y morir contemplando tus ojos... porque con ellos iluminas mi vida.
Hace dos noches miré a la Luna tan grande como siempre y platiqué con ella. Le pregunté si había cambiado de rayos, si estaba triste. Su respuesta fue un "no" seguido de mil preguntas... Sólo pude responderle que desde que te conozco, dejó de poseer la luz más intensa que me atraía a ella como anzuelo al pez. Ahora la Luna no me habla más, se ha enojado conmigo porque minimicé su fulgor... pero ¿cómo no hacerlo si con tu sonrisa tengo suficiente para iluminar mi vida?
Un día me encontré a la mitad de la tarde conversando con el Sol a punto de dormirse, le conté que los demás astros se habían enojado conmigo. Sonrió y me dijo que las estrellas y la Luna eran muy celosas de su brillo, del fulgor que las caracteriza. Me mostró uno de sus rayos para despedirse de mí y no pude contenerme y fue entonces cuando le dije que lo veía descolorido, que sus rayos parecían enmarañados entre ramas de lúgubres formas, que ya parecía cansado, obsoleto... Fue peor cuando te mencioné, cuando le dije que tus cabellos ondeaban al aire como ya no veía que sus rayos lo hicieran, que tu presencia entibiaba hasta al más frío de los corazones; fue peor cuando le dije que hay veces que creo necesitar más de tí que de él para que mis días estén provistos de calidez, de equilibrio... No me habló más y se fue herido a esconder detrás de los árboles y las casas, detrás de los cerros y las nubes... No quería verme más.
Es por tí que hoy no necesito que el sol me ilumine los días, la Luna las noches y que las estrellas sonrían; es tu presencia la que da calor y sonrisas a esta vida que, hasta no conocerte, fue insulsa, aburrida, descolorida... Es por tí que, aunque todos los astros se enojaran conmigo, no tendría miedo en sonreír y verte a mi lado, verme reflejada en el fulgor de tus ojos... Es por tí que hoy siento que vivo, que mi vida tiene sentido; es por tí que no me siento sola y que podría vivir y morir contemplando tus ojos... porque con ellos iluminas mi vida.
martes, 14 de diciembre de 2010
Nosotros... supernova
Abrázame, que quiero olvidarme del mundo por un momento; que tu cuerpo sea el universo que quiero recorrer, no en años luz ni a kilómetros por hora... que sean kilómetros por lustro, por década... que sean kilómetros sobre eternidad, que no quiero que mi vida acabe si no es en tu cuerpo, que no quiero que mi muerte llegue si es lejos de ti.
Acaríciame y que tus manos sean mi delirio, que tus dedos sean la melodía que nunca termina, la nota que a penas si se rasga en las cuerdas de esta guitarra, esa nota apenas audible, de este cuerpo que no es sino tuyo. Acaríciame y haz que me pierda en una espiral de delirio y deseo, de piel y susurros, del amor tan libre y salvaje que sólo tú y yo entendemos. Que tus manos me despojen de ese vestido de melancolía y me desnuden el cuerpo, el sentimiento y el alma mismos.
Sedúceme con una mirada, un murmullo, un suspiro entrecortado; sedúceme con una sonrisa, con tus ideas, con tu mundo, con esa esencia que no puede ser de otra persona sino la tuya, con esa risa y la voz que me enamoran cada vez más con un "te deseo", con un "te amo", con un "no te vayas..."
Condéname con tus manos aferrando mis hombros, con tus uñas deborando mi espalda, con tus labios partiendo los míos con el más dulce beso que pudiera probar mi boca; enciérrame en la jaula que tiene tu nombre, tu aroma, tu voz, tus sueños, tus pasiones. Enciérrame en tu cuerpo y en tu mirada, que no quiero salir nunca de ella, que quiero verme reflejada en tus ojos y en cada paso que des, en cada sonrisa que sueltes al viento, en cada mañana... en cada suspiro.
Ven y mátame de una vez con el placer infinito que es el tenerte en mi vida, en mi muerte, en mis grandes anhelos; apuñálame con tu cariño, con tus miradas lascivas y tus besos de hierro al rojo vivo; ahógame en el mar de tu existencia y escóndeme... sepúltame en lo más profundo de tu corazón, de tu pasión, que quiero estar en tu constelación hasta la supernova de nuestra existencia.
Acaríciame y que tus manos sean mi delirio, que tus dedos sean la melodía que nunca termina, la nota que a penas si se rasga en las cuerdas de esta guitarra, esa nota apenas audible, de este cuerpo que no es sino tuyo. Acaríciame y haz que me pierda en una espiral de delirio y deseo, de piel y susurros, del amor tan libre y salvaje que sólo tú y yo entendemos. Que tus manos me despojen de ese vestido de melancolía y me desnuden el cuerpo, el sentimiento y el alma mismos.
Sedúceme con una mirada, un murmullo, un suspiro entrecortado; sedúceme con una sonrisa, con tus ideas, con tu mundo, con esa esencia que no puede ser de otra persona sino la tuya, con esa risa y la voz que me enamoran cada vez más con un "te deseo", con un "te amo", con un "no te vayas..."
Condéname con tus manos aferrando mis hombros, con tus uñas deborando mi espalda, con tus labios partiendo los míos con el más dulce beso que pudiera probar mi boca; enciérrame en la jaula que tiene tu nombre, tu aroma, tu voz, tus sueños, tus pasiones. Enciérrame en tu cuerpo y en tu mirada, que no quiero salir nunca de ella, que quiero verme reflejada en tus ojos y en cada paso que des, en cada sonrisa que sueltes al viento, en cada mañana... en cada suspiro.
Ven y mátame de una vez con el placer infinito que es el tenerte en mi vida, en mi muerte, en mis grandes anhelos; apuñálame con tu cariño, con tus miradas lascivas y tus besos de hierro al rojo vivo; ahógame en el mar de tu existencia y escóndeme... sepúltame en lo más profundo de tu corazón, de tu pasión, que quiero estar en tu constelación hasta la supernova de nuestra existencia.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Dos palabras
¿Cuánto te conozco? no sé si pueda contestar esta pregunta con algo lo suficientemente sustancioso como para justificar las dos palabras que últimamente repito tanto. Tu color favorito no lo sé, no tengo idea de cómo se llama tu perro, no sé si prefieres el chocolate o la vainilla, no sé si prefieres andar en bicicleta, en patineta o caminar... o correr. No estoy segura si vives al norte o al sur, si realmente querer a alguien te es tan difícil o si prefieres huir del desbordamiento de los sentimientos más extraños existentes en el mundo.
¿Cuánto me conoces? Creo que nunca te conté que las flores no me gustan si no están en una maceta, no sabes que soy leo, que mi temperamento es terriblemente cambiante, que sólo digo tonterías para hacerte reír... Seguramente, nunca imaginaste que pudiera gustarme alguna canción de esas que odias tanto. Tal vez no esperabas esas dos palabras que he mencionado con regularidad en nuestras conversaciones, tal vez pensaste que jamás podría sentirlo, tal vez imaginaste que me es tan fácil soltar la bomba y esconder las manos... te equivocas: si lo he dicho, es verdad, si lo he dicho, es porque lo siento... si lo he dicho, no ha sido en balde y lo diría una y mil veces a ver si en una de esas, me crees... aunque no contestes de la misma manera...
¿Cuánto me conozco yo misma? Sé todo y nada de mí. Sé el postre que me gusta más, si prefiero el frío o el calor, si me dan miedo las alturas, la obscuridad, las arañas, las tres o ninguna. Sé que las nubes y los ojos son mi perdición; estoy segura de que prefiero un perro a un pez, que sólo he amado una vez y que muero de miedo de hacerlo de nuevo. Que prefiero la luna a las estrellas, y que dentro de mis canciones favoritas está "mentiras piadosas" porque incluso a mí me gusta mentirme pensando que pronuncias esas dos palabras con el sentimiento que lo hago yo al decírtelas... al escribírtelas...
¿Cuánto te conoces tú? No sé si te conozcas lo suficiente para que puedas referirte a tu ser como lo que dices ser; tal vez no te conoces lo suficiente para saber que eres mejor de lo que crees ser, aunque me pretendas demostrar lo contrario con palabras, con palabras que proceden del mismo lugar de donde proceden otras tantas con las que me haces pensar que tu coartada no es viable y que realmente eres alguien que vale tanto la pena como pocas personas... Puede que me equivoque, puede que quiera hacerme a la idea de que eres bondadoso para no arrepentirme después de esas palabras que, al pensar en tí, danzan en el aire y me hacen inhalarlas, causando el efecto de una droga tan fuerte, que me relaja y me hace sonreír. Tal vez te conoces demasiado bien como para dejarme entrar en tu vida, porque sabes bien los estragos que puedes causar en mi existencia... y los daños que yo podría causar en la tuya...
Puede ser que nos conozcamos todo, podría ser que no nos conozcamos nada... sólo quiero que esas dos palabras en mi mente no paren de danzar, al menos no hoy, al menos no ahora... Me envenenan, me seducen, juegan conmigo y con mi imaginación... me vuelven adicta a su olor, a su sabor, a su existencia... a tu presencia en mi vida... Y te quiero.
¿Cuánto me conoces? Creo que nunca te conté que las flores no me gustan si no están en una maceta, no sabes que soy leo, que mi temperamento es terriblemente cambiante, que sólo digo tonterías para hacerte reír... Seguramente, nunca imaginaste que pudiera gustarme alguna canción de esas que odias tanto. Tal vez no esperabas esas dos palabras que he mencionado con regularidad en nuestras conversaciones, tal vez pensaste que jamás podría sentirlo, tal vez imaginaste que me es tan fácil soltar la bomba y esconder las manos... te equivocas: si lo he dicho, es verdad, si lo he dicho, es porque lo siento... si lo he dicho, no ha sido en balde y lo diría una y mil veces a ver si en una de esas, me crees... aunque no contestes de la misma manera...
¿Cuánto me conozco yo misma? Sé todo y nada de mí. Sé el postre que me gusta más, si prefiero el frío o el calor, si me dan miedo las alturas, la obscuridad, las arañas, las tres o ninguna. Sé que las nubes y los ojos son mi perdición; estoy segura de que prefiero un perro a un pez, que sólo he amado una vez y que muero de miedo de hacerlo de nuevo. Que prefiero la luna a las estrellas, y que dentro de mis canciones favoritas está "mentiras piadosas" porque incluso a mí me gusta mentirme pensando que pronuncias esas dos palabras con el sentimiento que lo hago yo al decírtelas... al escribírtelas...
¿Cuánto te conoces tú? No sé si te conozcas lo suficiente para que puedas referirte a tu ser como lo que dices ser; tal vez no te conoces lo suficiente para saber que eres mejor de lo que crees ser, aunque me pretendas demostrar lo contrario con palabras, con palabras que proceden del mismo lugar de donde proceden otras tantas con las que me haces pensar que tu coartada no es viable y que realmente eres alguien que vale tanto la pena como pocas personas... Puede que me equivoque, puede que quiera hacerme a la idea de que eres bondadoso para no arrepentirme después de esas palabras que, al pensar en tí, danzan en el aire y me hacen inhalarlas, causando el efecto de una droga tan fuerte, que me relaja y me hace sonreír. Tal vez te conoces demasiado bien como para dejarme entrar en tu vida, porque sabes bien los estragos que puedes causar en mi existencia... y los daños que yo podría causar en la tuya...
Puede ser que nos conozcamos todo, podría ser que no nos conozcamos nada... sólo quiero que esas dos palabras en mi mente no paren de danzar, al menos no hoy, al menos no ahora... Me envenenan, me seducen, juegan conmigo y con mi imaginación... me vuelven adicta a su olor, a su sabor, a su existencia... a tu presencia en mi vida... Y te quiero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
