Como quien saca las fichas de un rompecabezas de mil piezas de "De Sterrennacht" de Van Gogh; esa sensación de aturdimiento y emoción que da pensar en las horas que podrías pasar acomodando piezas, buscando pequeñas coincidencias entre unas y otras para acomodarlas, de los ratos tan entretenidos, divertidos e incluso emocionantes. Como cuando logras encontrar la pieza que embona perfectamente en un grupo de algunas otras y que estuviste buscando por largo rato... Justo así es mi historia. Un rompecabezas de alguna pintura, aunque para nada célebre.
Mi vida siempre ha sido como una obra impresionista, llena de colores, de manchas inexplicables, pincelazos aquí y allá que han llenado de borrones mis recuerdos. Algunos intentan ver mi vida tan de cerca que no la entienden, hay otros que la ven de tan lejos que jamás la entenderán y estás tú, a la distancia perfecta de mis líneas, de la mezcla de mis colores, de mis borrones. Es curioso cómo es que te has vuelto tan experta en descifrar mi composición aún sin conocer nada de quien pintó este cuadro impresionista, como suelo llamarle a mi vida.
Tan incomprensibles suelen ser mis trazos que muchas veces me han creído parte de alguna corriente más vanguardista, más actual y abstracta. Quizás había sido la manera más conveniente de mostrarme al mundo y casualmente, pareces darle razón a mi teoría: No cualquiera podría desentrañar mis cuadros, mi ser, mi vida. Quien lograra comprender la profundidad de mis sombras, la complejidad de mi composición, los trazos y puntos de fuga, seguro lograría encontrarle sentido a este intento de arte.
A decir verdad, nunca le aposté al estudio de las artes visuales, pero debo decir que he encontrado en ti las manos más tiernas, más dulces, más cuidadosas. He descubierto en tu maravilloso ser a la curadora, a la restauradora perfecta para resanar y retocar los colores que comienzan a carcomerse por la luz, por el polvo y el paso del tiempo.
A decir verdad, nunca le aposté al amor. Supongo que es reacción a mi mala suerte con las apuestas, a mis deudas de honor por periodos tan largos o tan cortos que dependían del tamaño del agujero en mi bolsillo. Las apuestas dejaron de ser para mí un juego y comenzaron a ser una deuda interminable con mis colegas, con mis consanguíneos, con mi pundonor. Hoy admito ante tus ojos vacilantes, ante tus manos prodigiosas, ante tus labios que resanan el lienzo de mi piel, que perdí la apuesta, pero gané la oportunidad de empezar una historia contigo que espero no tenga final en la galería que llamaremos hogar, en el museo que ya tengo hecho para ti en mi corazón de óleo.
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