L' anima sparita

L' anima sparita

jueves, 13 de octubre de 2011

Máscara

Tal vez suene exagerado, nunca en la vida me había sucedido. Me espanté, ¿qué otra cosa podía esperarse si se tiene enfrente un espejo y no logras reconocer ni a tu propio reflejo? No lo niego, sentí miedo, asco y repudio de mí misma. La razón era sencilla: no saber nada de mí, no saber nada de esa persona que con desconcierto me miraba.

Fue como regresar al examen de admisión para la preparatoria, pues la misma pregunta pasó por mi mente: ¿quién soy? Curiosamente, en aquella época escolar, me fue más fácil responder a la pregunta de lo que me resultara ahora; aún sin solicitud que llenar, sin papeles que entregar, sin uniforme que vestir,... Bueno, la verdad es que eso es un decir, pues todos usamos uniforme o mejor dicho, un disfraz para introducirnos en las sociedades de las grandes urbes y aparentar normalidad.

Para mí, el disfraz no está completo sin las máscaras que tengo en mi recámara, supongo que para muchos es la misma situación. Sin embargo, en estos días me di cuenta que mi máscara con la sonrisa perfecta e intacta, está ya muy gastada, tan gastada que la sonrisa que antes era cristalina, cada día se asemeja más a una mueca de tedio, como si con sorna me dijera "pronto, muy pronto, mi querida, mi sonrisa se irá... ¿Y tú qué harás sin mi sonrisa? Soy tu falsedad, pero al mismo tiempo, tu puerto seguro para que nadie note tu infelicidad".

Frente al espejo lloré de rabia y grité con fuerza, pero la máscara ahogaba mi llanto y en vez de reflejarse mi amargura, me mostraba esa sonrisa falsa y gastada que había hecho de mi cara, parte de un ser desconocido. En ese instante, me sequé las lágrimas, pues ya ni llorar me servía. La máscara lo absorbe todo, dejando en vez de lágrimas, una sonrisa amplia y una mirada triste. Nadie lo entiende, creen todos que así siempre ha sido mi mirada y como nunca han visto mis fotos de niña, no puedo ni deseo rebatir nada.

Sentí por un momento una impotencia y desesperación que no había sentido antes; la impotencia porque no había nada que pudiera hacer para quitarme la máscara que incluso, se me había encarnado y la desesperación por no saber si cubrir con maquillaje mi tristeza o buscar a alguien que hiciera de nuevo, una máscara a mi medida, con amplia sonrisa para compartir.

Tal vez suene exagerado, pero de verdad, nunca antes me había sucedido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario